Este año se cumplirán cien años del inicio de uno de los episodios más oscuros y absurdos de México, la Guerra Cristera, que dejó poco más de 250,000 muertos. Fue una guerra civil sangrienta ocurrida entre 1926 y 1938, que ha sido minimizada y olvidada por la historia oficial. Aunque esta lucha por la libertad religiosa y el derecho a profesar la fe tuvo su epicentro en Los Altos de Jalisco y en los estados que conforman el centrooccidente del país como Guanajuato, Michoacán, Zacatecas y Colima, nuestro estado de Morelos también estuvo involucrado, pero pocos morelenses lo saben por lo que aquí evoco lo ocurrido.
El gobierno del presidente Plutarco Elías Calles, ordenó en julio de 1926 la prohibición del culto católico y el cierre de templos en todos los rincones del país. Asimismo, emprendió una persecución religiosa en contra de los dirigentes eclesiásticos exiliando a muchos de ellos. Gran cantidad de sacerdotes tuvieron que vivir en la clandestinidad y los templos quedaron en manos de los ayuntamientos y de juntas de vecinos, que los utilizaron para hacer escuelas bajo la política de “educación socialista”.
El cuarto obispo de Cuernavaca, Francisco Uranga y Záenz se vio obligado a salir de su diócesis para ocultarse en una casa de Tlalpan, pero pronto fue localizado y expulsado del país el 19 de abril de 1927, viviendo su exilio en San Antonio, Texas.
Una serie de errores, malentendidos y provocaciones de la iglesia y del gobierno engendró levantamientos espontáneos de un pueblo agraviado en su fe, que reaccionó en legítima defensa de su libertad de conciencia, de creer y de orar, desafiando al gobierno en una lucha desigual.
En Morelos, el movimiento cristero se caracterizó por tener levantamientos armados aislados, algunos influidos por el activismo que se había generado en el vecino estado de Guerrero, como fue el caso del exzapatista Victoriano Bárcenas, originario de Tlapala, Guerrero. Después de la muerte del general Emiliano Zapata, Bárcenas regresó a su tierra y en 1926, al grito de “Viva Cristo Rey”, se unió a la guerra cristera junto con 300 hombres, luchando en los estados de Guerrero y Morelos, imponiendo severas contribuciones a los dueños de las haciendas.
Otros cristeros exzapatistas fueron: Maximiliano Vigueras, quien detenía autos en la carretera
México-Cuernavaca poco le faltó para secuestrar al embajador de Estados Unidos, Dwight W. Morrow, quien se dirigía a su casa de descanso en Cuernavaca. Cabe señalar que Morrow tuvo un papel decisivo en las negociaciones para solucionar el conflicto Estado-Iglesia.
Benjamín Mendoza atacó sin descanso a los federales al mando de los generales Urbalejo y Castrejón, hasta que cayeron en junio de 1928, perdiendo 64 soldados, 4 ametralladoras y aniquilando totalmente un convoy de camiones que transportaba tropas.
Durante el carnaval de Tepoztlán de 1927, los hermanos Alejo y Pablo Hernández decidieron unirse a los cristeros. Inmediatamente el coronel Feliciano Polanco salió a perseguirlos a caballo, con un grupo de 11 hombres, pero en el cerro del Teconzín fueron emboscados muriendo 8 de sus hombres; uno de los sobrevivientes corrió a avisar al pueblo de Tlayacapan, en donde tocaron las campanas para llamar a la población que salió en auxilio de Polanco.
Los cristeros atacaron en Morelos trenes, coches y autobuses de pasajeros que eran desvalijados a plena luz del día. En enero de 1928 tomaron la estación de ferrocarril de Cuernavaca. Entre junio y julio del mismo año todos los puentes del ferrocarril estaban destruidos, los rieles cortados, y los trenes habían sido atacados.
El movimiento cristero de Morelos fue decreciendo ya que no tuvieron la capacidad de organización y la Liga Nacional de Defensa Religiosa nunca logró enviarles pertrechos.
El 22 de enero de 1928, cerca de Iguala Guerrero, Bárcenas resultó gravemente herido, sus subalternos lo trasladaron a Michapa, Morelos, donde murió cinco días después a consecuencia de las heridas de bala. El 27 de diciembre de 1928, Vigueras fue aprehendido por casualidad en Ayotzingo, Estado de México, para ser torturado y fusilado. Benjamín Mendoza negoció en diciembre de 1928 la amnistía, y recibió 350 hectáreas de terreno en Jalisco, a sus hombres también les dieron tierras. El 8 de enero de 1929 se presentó en Cuernavaca con 114 hombres y el 30 de enero en Chalma presentó a otros 300. Los hermanos Hernández fueron de los últimos 1,200 hombres que quedaron en pie de lucha.
Finalmente, el gobierno y la iglesia llegaron a “arreglos” en junio de 1929, reanudando el culto en los templos. Pero el gobierno continuó con la persecución por lo que hubo brotes de resistencia esporádicos entre 1934 y 1938, a la que se le llamó “La Segunda Cristiada”, en donde participó Enrique Rodríguez, alias “El Tallarín” en algunas zonas de Morelos y Puebla. “El Tallarín terminó siendo amnistiado por el gobernador Elpidio Perdomo en septiembre de 1938.
En 1932, el Papa Pío XI, condenó el derramamiento de sangre, abogó por la paz y la libertad religiosa y defendió los derechos de los católicos, sin embargo fue hasta 1937, durante el gobierno de Lázaro Cárdenas que se llegó a la paz definitiva.
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