Recuerdo los preparativos para ir de vacaciones en el verano de mi niñez. Las familias de economía media, como la nuestra, tenían sólo un carro, una televisión, sólo algunas contaban con teléfono y la inmensa mayoría habitaba casas rentadas.

Por ello, era una algarabía saber que dentro de unas cuantas horas, estaríamos bañando nuestros chilangos y blancuzcos cuerpecillos, bajo el sol y las olas del paradisíaco puerto de Acapulco.

El viaje en sí era una tortura. Amontonados en el asiento trasero viajábamos los cuatro hermanos, sepultados bajo las maletas que no cupieron en la cajuela.

Adelante, mi mamá, a quién despuesito de Iguala, solía darle el supiritaque por el calor y por el hecho, ella afirmaba, de que no podía sudar. ¡Hágame usted el favor! Mi jefe, muy elegante con sus anteojos oscuros, era el jefe de la expedición.

Nos iba contando, cual guía de turistas, lo que veríamos a continuación, sólo que de tanto repetirlo cada año, el nivel de sorpresa y admiración, obviamente disminuía.

Lo que no tenía parangón, era el momento en que, al salir de una curva, se nos presentaban, majestuosas, las azules aguas del océano Pacífico.

Nuestro alojamiento eran unos departamentitos del Deportivo Chapultepec, sobre la Costera Miguel Alemán.

Seguramente si los viera hoy, ni siquiera me tomaría la molestia de entrar, pero en ese fantástico universo, simplemente eran la sucursal pedorra del Ritz de París.

La rutina, como todas las de su clase, era la misma.

Desayuno en el cuarto temprano para luego, dejar pasar las tres horribles horas de la digestión para poder meterse al agua.

El que inventó esa jalada, que mis papás cumplían con rigor de despachador de trenes ingleses, tiene que tener un lugar en el infierno.

Luego, salida a la playa de Hornos, cargados de mochilas, para retar las olas que, según nuestras cuentas, eran altísimas.

Comida en la “Flor de Acapulco”, situado en el mero centro y por la tarde, puesta de sol en Pie de la Cuesta, clavado en la Quebrada o ir al “golfito”, según tocara.

Ya en otra época, viaje con amigos, visita a la “zona roja” y pánico de dos meses por aquello de un contagio.

Luego para muchos, los antros, nuestra “Luna de miel”, y el permanente encanto de esta maravilla natural.

Fuimos testigos del crecimiento de la zona Diamante y el decaimiento de ese otro Acapulco donde la miseria, la inseguridad y el crimen imperan.

Hoy, todo es desolación, tragedia y en algunos casos, olvido.

No puedo escribir una crónica deportiva, amable lector de Diario de Morelos, cuando tantas hermanas y hermanos carecen de lo esencial.

Suplicar que los compatriotas venzan a la desconfianza y donen. Somos muchos más los buenos en este país.

La sociedad civil y la población no sólo de Acapulco sino de toda la costa de Guerrero asolada por Otis, demostrarán, una vez más, que ante la tragedia nuestra gente queda…muy por encima.

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