Muchos éramos los escépticos que dudábamos del éxito del Mundial de Clubes.
Una de las razones era que se había metido con calzador en el, ya de por sí, apretado calendario del balompié profesional alrededor del orbe.
Los clubes asistentes, sobre todos los de mayor prosapia, lo tomaron en serio y sus futbolistas demostraron que son seres tremendamente competitivos, a los que no les gusta perder y su raza los obliga a pelear por instinto.
Varios cuadros dieron notas muy agradables, por ejemplo, el conjunto árabe del Al-Hilal, al echar fuera al poderoso Manchester City en la ronda de Octavos de Final.
En un muy emocionante encuentro, los pupilos de Pep Guardiola enterraron la cara ante la garra y la velocidad de los saudíes.
Los clubes brasileños, Palmeiras y Fluminense pusieron la nota de buen futbol en la cancha y de colorido en las tribunas.
Las poderosas maquinarias germanas del Borussia Dortmund y Bayern Münich siguieron su libreto hasta el final, sin que nunca, nadie, los pueda dar por muertos.
Por México, un Pachuca que con el exceso de refuerzos perdió identidad, firmó una salida anticipada y Monterrey, festejando los empates ante Inter y River Plate, volvió a casa en la siguiente fase.
El Real Madrid tuvo que atragantarse con su soberbia y fue despedido con una andanada de goles por el actual campeón de Europa, el PSG, que, de esa manera, dejó servido el plato principal ante el Chelsea, en una Final que parecía de trámite para los galos.
Sin embargo, lo visto y vivido el domingo fue una obra de arte de estrategia, planeación y ejecución por parte de los “Blues”.
En media hora liquidaron la contienda, con autoridad y sentido práctico.
De la máquina de recuperar balones y triturar al Madrid, quedó poco y nada.
La figura del partido fue sin duda el mediocampista Cole Palmer, firmando un doblete y la asistencia para dejar a Joao Pedro frente a Gianluigi Donnrumma, a quién fusiló sin clemencia.
El guardameta español del cuadro londinense, Robert Sánchez, realizó varios lances de milagrería para mantener su meta intacta.
El arbitraje del iraní, naturalizado australiano Alireza Faghani resultó ratonero, sin meter al orden a los rijosos, lo que motivó al final, una bronca con empujones y una agresión de Luís Enrique, entrenador parisino, sobre el rostro del brasileño Joao Pedro.
El director técnico italiano Enzo Maresca, jugó al ajedrez como un maestro y su equipo no se descompuso ni con los cambios.
La nota entre chusca y ridícula la pusieron el mandamás de la FIFA, Gianni Infantino y el primer mandatario Donald Trump.
Creo que no venía al caso subir al presidente al templete, pero menos que este se quedara, muy orondo, junto al capitán Reece James cuando levantó el trofeo y empezó la celebración.
De todos es conocido el protagonismo de míster Trump, quien en un bautizo quiere ser el niño del ropón, en un entierro el difunto y si ve un columpio vacío, corre…y se sube.
