En la época en que no existía la radio y menos aun la televisión, las familias de Cuernavaca tenían la sana costumbre de convivir, y era al llegaba la tarde cuando sacaban algunas sillas de sus casas para sentarse frente a su portón a fin de disfrutar del aire fresco que baja de las montañas y observar los bellos atardeceres. Los niños jugaban en la calle o en los patios al avioncito, a la roña, a la rueda de San Miguel, a las canicas y muchos juegos más, mientras los adultos platicaban con algún vecino o con la familia sobre las cosas que les habían ocurrido durante el día y de las noticias locales o nacionales.

Las familias mejor acomodadas contaban en sus casas con un mirador, que era una construcción que sobresalía en la parte superior de unos 16 metros cuadrados en promedio, la mayoría estaba techado con tejas y abierto en los cuatro puntos cardinales. En ese entonces casi todas las casas de Cuernavaca tenían un piso, pocas llegaban a tener dos, por lo que no había estorbo en ese lugar para que llegara libre el refrescante viento de la tarde, así se disfrutaban de espectaculares atardeceres, hermosas vistas de las montañas y del valle de Tepoztlán, los verdes campos, la blancura de la nieve de los volcanes y los rojos tejados de la ciudad. Se decía que en Cuernavaca se podían observar las puestas de sol más maravillosas.

Quizás los miradores más antiguos de la ciudad son los dos que se encuentran respectivamente en los lados suroeste y noroeste del Jardín Borda y que los emperadores Maximiliano y Carlota, junto con su corte, deben haber disfrutado muchas tardes tomando el té. 

Muchas de las casas que se hicieron después de la revolución contaban con un mirador y mi padre los llamaba “chocolateros”, porque por las tardes subían a tomar chocolate caliente con panecillos mientras charlaban. Las personas eran excelentes conversadoras y había una tradición de historias orales, allí es donde mi padre escuchó de niño leyendas, anécdotas, historias de la revolución y es cuando nació su amor por Cuernavaca y su historia.      

Ese lugar de reunión familiar cambió drásticamente al llegar la radio; ahora la parentela se reunía en torno a esa “mágica” caja, callados para no perderse ningún detalle. Los “chocolateros” fueron olvidados y la convivencia familiar también. Los miradores tan apreciados en una época se convirtieron en un lugar para poner tinacos de agua, o se les colocó ventanas para hacerlos una habitación extra o un cuarto de tiliches y muchos desaparecieron. Por otra parte, las construcciones de Cuernavaca fueron haciéndose cada vez más altas, con lo que se perdieron las magníficas vistas.  

En el proyecto de recuperación de nuestro centro histórico es muy importante considerar la restauración y protección de los miradores que aun se conservan, ya que representan un importante patrimonio arquitectónico y cultural de los cuernavacenses.

Por: Valentín López G. Aranda *  / valentinlopezga@gmail.com

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