Poza Rica, Veracruz.— En las aguas turbulentas del río Cazones, donde la furia de la naturaleza arrasó hogares y vidas hace apenas semanas, Doña Elodia Reyes encontró un refugio efímero en los brazos de su esposo, Hilario Reynosa. Esa imagen —dos ancianos aferrados el uno al otro en medio del caos— se viralizó en redes sociales, convirtiéndose en un faro de esperanza para un México golpeado por desastres climáticos cada vez más frecuentes. Pero hoy, esa luz se ha apagado. Doña Elodia, de 76 años, falleció esta mañana por un paro cardiorrespiratorio mientras recibía atención médica en un hospital local, dejando atrás no solo a su compañero de 26 años de vida compartida, sino a una nación que vio en su historia un recordatorio de la fragilidad humana y el poder del amor inquebrantable.
La tragedia de Doña Elodia no comenzó con su muerte, sino con la tormenta que azotó el norte de Veracruz a principios de octubre. El 9 de octubre, una vaguada sobre el Golfo de México, combinada con una depresión tropical, desató lluvias torrenciales que acumularon hasta 627 milímetros de agua en algunas zonas —equivalente a más de medio metro de precipitación en solo días—. El río Cazones, un afluente serpenteante que cruza Poza Rica, se desbordó con una fuerza inusitada, inundando barrios enteros y convirtiendo calles en corrientes mortales. En Poza Rica, el agua superó los ocho metros en algunos puntos, arrastrando vehículos, muebles y sueños. Al menos 70 personas murieron en todo México a causa de estas inundaciones, con Veracruz como epicentro: decenas de fallecidos, cientos de desaparecidos y comunidades enteras aisladas. Álamo Temapache, a 55 kilómetros de Poza Rica, fue uno de los municipios más devastados, donde la ayuda gubernamental llegó tarde, entre reclamos de negligencia y desinformación viral sobre cocodrilos sueltos y zopilotes carroñeros.
En medio de ese apocalipsis acuático, Doña Elodia y Don Hilario —un pescador jubilado conocido como "Don Layo" en el barrio— se convirtieron en íconos involuntarios. Su humilde casa, construida por él mismo con ladrillos y sueños acumulados durante décadas, fue engullida por el torrente. "Mi prioridad era ella", contó Don Hilario en entrevistas posteriores, recordando cómo luchó por mantener a flote a su esposa, quien no sabía nadar. La corriente los separó momentáneamente; ella quedó atrapada en un equipo de aire acondicionado flotante, él la buscó desesperado hasta reunirse en un abrazo que capturó un video anónimo. Rescatados por vecinos y voluntarios, sobrevivieron donde muchos no lo hicieron. No tenían hijos juntos —ella carecía de familia cercana, él solo sobrinos lejanos—, pero su unión de 26 años era un testimonio vivo de lealtad en la pobreza rural de Veracruz.
Tras el rescate, la pareja fue evacuada el 15 de octubre a Naranjos, un pueblo vecino, por sobrinos de Don Hilario. Su hogar en Poza Rica quedó inhabitable: paredes agrietadas, lodo hasta el techo, pertenencias arrastradas por el río. Pero el espíritu indomable de Doña Elodia los impulsó a regresar el 19 de octubre para limpiar y reconstruir. "Querían retomar su vida cotidiana", relató Alex, un dentista vecino que les ayudó a conectar con familiares y recibir apoyo. Sin embargo, el regreso fue fatal. Doña Elodia comenzó a sentirse mal: fiebre alta, debilidad extrema. El sábado fue hospitalizada, y este lunes, su corazón —agotado por la edad, el estrés y posiblemente complicaciones post-inundación como neumonía— cedió. Murió rodeada de cuidados médicos, pero lejos del abrazo que la salvó una vez.
La noticia de su muerte se propagó como las aguas del Cazones: en X (antes Twitter), publicaciones de medios acumularon miles de vistas en horas, con emojis de palomas y corazones rotos. "Se apaga una historia de amor que conmovió a todo México", escribió El Debate en una publicación que resumía su legado.
Usuarios anónimos compartieron el video viral del abrazo, ahora teñido de luto: "Hay abrazos que se vuelven eternos", reflexionó un tuitero.
En Facebook, aunque no hay páginas dedicadas específicamente a ella, grupos locales de Poza Rica revivieron memorias de inundaciones pasadas —como la de 1999—, destacando cómo tragedias como esta se repiten sin lecciones aprendidas.
No se encontraron perfiles personales de Doña Elodia, pero su historia resuena en comunidades digitales donde la resiliencia veracruzana se celebra y se lamenta. Más allá del duelo personal, la muerte de Doña Elodia subraya fallas sistémicas. Veracruz, un estado vulnerable al cambio climático, ha sufrido inundaciones recurrentes sin inversiones suficientes en infraestructura.
La gobernadora Rocío Nahle enfrentó críticas por la lentitud en la respuesta: mientras Poza Rica se recuperaba, nuevas lluvias el 20 de octubre revivieron el miedo. Expertos señalan que vaguadas como esta se intensifican por el calentamiento global, y comunidades pobres como la de Doña Elodia pagan el precio más alto. Don Hilario, ahora solo en su casa reconstruida a medias, representa a miles: viudos de la naturaleza y del abandono gubernamental.
En un país donde las tormentas no discriminan pero la pobreza sí, la historia de Doña Elodia no es solo un obituario. Es un llamado: a abrazarnos en la adversidad, a exigir cuentas a los poderosos y a recordar que, en las aguas revueltas de México, el amor puede flotar, pero la justicia aún se hunde. Descanse en paz, Doña Elodia. Su abrazo perdurará.
