En su novela autobiográfica “La Tumba” (1964), José Agustín ofrece un retrato vívido de la vida en Cuautla durante la década de 1960. Como miembro destacado de la “literatura de la onda”, Agustín captura la esencia de la ciudad: “Las tardes en Cuautla eran larguísimas, interminables. El tiempo parecía estirarse como un chicle hasta perder su sabor. No había nada que hacer más que esperar a que anocheciera para que, tal vez, pasara algo. Pero nunca pasaba nada. Sólo el mismo silbido del viento caliente, el mismo ladrido de un perro, a lo lejos, la misma sensación de estar viviendo en el fondo de un pozo.” En los años sesenta, Cuautla tenía una población de poco más de 52,000 habitantes. Hoy en día, ha crecido a más de 157,000 habitantes. Esta ciudad, que alguna vez fue una tranquila comunidad, la segunda más grande después de la capital de Morelos, Cuernavaca, no solo ha triplicado su tamaño, sino que su zona metropolitana ahora se estima en casi medio millón de habitantes. Los habitantes de Cuautla están orgullosos de su ciudad. Sin embargo, de ser una región apacible, se ha convertido en una de las más afectadas por la inseguridad. Los cárteles, como una epidemia, han logrado perturbar la tranquilidad que prevalecía hace apenas unas décadas. Según el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), el municipio de Cuautla ocupa el primer lugar en extorsiones, con una tasa de 49.7 casos por cada 100,000 habitantes. La ciudad también enfrenta altas tasas de otros delitos graves, como homicidios, secuestros y violencia contra las mujeres. Confrontar al crimen, organizado o no, exige una estrategia integral que involucre a toda la sociedad. Los gobiernos federal, estatal y municipal han implementado planes y acciones, pero las tendencias en la actividad criminal siguen siendo alarmantes, generando miedo entre la población. El Plan Municipal de Desarrollo de Cuautla ilustra la gravedad de la situación. Según datos del SESNP de 2024, la ciudad registró 1,795 robos, 850 lesiones, 772 amenazas y otros delitos. Cuautla no es ajena a la ola de delincuencia que azota al país. Sin embargo, cada ciudad debe organizarse para enfrentar este desafío. Los pueblos no deberían esperar a que suceda lo que está ocurriendo en Michoacán. El asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, en la plaza principal durante la celebración del Día de Muertos, demuestra los niveles a los que están dispuestos a llegar los criminales. Uruapan no es una ciudad pequeña; tiene casi 300,000 habitantes. Su población se dedica principalmente al comercio y los servicios, y exporta aguacate a los Estados Unidos por más de 200,000 toneladas. Ver en los videos que circulan en redes sociales el enojo y la rabia de la gente de Uruapan debería conmocionarnos a todos. ¿Por qué esperar a que asesinen a un ser querido para conmoverse? Es el sexto alcalde que cae en Michoacán en lo que va del año. Se necesitan replanteamientos de la estrategia anticrimen. ¿Cómo recuperar la confianza en las autoridades? Creer en la autoridad es fundamental para que la gente denuncie, coopere, participe, apoye y se sume a la lucha para contener la violencia. Cuautla refleja la situación nacional. Se deben considerar varias líneas de acción para generar una política pública auténtica que contenga el avance de la peor enfermedad que es el crimen organizado. Recuperar la confianza es vital, lo que implica luchar contra la corrupción y la impunidad. En “Ciudades despiertas” (1982), José Agustín vuelve a describir la Cuautla como un desierto, no solo por el polvo que se levantaba en las calles sin pavimentar ni por el calor abrasador de las tres de la tarde, sino también por la falta de ideas, oportunidades y un futuro prometedor. Esta somnolencia, dice, debe terminar.
