Durante la época prehis­pá­nica, los comer­cian­tes (poch­te­cas), pre­de­ce­so­res de los agen­tes via­je­ros, que lle­va­ban su mer­can­cía a lomo de los “tame­mes”, no tenían luga­res en donde alo­jarse, cuando caía la noche sim­ple­mente se dor­mían al aire libre, bajo los árbo­les o se gua­re­cían en las cue­vas.

Con la lle­gada de los espa­ño­les se empe­za­ron a esta­ble­cer meso­nes por todo el país. Aun­que se ignora cuando se esta­ble­ció el pri­mero, existe un acta de cabildo de la Nueva España levan­tada el 1º de diciem­bre de 1525, en la cual don Pedro Her­nán­dez Pania­gua soli­citó auto­ri­za­ción para esta­ble­cer un mesón. Tal per­miso le fue con­ce­dido y se ubicó en lo que se conoce toda­vía como la calle de Meso­nes en la ciu­dad de México. A prin­ci­pios del siglo XIX, cuando el explo­ra­dor, natu­rista y geó­grafo ale­mán Ale­jan­dro de Hum­boldt visitó nues­tro país, señaló que “la Ciu­dad de los Pala­cios” (como deno­minó a la capi­tal del virrei­nato), con­taba con 19 meso­nes y 2 posa­das.

Se sabe que a media­dos del siglo XVI ya exis­tían meso­nes en Cuer­na­vaca, estos tuvie­ron un papel fun­da­men­tal en la con­quista y colo­ni­za­ción de fili­pi­nas, ya que por aquí pasa­ron muchos de los nave­gan­tes, con­quis­ta­do­res y evan­ge­li­za­do­res que se embar­ca­ban en Aca­pulco para ir a esas leja­nas tie­rras. Una vez des­cu­bierto el cir­cuito de corrien­tes oceá­ni­cas y vien­tos favo­ra­bles para la nave­ga­ción entre Amé­rica y Fili­pi­nas, se esta­ble­ció una ruta regu­lar de flo­tas entre Manila y Aca­pulco cono­cida como el Galeón de Manila o Nao de China (para noso­tros Galeón de Aca­pulco), por lo que muchas de las finas mer­can­cías que lle­ga­ban a Amé­rica pasa­ban por Cuer­na­vaca, mediante recuas que via­ja­ban en fila lle­vando los pre­cia­dos artí­cu­los.

Muchos via­je­ros que lle­ga­ron a Cuer­na­vaca a media­dos del siglo XIX en sus cró­ni­cas se que­jan del mal ser­vi­cio que tenían los meso­nes, pues en muchos casos no con­ta­ban con camas o catres, a veces te pro­por­cio­na­ban un petate para dor­mir, el lugar tenía poca higiene, muchas pul­gas, mala comida, etc..

Dichos meso­nes se encon­tra­ban mayo­ri­ta­ria­mente en la calle de Galeana, anti­gua­mente cono­cida como de San Fran­cisco, ya que era la ruta natu­ral de entrada y salida de la ciu­dad y en donde se encon­traba la Pla­zuela del Zacate, lugar en donde se podía con­se­guir el ali­mento para los ani­ma­les.

En este mesón se hos­pe­da­ron Benito Juá­rez, Igna­cio Comon­fort, Mel­chor Ocampo, y otras per­so­na­li­da­des cuando en octu­bre de 1855, al triunfó la Revo­lu­ción de Ayutla, se reu­nió en Cuer­na­vaca la junta de repre­sen­tan­tes de las legis­la­tu­ras de los esta­dos para defi­nir el rumbo que ten­dría el país des­pués del derro­ca­miento de Anto­nio López de Santa Anna y desig­na­ron en su lugar a Juan Álva­rez (enton­ces gober­na­dor de Gue­rrero) como pre­si­dente de la Repú­blica inte­rino.

En Guten­berg, exis­tió otro mesón lla­mado “del Cochino” (así se lla­maba antes esa calle). Pos­te­rior­mente en ese terreno estuvo el Hotel Marik Plaza y actual­mente está el cen­tro comer­cial “Las Pla­zas”.

Otro impor­tante mesón fue el de “Tecoac”, que estaba ubi­cado junto a la igle­sia de Tepe­ta­tes, en la calle de Arteaga, en donde se dice que lle­gaba Emi­liano Zapata con sus recuas, antes de que ini­ciara la revo­lu­ción. Este mesón dejó de ope­rar a media­dos de la década de 1940, cuando fue demo­lido y sub­di­vi­dido el terreno.

En el Cal­va­rio, en donde ini­cia la calle de Mata­mo­ros se encon­traba el Mesón de Gar­cía, actual­mente en ese lugar se encuen­tra el Edi­fi­cio Alonso. En la calle de More­los, ya casi para lle­gar a la Caro­lina, en donde actual­mente se encuen­tra la pri­ma­ria Miguel Hidalgo se encon­traba el Mesón La Pro­vi­den­cia.

Poco a poco los meso­nes fue­ron subs­ti­tui­dos por Hote­les como: el Bella Vista, el More­los, el Madrid y el Moc­te­zuma que ofre­cían más y mejo­res como­di­da­des y que deto­na­ron un gran auge en el turismo de nues­tra ciu­dad.

Los meso­nes (del fran­cés mai­son: casa) ofre­cían a los via­je­ros ali­men­tos, bebi­das, alber­gue y repa­ra­ción de carrua­jes. A sus bes­tias caba­lle­rías, zacate y cam­bio de herra­jes. En oca­sio­nes, los meso­nes con­ta­ban con habi­ta­cio­nes gran­des en las cua­les se daba alo­ja­miento de 3 a 10 per­so­nas por cuarto. La dife­ren­cia con las posa­das es que éstas solo ofre­cían alo­ja­miento y comida a los via­je­ros, en un ambiente fami­liar.

En esta calle tam­bién se encon­traba: el Mesón Galeana, el Mesón de las Deli­cias, el Mesón del Sur y el Mesón más grande que se recuerda, el Mesón Robles, en la esquina de Galeana e Hidalgo, pro­pie­dad de Don Igna­cio Robles.

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