La pregunta “¿por qué mentimos?” ha ocupado a filósofos, politólogos, biólogos, neurólogos y otros especialistas. En su libro La insensatez de los necios, Robert Trivers lleva la búsqueda de esta respuesta hasta el terreno de la biología. El autor sostiene que el engaño ha influido en la evolución de todos los seres vivos. Para la humanidad ha sido un mecanismo vital que le ha permitido desarrollar complejas estrategias para engañar a los demás. Engañar requiere un gran esfuerzo y, para evitar ser descubiertos, el modo más eficaz consiste en autoengañarse primero. La época que estamos viviendo ha superado toda clase de experiencias anteriores en materia de engaño. Cada vez se sofistica más la manera en que pretendemos engañar en nuestra vida social y cotidiana. Todos tenemos nuestros propios ejemplos, o los de nuestros vecinos más cercanos. Estamos sometidos a un incesante bombardeo publicitario que, en gran medida, esconde engaños: desde los conocidos “productos milagro” que ofrecen soluciones para todo (adelgazar, dejar de beber); autos que prometen elevar la autoestima; vacaciones que serán una auténtica visita al paraíso; o aparatos que garantizan enormes músculos; entre un largo etcétera. Las mañaneras son un buen ejemplo de cómo se ejerce el engaño. Desde la promesa de que un amuleto podía evitar el contagio de COVID-19, hasta sostener que tendríamos un sistema de salud mejor que el de Dinamarca. O, más recientemente, el caso del “capo canadiense”, cuya fotografía se mostró para hacer creer que se había entregado voluntariamente, y no que había sido capturado por el FBI. Cada uno de nosotros puede encontrar numerosos ejemplos de mentiras sostenidas y creídas por los seguidores. Trivers argumenta que los seres humanos aprendimos el autoengaño para poder engañar a los demás de forma más convincente. Esto resulta inquietante. Por ejemplo, cuesta creer que algunos estén genuinamente convencidos de que los regímenes totalitarios son el camino para obtener mejores niveles de vida y bienestar. Lo grave del autoengaño es haber llegado al extremo de estar convencidos de que la “Transformación” de México es una realidad consumada. Lo cierto es que se exageran los éxitos y se minimizan los problemas. Los cambios estructurales no han avanzado. Destaca principalmente el deterioro del sistema de salud y de la educación, la mentira de las “100 universidades” o la idea de que podemos enfrentar a Estados Unidos en su intento de someternos. Me cuesta trabajo creer que lo crean de verdad. Es claro que la fe en el engaño a los demás conlleva enormes riesgos. Un ejemplo claro es el mito de que ganaron la mayoría en el congreso, cuando fue producto de un auténtico fraude. O la enorme mentira de que el poder judicial fue definido por el pueblo. Nada más falso. Pero hay muchos signos que parecen mostrar que efectivamente creen en sus propias mentiras. No solamente porque las repiten incansablemente al modo de Goebbels, sino porque hay evidencias cotidianas que lo demuestran. Lo grave que tenemos enfrente es lo que Hannah Arendt definió en su ensayo “Verdad y Política” como consecuencia del engaño constante: “el resultado de una constante y total sustitución de la verdad de hecho por las mentiras no es que las mentiras sean aceptadas en adelante como verdad, ni que la verdad se difame como una mentira, sino más bien que el sentido por el que nos orientamos en el mundo real… queda destruido”. A los niños se les enseña que no se debe mentir. Copiar el trabajo al compañero más aplicado o llevar “acordeones” al examen era sancionado. Presentar tesis de licenciatura o de grado “fusiladas” era un engaño muy penado para la academia. ¿Qué hacer, entonces, cuando ante nuestros ojos todos los días se engaña con enorme facilidad desde la principal tribuna de la República?

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