Entre las más de 2,200 personas que viajaban en el Titanic la noche del 14 de abril de 1912, pocas historias resultan tan sorprendentes como la de Charles Joughin, el jefe panadero del barco, cuya insólita forma de sobrevivir se convirtió en leyenda.

 

Nacido en Inglaterra en 1878, Joughin había trabajado en la marina mercante antes de ser contratado por la White Star Line para el lujoso trasatlántico. En el Titanic era responsable de un equipo de panaderos que alimentaba a los pasajeros de primera, segunda y tercera clase. La noche del desastre, cuando el buque chocó contra el iceberg, Joughin recibió la orden de su capitán de ayudar a cargar los botes salvavidas con provisiones de pan.

 

Tras cumplir su deber, se dedicó a ayudar a mujeres y niños a subir a los botes, incluso cediendo su lugar a otros. Según relató más tarde en el juicio posterior al naufragio, al ver que los botes ya se habían marchado, regresó a su cabina y bebió una gran cantidad de licor, lo que, paradójicamente, jugó a su favor.

 

Joughin fue uno de los últimos en abandonar el Titanic. Aseguró que permaneció en la popa hasta que el barco se hundió por completo y que, en el momento final, simplemente dejó que el agua lo arrastrara. Contra todo pronóstico, sobrevivió en las gélidas aguas del Atlántico Norte durante cerca de dos horas, un tiempo imposible para la mayoría de los náufragos que murieron en cuestión de minutos por hipotermia.

 

Su resistencia se ha atribuido a varios factores: el alcohol en su organismo, que aunque normalmente acelera la pérdida de calor, pudo darle valor y hacer que se mantuviera activo; su complexión física; y el hecho de que se mantuvo en movimiento, evitando quedar rígido por el frío. Finalmente, fue rescatado con vida por el bote plegable B y más tarde subido al Carpathia, el barco que recogió a los sobrevivientes.

 

Tras la tragedia, Joughin continuó su vida en el mar, trabajando en otros barcos y emigrando a Estados Unidos, donde vivió hasta 1956. Su historia, narrada en los testimonios oficiales y en libros posteriores, ha inspirado escenas en películas, incluida la icónica de James Cameron en Titanic (1997), donde aparece un panadero bebiendo mientras el barco se hunde.

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