Somos 130.5 millones de mexicanos, de ellos solo el 5% -6.5 millones- son indígenas puros. Lo cual indica que la mayoría de la población tiene mestizaje europeo. Sin embargo poco sabemos del origen también mestizo de nuestros ancestros hispanos. 

El historiador y geógrafo griego Estrabón, en su tercer libro dedicado a Iberia; el escritor y militar romano Plinio el viejo procurador romano en Hispania; el geógrafo greco-egipcio Ptolomeo, y latinos como el poeta épico Silio Itálico autor de Guerra en Hispania y África, todos también cronistas, escribieron en sus libros de viajes sobre las costumbres de los primeros pobladores en la Península Ibérica. Narraron que en la antigüedad estaba habitada por unas cien tribus autónomas que vivan en continuas guerras, eran pueblos indómitos como los lusones, belos, carpetanos, vecceos, vetones, berones, cántabros, astures, galaicos, lusitanos, entre otros. Se dividían en dos grandes familias, los feroces europeos celtas al norte, y al centro-sur-oriente los íberos de origen árabe-norte-africano que eran mineros, agricultores y ganaderos-. En las regiones más abandonadas había tribus que organizaban expediciones de saqueo contra los pueblos más ricos. Las montañas al norte estaban tupidas de encinares y alcornocales. Al centro-sur, había praderas donde pastaban caballos salvajes y ciervos, apacibles ríos y lagunas donde chapoteaban nutrias y castores. No faltaban los olivos, las encinas, los almendros, las higueras, las vides. 

Los lusitanos –hoy portugueses- se alimentaban de un pan recio que amasaban con harina de bellotas y comían carne de cabrón –macho de la cabra- cocinaban con manteca, bebían cerveza, hacían caldos y sopas metiendo una piedra ardiente en un cuenco de barro con verduras, pescados y carnes, practicaban sacrificios humanos y tenían costumbre de amputar las manos de los prisioneros. Bailaban tomados de las manos formando un círculo.     

Entre los cántabros del norte, acostumbraban que el presunto padre guardara cama y fingía padecer los dolores del parto, mientras que la parturienta mujer seguía labrando el campo y en las labores domésticas, y así, de momento daba a luz. El hombre surtía a la mujer de animales de caza, la mujer regía a la familia y casaba a sus hijos.

Al noreste, en las faldas de los Pirineos, en la hoy región catalana se hacían excelentes jamones, que comerciaban con productos de otras regiones. 

Los rudos astures -del noroeste- tenían la costumbre de enjuagarse la boca y lavarse los dientes con orines rancios.

Los celtiberos eran crueles con los delincuentes y enemigos, pero compasivos y honrados con los forasteros que se les acercaban pacíficamente hasta el punto que se disputaban su amistad y tiraban la casa por la ventana para agasajarlos. Quemaban los cadáveres de los que morían por enfermedad, los de los guerreros caídos en combate los ofrecían a los buitres considerados sagrados.

Los vacceos de la parte baja de Burgos, practicaban el comunismo, repartían cada año las tierras y las cosechas de acuerdo a las necesidades de cada familia, eran severos y ejecutaban a quien ocultaba grano o hacia trampa.

Así eran los remotos habitantes de la península, todos de pelo en pecho, cuando moría un jefe muchos se suicidaban para acompañarlo, despreciaban la vida y amaban la guerra sobre todas las cosas. Las mujeres se afeitaban la parte alta de la cabeza, otras se enrollaban el cabello formando sobre la cabeza un tocado con forma de falo. 

Fueron los mercaderes fenicios y griegos quienes primero llegaron por las riquezas minerales y quienes definieron la península como una unidad, fueron los que primero la llamaron “i-shepha-im” (shapán) “el país de los conejos”, que se acuñaba en las monedas y aparecía en los escritos poéticos. El romano Catulo la llamaba “caniculosa Celtiberia” –la conejera-.

Los griegos también la llamaron península Ophioús –tierra de serpientes- pero después adoptaron el nombre de Iberia -tierra del rio Íber que luego se llamó Ebro-. Finalmente, el nombre que se arraigó fue el primero, el fenicio, adaptado por los romanos en sus formas de Hispania y  Spania. 

La península siempre estuvo más abierta a África por el sur, separada por el angosto Estrecho de Gibraltar. Al norte estaban los escarpados Montes Pirineos que eran una barrera a Europa. De hecho, los íberos procedían del mismo tronco que los bereberes –árabes- del norte de África, por eso los romanos consideraban a España como una colonia de Marruecos. Tanto así, que el rey Fernando III “El santo” pensaba continuar la reconquista española –sobre los árabes- en tierras norteafricanas. -Finalmente quedan todavía dos territorios españoles en el norte de África frente a España; Ceuta y Melilla.  

Pero no solo los íberos, sino también sus predecesores –los primeros pobladores- llegaron del norte de África.  

A lo largo de su historia, España fue ocupada por fenicios luego por griegos, siguieron los cartagineses que fueron expulsados por los romanos ocupando la península por 500 años continuos. A la decadencia del Imperio Romano de Occidente finalmente llegaron los árabes o moros, asentándose por ochocientos años, y cuando en definitiva fueron expulsados de la península por los Reyes Católicos, España pasó de conquistada y liberada, a descubridora y conquistadora del Imperio Azteca. Es cuando surgen lazos culturales entre Europa y América, con lo mejor de todas esas culturas; en ciencias, en religión, en artes y oficios, miles de palabras enriquecieron a la lengua castellana, culturas de las que surge la nueva cultura mexicana. 

Desde los albores de la humanidad, la conquista y la invasión fueron parte de la naturaleza humana, que en México, se debe más que nada a las tribus aliadas a los españoles, fueron cientos de miles de indígenas los que les abrieron paso a Tenochtitlan. 

“El 13 de agosto de 1521 –hace 501 años- heroicamente defendido por Cuauhtémoc, cayó Tlatelolco en poder de Hernán Cortés. No fue triunfo ni derrota; fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy”.

¡Hasta la próxima!

Por: Carlos Lavín Figueroa / carlos_lavin_mx@yahoo.com.mx


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