En el año de 1985 me encontraba trabajando en la Ciudad de México, en el Fondo de Garantía y Fomento a la Micro y Pequeña Empresa (Fogain), un fideicomiso de Nacional Financiera (Nafin), que como otros (entre ellos Fonatur) se encontraban en un edificio de la calle de Dinamarca, en la colonia Juárez, casi esquina con avenida Chapultepec.
Yo vivía los días laborables en el entonces Distrito Federal y el viernes regresaba a Cuernavaca para pasar el fin de semana. En la capital me quedaba en un departamento que tenía mi padre en el Conjunto Urbano Nonoalco Tlatelolco, en el edificio Ignacio Ramírez que tenía 288 departamentos, era de 15 pisos y nosotros estábamos en el octavo piso. Se ubicaba en la esquina de la Av. Ricardo Flores con la calle Guerrero. Mi padre en ese tiempo también laboraba en la capital, en el Instituto Nacional para el Depósito de Valores (Indeval), en la calle de Monterrey, en la Roma Norte.
Esa mañana, me preparaba para ir al trabajo. Entré al baño y abrí la regadera para asearme, de repente comenzó a temblar. El flujo de agua se cortó y los mosaicos del baño se inflaron, se escuchaba un fuerte golpeteo en la parte de atrás de la regadera pues el cubo del elevador se encontraba ahí, y los ascensores golpeaban los muros. Después volteé a ver el techo y vi cómo se abría una grieta, así que rápidamente tomé una toalla para cubrirme y salí corriendo del baño, me encontré con mis padres que estaban espantados debajo del marco de la puerta de su recámara; los libros, los cuadros y otras cosas caían al suelo. Yo corrí al marco de la entrada del departamento en donde pude escuchar los gritos de los habitantes del edificio. Yo también estaba muy asustado y gritaba diciendo ¡Para! ¡Para!....¡Ya por favor basta!
Después de unos minutos se sintió que el sismo había terminado, pero el edificio se seguía meciendo de un lado a otro. Cuando todo paró, procedimos a revisar los daños, a levantar las cosas y comentar sobre lo fuerte que se había sentido. Procedí a arreglarme, como no había agua fui a la pileta para lavar la ropa a fin de limpiarme la cara y los dientes. Me vestí y salí corriendo para ir a trabajar, pues se me hacía tarde. Caminé hacia la estación del metro Tlatelolco mientras escuchaba el ulular de las sirenas de las ambulancias que iban y venían de un lado a otro. Al llegar al metro me enteré que estaba fuera de servicio. Así que caminé hacia la Av. Guerrero, en donde la gente que me encontraba estaba también espantada por lo que estaba ocurriendo. Al llegar a la glorieta del caballito en Paseo de la Reforma, a los pies del edificio de la Lotería Nacional volteé hacia la Alameda Central y pude ver en el suelo el letrero de lo que había sido el hotel Regis.
Estaba en shock, pero como pretendía llegar a mi trabajo, seguí caminando sobre Reforma y vi a muchos turistas que habían salido de sus hoteles, algunos con sus maletas y otros semidesnudos cubrían sus cuerpos con las sábanas del hotel. Al llegar al hotel Continental di vuelta en la calle de Dinamarca, en donde vi algunos edificios que se habían venido abajo, entre los escombros pude ver piernas y brazos. Algunos sobrevivientes trataban de remover los escombros con sus propias manos para rescatar a sus semejantes.
Yo no quería llegar tarde a mi trabajo. Al llegar al edificio de “Fideicomisos” abrí la puerta y solo vi escombros. Este inmueble de unos 12 pisos tenía en la azotea un gran tanque de agua anclado en la estructura del ascensor, y cuando ocurrió el sismo el peso del agua jaló toda la estructura hacia atrás, por lo que el frente no se afectó. Ahí murieron varios trabajadores de limpieza y algunos del área de sistemas que llegaban temprano a prender la computadora.
En la esquina con Av. Chapultepec estaba el edificio de 4 o 5 pisos de la Revista Siempre que cayó como una ficha de dominó hacia esa arteria, por lo que podíamos tocar los lavaderos que estaban en la azotea. A unos pasos estaba la secundaria N° 3 “Héroes de Chapultepec”, que había caído un piso sobre otro, pero entre estos se podían ver las butacas.
Poco a poco llegaron algunos compañeros y directivos que nos pidieron que fuéramos a apoyar al edificio de Nafin de Isabel la Católica, cerca del templo de San Agustín, para rescatar las cosas que había en la bóveda. Al llegar al edificio vimos que se encontraba aplastado en los pisos altos, por lo que era peligroso ingresar. Así que en estado de shock me dediqué a deambular por el centro de la ciudad, en donde vi muchas cosas, como los rieles retorcidos del tranvía. Era como una pesadilla, solo me dediqué a observar. Busqué a mi padre en su trabajo, el edificio había sido evacuado y trataban de rescatar algunas cosas importantes.
No me quedó otra cosa más que caminar por toda la calle de Insurgentes. Al llegar a la altura de Miguel Ángel de Quevedo, ya por la tarde, comí en un Vips que existía ahí. Posteriormente tomé un autobús para ir a la terminal de Taxqueña en donde tomé el Pullman para regresar a Cuernavaca. Durante varios días escuché en mi mente ese ulular de sirenas. Realmente fue una verdadera pesadilla ese 19 de septiembre.
