“Cuando el pelotón de fusilamiento hizo su última descarga, Maximiliano de Habsburgo empezó una nueva vida. A cambio de no revelar jamás su identidad, Juárez, masón como el archiduque, le perdonó la vida y le dio un salvoconducto para El Salvador donde vivió bajo el nombre de Justo Armas”. Así lo asegura el investigador Rolando Deneke quien durante quince años ha reunido numerosas pruebas que cambiarían el rumbo de la historia.

En lo personal me parece que Maximiliano aceptaría este acuerdo también para no regresar derrotado a su patria, no era digno de un Habsburgo. Poco después de que Maximiliano de Habsburgo fuera fusilado en Querétaro en 1867, Benito Juárez publicó un edicto que decía que “El Archiduque Fernando Maximiliano José de Austria ha sido hecho “justo por las armas”.

Al poco tiempo apareció en El Salvador un hombre culto, elegante y de esmerada educación, que se hacía llamar Justo Armas y que pronto llegó a convertirse en un personaje muy apreciado dentro de la alta sociedad salvadoreña. Este hombre, que guardaba un parecido asombroso con el emperador de México y mucho más con su hermano el emperador de Austria, siempre se mostró reacio a contestar cualquier pregunta que se le hiciera sobre su pasado y solía presentarse a sí mismo como el único superviviente de un gran naufragio.

El intelectual francés, Víctor Hugo envió una tardía y extensa carta a Juárez pidiéndole el perdón para Maximiliano fechada un día después de su fusilamiento. Después de quince años de intensas investigaciones en El Salvador, Bélgica, Francia, México y Austria, Rolando Deneke, arquitecto de profesión pero apasionado por la historia, no tiene ninguna duda de que Justo Armas y Maximiliano de Austria eran una misma persona. La primera noticia de esta doble identidad la tuvo cuando era pequeño, pues su abuela Consuelo le contaba a menudo cosas de Don Justo, a quien había conocido su bisabuela Abelina.

Ella insistía en que Justo Armas había sido el emperador de México y no cuestionó nunca esta historia por respeto, aunque no la creía. Deneke se fue interesando cada vez más por esa historia y cuando tuvo la oportunidad de visitar Austria aprovecho el viaje para obtener datos lo mismo que en otros países. Concluyendo que ya no tenía ninguna duda. Deneke ha encontrado documentación que muestra que Justo Armas ya estaba establecido en San Salvador en 1870, tres años después de su “fusilamiento”.

Cuando llegó a este país fue acogido por Gregorio Arbizú, vicepresidente y canciller en el Gobierno del presidente Francisco Dueñas y también masón. Desde entonces y hasta su muerte Armas fue asesor de todos los presidentes de El Salvador y se encargó del protocolo de la cancillería y también de dirigir los servicios de los banquetes diplomáticos. “Llamaba mucho la atención —afirma Deneke—, porque, a pesar de ser un hombre impecablemente vestido y de exquisito trato, no usaba calzado; elegantemente vestido recorría las calles de San Salvador y dirigía el servicio de banquetes completamente descalzo.

Nunca le reveló a nadie el motivo de esta excentricidad, aunque se sabe con certeza que se vio amenazado por un grave peligro de muerte y, sin mayor esperanza de ser salvado, le prometió a la Virgen ir descalzo el resto de su vida si conseguía salvarse. Justo Armas hablaba de un naufragio y la esposa de Maximiliano, la emperatriz Carlota, ordenó hacer un grabado para comunicar la muerte de su esposo a las casas reales europeas en el que se le veía hundiéndose en un barco y abrazado a una bandera blanca”. Pero, qué razón tuvo Juárez para perdonarle la vida al archiduque y se prestó a organizar un simulacro de su muerte. Juárez, siendo hermano masón de Maximiliano de Habsburgo no lo podía matar, los preceptos masonas se lo prohibian. La única salida que le quedaba era la de matar al emperador, pero salvar al hombre.

El archiduque juró no revelar nunca más su identidad, fingieron su fusilamiento y le proporciona ron un salvoconducto para El Salvador en donde vivió más de 60 años, muriendo a la edad de 104. Son muchos los datos que apoyan esta historia que más parece un relato de ficción.

 “Después del fusilamiento, todas las potencias europeas presionaron a México para que devolviera el cadáver de Maximiliano y México respondía que por motivos de fuerza mayor les era imposible acceder a sus peticiones. Copias de las fotografías de tres posibles cadáveres del emperador no se parecen entre sí y que tampoco se parecen a Maximiliano. Cuando el supuesto cadáver llegó a Austria, siete meses después de su ejecución, su madre, la archiduquesa Sofía, exclamó que ése no era su hijo”.

En mayo de 1867 —un mes antes de ser fusilado en Querétaro—el austriaco, aduciendo razones de salud, dejó de comparecer en el juicio que se llevaba contra él y ni siquiera acudió a la lectura de la sentencia. Fueron muy pocas las personas que pudieron verle en los últimos días, como si se le quisiera tener expresamente apartado del mundo.

El día señalado sólo una veintena de personas acudieron al lugar de la ejecución y fueron mantenidos a gran distancia por un cordón de soldados. Para formar el pelotón de fusilamiento reclutaron a un grupo que no habían visto nunca antes al emperador. Pero hay más datos que refuerzan la tesis de Deneke. Un estudio antropológico de comparación cráneo-facial hecho por una antropóloga costarricense dio resultados positivos.

Contando con la autorización de los Arbizú, familia adoptiva de Don Justo y con todos los permisos legales, se tomó una muestra de los restos óseos de Armas para llevar a cabo la prueba más contundente de su identificación, el ADN, y con una muestra de sangre de una pariente de Maximiliano por la línea materna directa la prueba que dio positiva. Como positivo fue también el estudio grafológico que se realizó en Florida comparando la letra de Justo Armas con la del archiduque”. Continúa… P.D. Hasta el otro sábado

 

CARLOS LAVÍN FIGUEROA

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