Cuando por primera vez llegaron los tlahuicas a Tamoanchan, procedentes de Chicomoztoc, arribaron en el otoño del siglo XIII, recién había terminado la temporada de lluvias; entonces agradecieron a Xólotl, caudillo chichimeca que los  mandó a esta tierra, el haberles reservado el privilegio de ocupar un paraíso al sur de la cordillera del Ajusco, y justo en el interior de un maravilloso valle surcado por infinidad de barrancas, ubicado en torno a inmensos bosques y selvas,  fundaron su pueblo con el nombre náhuatl de Cuauhnáhuac (lugar rodeado de bosques). A partir de entonces los tlahuicas iniciaron una nueva etapa en sus vidas, en un ambiente de armonía con la naturaleza.

Entre la vegetación del campo observaron una flor silvestre que les llamó la atención, resaltaba por su color amarillo y olor agradable. Crecía en las lomas, en los cerros, en los planos, y en las laderas de las barrancas. Formaban espectaculares mantos florales que cubrían grandes extensiones de tierras del Valle de Cuauhnáhuac. Antes de la llegada de los tlahuicas, esta flor ya se conocía con el nombre náhuatl de yauhtli; florece en la punta de un tallo de una vara de alto. Conforme fueron organizando sus usos y costumbres y su vida cotidiana, los tlahuicas incorporaron el yauhtli a sus ritos religiosos y lo dedicaron al culto de Xilonen, diosa del maíz tierno, a quien ofrendaban ramos de esta flor para agradecer cada año la primera cosecha de elotes. Los altares donde adoraban esta deidad lucían profusamente decorados con las flores doradas. Anualmente, en el mes de opanichtli, celebraban un festival dedicado a Xilonen y en víspera de la celebración, los tlahuicas elegían a una joven virgen, la más hermosa de la  población para que representara a esta diosa, quien en medio de una multitud de devotos, danzantes y músicos, era llevada en andas para que el pueblo le agradeciera las abundante cosechas. La joven doncella venerada como Xilonen, llevaba en sus manos ramilletes de yauhtli, porque era la flor que nacía al mismo tiempo que los elotes.

Tiempo después descubrieron que el yauhtli tenía propiedades curativas y virtudes mágicas, pues lo usaron para hacer limpias a enfermos del espíritu. Asimismo, lo bebían en té para aliviar dolores estomacales. Lo usaban para aromatizar el agua con  que se bañaban. También lo usaban como condimento para cocinar elotes hervidos. 

Cuenta la leyenda, que cierto día Ehécatl, dios del viento, de repente desató sobre el Valle de Cuauhnáhuac violentos ventarrones que empezaron a soplar con furia desde muy temprano. Los tlahuicas se encerraron en sus casas para evitar daños a sus personas. Las ráfagas de viento duraron todo el día y toda la noche. Al amanecer del día siguiente, cuando ya estaba todo en calma, observaron que muchas milpas quedaron derribadas y otras no. Que a muchos árboles frutales se les cayeron las frutas y a otros no. Que a muchas casas se les volaron los techos y a otras no. Entonces observaron que las milpas que no se cayeron, que los árboles que no tiraron sus frutos y que las casas que amanecieron con sus techos, estaban ubicadas junto a floridas matas de yauhtli, y por tal motivo consideraron que gracias a estas flores, las milpas, las frutas y los techos habían resistido el ventarrón. A partir de este suceso portentoso, los tlahuicas consideraron sagrada y protectora esta flor. Entonces cada año cuando florecía esta planta en los campos, todos salían a cortarla para elaborar ramos y colocarlos en las milpas, las huertas, las casas y los templos, implorando con esta ofrenda la protección de la diosa Xilonen, contra las calamidades de Ehécatl. 

Al siguiente año, durante la temporada de lluvias, el dios Tláloc desató una fuerte tormenta en el Valle de Cuauhnáhuac, que se prolongó por varios días, acompañada de una granizada y rayos. No dejaba de llover de día ni de noche. Afortunadamente toda el agua escurría en  cascadas hacía las barrancas; sin embargo, era tan torrencial la lluvia que no permitía a la gente distinguir bien lo que tenía enfrente y a poca distancia; el sol no pudieron verlo durante esos días tormentosos. Por protección, los tlahuicas no salieron de sus casas y estuvieron muy intranquilos y preocupados. Entonces sucedió lo inesperado, cuando a Yancuic, joven encargado de mantener el fogón divino en el teocali de la pirámide más alta de Cuauhnáhuac, se le ocurrió arrojar a las brasas unos ramos secos de yauhli, los que al quemarse provocaron una espesa humareda. Cuando el humo salió del templo y se esparció entre las gotas de la tormenta, ésta comenzó a disminuir, a disiparse hasta que se convirtió en una ligera llovizna; al poco rato dejó de llover y comenzó a aparecer la luz del sol. Asombrado Yancuic por tal hecho fortuito y portentos que él había provocado, bajó del templo a buscar a los sacerdotes para informarles sobre tal suceso y junto a ellos acudieron a ver al tlatoani tlahuica. Al llegar ante él le informaron lo sucedido y lo llevaron al teocali. Al detenerse el grupo frente a la pirámide, el tlatoani volteó la mirada al templo y admirado contempló como todavía salían densas bocanadas de humo que se esparcían por todo el ambiente y los más notable fue que en ese momento dejó de llover. Entonces percibieron que el humo del yauhtli tenía un olor a incienso y consideraron que gracias a él se quitó la lluvia. A partir de ese memorable día, cada vez que el dios Tláloc precipitaba sus incesantes tormentas, los tlahuicas quemaban yauhtli seco en el interior de sus casas para que se calmara la tormenta. Lo que ocasionaba que saliera humo por las ventanas y puertas de todas las casas de Cuauhnáhuac, hasta que disminuía la tormenta y las habitaciones quedaban perfumadas y purificadas.

En el año de 1521 cambiaron trágicamente los tiempos para los tlahuicas. Llegaron los invasores españoles a conquistar el territorio de Anáhuac. El 13 de abril llegó el ejército del conquistador Hernán Cortés y sus aliados tlaxcaltecas a conquistar Cuauhnáhuac, que fue tomada a sangre y fuego, y sus pobladores quedaron sometidos como vasallos de los españoles. Cuatro años después, en 1525 llegaron a Cuauhnáhuac los primeros 12 frailes franciscanos, cuya misión era enseñar el evangelio a los recién conquistados. De esta forma a los tlahuicas les impusieron otra religión que se integró a su antigua cultura. Con la nueva religión, llegaron nuevas leyendas.  

Continuará…

 


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