El pró­ximo 26 de noviem­bre, se con­me­mo­ran 106 años del arbi­tra­rio fusi­la­miento del gene­ral Felipe Ánge­les Ramí­rez. Hoy recor­da­re­mos su paso por nues­tra ciu­dad.

La muerte del gene­ral Felipe Ánge­les se con­si­dera injusta por­que, tras ser juz­gado en un con­sejo de gue­rra, fue fusi­lado por el gobierno de Venus­tiano Carranza en 1919. El jui­cio fue con­si­de­rado una farsa polí­tica para eje­cu­tarlo, ya que había desa­fiado a Carranza y apo­yado a Villa. Su eje­cu­ción tuvo lugar tras un jui­cio suma­rio que muchos vie­ron como una forma de silen­ciar a una figura opo­si­tora impor­tante en la Revo­lu­ción Mexi­cana.

A media­dos de 1912, el coman­dante del Ejér­cito Fede­ral en More­los, Juven­cio Robles había rea­li­zado des­pia­da­das cam­pa­ñas de per­se­cu­ción y ata­que en con­tra de las fuer­zas zapa­tis­tas.

El direc­tor del Cole­gio Mili­tar, Gral. Felipe Ánge­les, uno de los hom­bres de armas mejor pre­pa­ra­dos, cul­tos y lea­les de nues­tro país, le sugi­rió al pre­si­dente Madero un cam­bio en la estra­te­gia, para evi­tar los exce­sos que come­tían las tro­pas con­tra los rebel­des. Pro­puso con­ven­cer a los zapa­tis­tas de depo­ner las armas, ofre­ciendo amnis­tía a los que así lo hicie­ran y escu­char sus peti­cio­nes. El pre­si­dente siguió su con­sejo y lo ascen­dió a Gene­ral Bri­ga­dier. El 3 de agosto de 1912 lo asignó como jefe de la 7ª Zona Mili­tar, cuyo cuar­tel gene­ral estaba en Cuer­na­vaca. Ánge­les en una entre­vista para el perió­dico Nueva Era, señaló que las solu­cio­nes para More­los antes que al orden mili­tar le corres­pon­dían al orden polí­tico.

Ánge­les, junto con su esposa y sus dos hijos geme­los, se hos­pe­da­ron en el hotel Bella Vista, cuya pro­pie­ta­ria era la bri­tá­nica Rosa King, con quien hicie­ron una gran amis­tad. La Sra. King en su libro ‘Tem­pes­tad sobre México’ lo des­cribe “…era del­gado y más bien alto, no muy tri­gueño, con la pali­dez del mexi­cano de mejor clase, de fac­cio­nes deli­ca­das y los ojos bon­da­do­sos que he visto jamás en un hom­bre. Son­riendo, se lla­maba a sí mismo indio, pero deci­di­da­mente era el tipo que los mexi­ca­nos lla­man indio triste, Otro gran atrac­tivo era su voz encan­ta­dora y sus finos moda­les…Desde el momento en que el gene­ral Ánge­les me fue pre­sen­tado, noté en él una cua­li­dad que había fal­tado a sus pre­de­ce­so­res, una cari­dad bon­da­dosa y el deseo de com­pren­der a los demás”.

Ánge­les no tole­raba la cruel­dad ni la injus­ti­cia en sus sol­da­dos. Los zapa­tis­tas, al per­ci­bir que ya no se les hos­ti­li­zaba con tanta vio­len­cia, dis­mi­nu­ye­ron la inten­si­dad de sus teme­ra­rias incur­sio­nes sobre la capi­tal more­lense. Muchos fue­ron los que regre­sa­ron pau­la­ti­na­mente a sus pue­blos y la anti­gua paz se rees­ta­ble­ció por algún tiempo.

Ánge­les cabalgó por el terri­to­rio domi­nado por los rebel­des, acom­pa­ñado sola­mente por dos ofi­cia­les para tra­tar de hablar con los jefes rebel­des, que des­con­fia­dos no se acer­ca­ron a él. Sin embargo, el gene­ral escu­chó las que­jas y peti­cio­nes del pue­blo.

