Entiendo y reconozco que no todos hemos tenido perros y mucho menos que los hayamos cuidado, mimado, protegido y hasta amado… Por los que no han tenido esta singularidad, tal vez por lo que aquí escribo no les parezca importante, pero por aquellos que han tenido su mascota perruna de los falderos o de los grandes, creo que aquí pueden encontrar un buen elemento no sólo para hablar sino para escribir la o las historias de sus canes queridos y amados que se fueron… Voy con los míos y por los míos… De mis viejos tiempos de niño allá por 1944 cuando sólo tenía 4 años y vivíamos en la vecindad de la Avenida Jalisco 280 por los rumbos de Cartagena en Tacubaya, en la pequeña accesoria con un tapanco y la cocina-baño, hechiza con restos de madera por mi padre don Antonio Villalobos, mi madre María del Carmen Vivanco de Villalobos llegó con una pequeña perrita pequinesa color leche, a la que yo ‘bauticé’ como “Muñeca”, a petición de mi mamá… Bajo ese nombre la pequeña peluda pequinesa creció y llegado el momento en aquel tiempo yo no supe cuándo ni por qué, de repente procreó una camada de 5 cachorritos… Mi madre hurgaba para revisar a la maternal perrita, le acomodaba a sus crías para amamantarlos, le arrimaba su comida, agua y la dejaba descansar… En uno de esos días se me ocurrió ir a ver a la perrita para tratar de tocar uno de sus cachorros y el maternal animal me gruñó y lanzó el mordisco que sangró dos de mis dedos… Al oírme llorar mi madre trató de consolarme, me llamó la atención y ordenó no tocar a los cachorros; procedió a limpiar mi sangre y a lavar mis mordisqueados rasguños con agua, jabón y luego de secarme le puso limón al por mayor “por aquello de la rabia”… No pasó nada más allá de mi llanto, en algunos días los cachorritos desaparecieron regalados o vendidos y mi madre le obsequió la pequinesa “Muñeca” al Padrino de mi hermana Irma, don Antonio Cepeda quien la guardó y protegió durante más de diez años… ¡Adiós a la “Muñeca”…! Pasados los años cuando tenía 8 o 9, cambiados de domicilio a nuestra casa construida con mucho esfuerzo por mi padre gracias a los recursos que como brasero en los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial logró juntar y enviar, debido a ello pudo darnos un espacio digno para vivir… Ahí a nuestro “gran” perro, le puse el nombre de “El Tigre” por su pelaje de color café con mechones amarillos en líneas, lo cual le daba la apariencia de ese feroz felino, pero la diferencia es que mi Tigre era un perrito cruzado de chihuahua con otro mayor lo cual le permitió tener más alzada; gracias a mi padre aprendí como hacerlo bravo, pero al mismo tiempo darle su alimento en el hocico sin que me mordiera, además que con una vara firme, como él lo hizo lo adiestraba para que ladrara, gruñera, diera la pata una y otra, se sentara con gracia, así permaneciera, se acostara, hiciera el muertito y supiera atacar a la hora de azuzarlo repitiendo dos o tres veces “cus-cus-cus” luego de lo cual se lanzaba contra quien o lo que fuera aquel perrito obediente que parecía insignificante; casi a diario a más de 100 metros de distancia de la casa nos iba a esperar a mi padre o a mí para acompañarnos o “defendernos”… Total que El Tigre fue tan bravo que en una de tantas llegadas del carnicero que iba a venderle carne a mi madre para la venta de sus tacos, un día de esos por no llevarse bien con El Tigre, éste se le lanzó, alcanzó a morderle la parte baja de la valenciana del pantalón, trataba de sacudírselo y ahí lo traía colgando hasta que le di la orden de que lo soltara; lo llamé, lo acaricié y lo protegí del feroz vendedor quien tuvo que aguantar lo rasgado de su pantalón, pues no quedaba de otra ya que era “fiero enemigo de mi perro”… Pasaron los años, tenía yo casi 12 cuando a mi Tigre le vinieron los “ataques de locura”, cuando se ponía a correr y ladrar en forma interminable y atacaba todo lo que se moviera, hermanos, padres, vecinos o transeúntes; alcanzó un pequeño gato y lo destrozó… Supe después, que a los perros no se les debe dar pan porque ello “prohíja parásitos que se les alojan en el cerebro” según me dijeron y aún no sé si sea cierto… En uno de tantos “ataques de locura” a mi perro, mi padre me dio el cable trenzado de una plancha eléctrica y me dijo: ¡“sacrifícalo”…! Le pregunté ¿cómo? y me dijo: ¡“cuélgalo”…! Eran aquellos tiempos (1951) cuando no había reglas, principios, normas, leyes ni personas o lugares protectoras de los animales… Procedí a cumplir la indicación de mi padre, amarré el cable al cuello de mi Tigre y caminó junto a mí sin saber que íbamos al final de su destino; subimos la loma que llegaba hasta el enorme socavón-boquete de una mina de arena y grava; medio pensé y sin mucho razonar, busque una piedra de buen tamaño, resistente que como pude rodé a la orilla del socavón, sin más aseguré el extremo del cable y solamente lance a ese vacío a mi Tigre en ánimo de que para ese mi perro terminara su sufrimiento por los ataques… Me senté en la orilla de la mina donde lo vi entre estertores terminar su existencia mientras yo sufrí y sentí el escurrir de mis lágrimas interminables, en ánimo de jalarlo y recuperarlo, pero también entendí que era un peligro para nosotros… ¡Ahí lloré, lloré y lloré y como creyente que soy, le di la bendición…! No sé cuántos minutos pasaron pero de ahí partí llorando hasta que llegué con mi Pa’ y sólo le dije: ¡Ya! Y fui a buscar refugio con mi llanto en mi espacio de descanso en nuestro hogar. Continuará. ¡Hasta mañana que será un día más!
