Iniciaba la década de los setentas. Los movimientos sociales que sacudieron al mundo aún estaban frescos. El ’68 había dejado cicatrices profundas en la sociedad mexicana. Tlaltelolco había sacudido la conciencia de los mexicanos. La generación a la que pertenezco vio cómo se deterioraba un sistema y entre convulsiones surgían, no sin dolor y sacrificio, nuevas formas de entender las circunstancias por las que atravesaba México. Se iniciaba la ruta hacia la democracia.
Coincidió el drama del ‘68 con el inicio de las actividades de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos en sus nuevas instalaciones de Chamilpa. Carlos Celis Salazar era el rector. Caminó al frente de las marchas universitarias en protesta por los tristes acontecimientos donde el Estado mexicano mostró su debilidad y miedo. Se percibía en el ambiente rabia contenida y tristeza. Habíamos perdido la inocencia.
El Estado mexicano reacciona en la figura de Luis Echeverría quien intenta la reconciliación del Estado con las universidades.
Victor Rubio Herrera es el joven asistente del rector. Se le ve caminar siempre ágil, como si atendiera con urgencia cualquier encargo o solicitud de la mayor importancia. Recién llegado de su natal Tamaulipas. Quiere ser abogado. Su energía y carisma lo convierten en líder universitario, que lo llevará a ser presidente de la Federación de Estudiantes Universitarios de Morelos: FEUM.
Son tiempos de empoderamiento de las organizaciones estudiantiles universitarias. La piel de los estudiantes está sensible. El aumento del pasaje es causa para que broten los movimientos de protesta. Son tiempos de tomar calles y plazas.
Victor toma un decisión: defenderá a la universidad contra cualquiera intento de perjudicarla. Levanta un cerco para evitar la intromisión de los partidos políticos o en contra de cualquier interés que no sea legítimo para la UAEM.
Propició que el presidente Echeverría interviniera y se lograra un acuerdo de los comuneros de Chamilpa, quienes pretendían recuperar sus tierras que les fueron expropiadas para construir el Colegio Militar.
Rubio se convirtió en un personaje clave en la vida universitaria. Participó directa o indirectamente en la designación de directores de escuelas, facultades y rectores desde que fue presidente de la FEUM. Su influencia perduró en el tiempo. Los aspirantes sabían de su sensibilidad y capacidad de interlocución. Los aspirantes a presidir la FEUM, también acudían en busca de orientación y apoyo.
¿Por qué? Porque sabía ser amigo. Se le respetaba por que se conocía el alto valor que tenía por la amistad. Iba más allá de lo superficial de la amistad como lo reflexionaba el filósofo Sloterdijk, porque la amistad…“puede ser la resistencia contra la sociedad moderna y sus valores, una forma de generar un espacio de libertad y autenticidad en un mundo que se basa en la conveniencia y el interés propio”.
De algún modo, así lo entendía Rubio, siempre dispuesto a orientar y decir la verdad de cómo veía las cosas en el momento oportuno. La amistad es desinteresada. Por eso decía no, a pesar de poder obtener alguna canonjía. Pues, como pensaba Nietzsche, quien criticó la amistad por conveniencia, la relación tenía que ser una “amistad aristocrática”. Victor lo entendió de manera natural.
Sin embargo, la amistad no pasaba por encima de su afecto y compromiso con la Universidad. Entre muchas acciones tangibles, Victor no vaciló en invertir su capital político para mejorar el presupuesto de la UAEM, al cabildear para que se le incrementara en un 2.5 %, que nunca había sido posible. Su paso por las diferentes funciones que desempeñó en la UAEM, como presidir el patronato universitario, estuvo determinado por una política autoimpuesta de honestidad, congruencia, generosidad y un alto sentido por mejorar el quehacer universitario. Su pensamiento y su fortaleza siempre dispuesta a la defensa del alto interés de la universidad. Quienes le conocimos lo sabemos, lo respetamos y lo admiramos. Me congratulo de su amistad.
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