En una entre­vista con algu­nos repor­te­ros, el Gral. Ánge­les com­pla­cido por los resul­ta­dos de su plan de paci­fi­ca­ción mani­festó, que gra­cias a que había usado “la razón y la jus­ti­cia…no había revo­lu­ción aquí en el sur” y cri­ticó la actua­ción de sus pre­de­ce­so­res Vic­to­riano Huerta y Juven­cio Robles, quie­nes reac­cio­na­ron soli­ci­tando se le hiciera una corte mar­cial. Unas sema­nas des­pués Ánge­les publicó en la prensa una carta en la que seña­laba que se le había citado con ine­xac­ti­tud y los “ofen­di­dos” mani­fes­ta­ron sen­tirse satis­fe­chos.

Sin embargo, para octu­bre los zapa­tis­tas cam­bia­ron de estra­te­gia, ame­na­za­ron a los pro­pie­ta­rios de gran­des plan­ta­cio­nes de azú­car con des­truir­las si no los apo­ya­ban o paga­ban un impuesto sema­nal. Ánge­les señaló que sería severo con la gue­rri­lla, así que varios pue­blos sos­pe­cho­sos de pro­te­ger rebel­des fue­ron bom­bar­dea­dos y que­ma­dos. Hubo algu­nos eje­cu­ta­dos, pero sus tác­ti­cas nunca fue­ron tan san­gui­na­rias como las de sus pre­de­ce­so­res.

Mien­tras tanto, el gobierno de Madero se res­que­bra­jaba y un com­plot para derro­carlo se fra­guaba den­tro del ejér­cito. Al pro­du­cirse el Cuar­te­lazo de la Ciu­da­dela y dudando de la leal­tad de Vic­to­riano Huerta, el pre­si­dente Madero dis­puso que su fami­lia se asi­lara en la emba­jada japo­nesa, y a las tres de la tarde del 9 de febrero de 1913 se subió en un auto Mer­ce­des para via­jar a Cuer­na­vaca para bus­car al Gral. Ánge­les, iba acom­pa­ñado por capi­ta­nes de su Estado Mayor, un taquí­grafo, el dipu­tado Ale­jan­dro M. Ugarte y un cho­fer. Al lle­gar a Tres Marías lo reci­bió su amigo el coro­nel Alberto Batíz, quien le pro­por­cionó un tren de repa­ra­cio­nes para lle­gar a Cuer­na­vaca. Madero y sus acom­pa­ñan­tes via­ja­ron en el cabús.

El grupo enca­be­zado por Madero arribó a la esta­ción de ferro­ca­rril de Cuer­na­vaca al ano­che­cer, inme­dia­ta­mente se tras­la­da­ron para con­fe­ren­ciar con el gene­ral Felipe Ánge­les y con el gober­na­dor Patri­cio Leyva (quien había tomado pose­sión el 1º de diciem­bre de 1912). Madero dis­puso que él y sus tro­pas se tras­la­da­ran a la Ciu­dad de México para que tomara el con­trol. Esa noche dur­mió en el hotel Bella­vista.

Al regre­sar a la capi­tal Madero tenía el pro­pó­sito de nom­brar al Gral. Ánge­les jefe de la Plaza, encar­gán­dolo de las ope­ra­cio­nes con­tra los rebel­des. Sin embargo, con­si­de­ra­cio­nes de jerar­quía mili­tar y la opi­nión adversa de su gabi­nete hicie­ron desis­tir a Madero y Ánge­les quedó en una posi­ción subor­di­nada que le impi­dió actuar con efi­ca­cia.

Fue aprehen­dido y ence­rrado en Pala­cio Nacio­nal junto con Madero y Pino Suá­rez, se le man­tuvo preso hasta el 29 de julio de 1913; se le des­te­rró a Fran­cia. Pos­te­rior­mente regre­sa­ría para unirse a las fuer­zas villis­tas y desde esa trin­chera con­tri­buyó de manera sig­ni­fi­ca­tiva para que los prin­ci­pios agra­ris­tas del Ejér­cito Liber­ta­dor del Sur se incor­po­ra­ran en la Con­ven­ción de Aguas­ca­lien­tes.

Ánge­les al igual que Zapata fue víc­tima de una trai­ción; uno de sus ofi­cia­les faci­litó su cap­tura y tro­pas carran­cis­tas lo aprehen­die­ron y lo lle­va­ron a Chihuahua en donde un con­sejo extraor­di­na­rio de Gue­rra lo con­denó a muerte por el delito de rebe­lión. La sen­ten­cia se eje­cutó el 26 de noviem­bre de 1919, mediante fusi­la­miento.

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