Cuando era niño, hace ya muchas lunas, en la casa de mis abuelos era mandatorio ver en la televisión las funciones de box los sábados por la noche. Las voces inconfundibles de Don Antonio Andere haciendo mancuerna con Jorge “sonny” Alarcón, hacían las delicias de los aficionados y duraron muchísimo tiempo hasta que la propia industria mató al pugilismo dejando de promocionarlo.

Ni qué decir de las peleas por el campeonato mundial, sobre todo cuando peleaban los nuestros. México se paralizaba para sufrir con el “zurdo de oro”, Vicente Saldívar; llorar cuando masacraron a Efrén “alacrán” Torres o disfrutar la elegante clase de José “mantequilla” Nápoles. Era típico que este par de gigantes de la narración, cuando había un choque de estilos, se referían al encuentro del “fajador”, quién solía ser atropellado, valiente y entrón ante el “estilista”, técnico, depurado y con más recursos.

Este símil boxístico lo vimos claramente en la gran final de la Champions League el pasado sábado. Obvio que el papel del estilo correspondió al Manchester City mientras el de los madrazos fue el Inter de Milán. Los expertos predijeron una masacre, luego de ver la apabullante manera de eliminar al Real Madrid por parte de los “ciudadanos” pero no contaban con el indómito temperamento de los italianos. El Manchester se dedicó a jugar bonito todo el año para descomponerse en la final; se salió de su habitual forma de jugar, dividió la pelota como nunca lo hace y en los duelos individuales perdió de todas, todas. Los neroazurri metieron pata, se murieron en cada pelota y no empataron de milagro.

Obvio que era muy difícil que con la solvencia técnica de cada jugador inglés, no cayera el gol y aunque no buscado de la forma tradicional, Rodri la encontró en el área para mandarla guardar. Ganó el mejor equipo pero salvo la mejor opinión de usted, amable lector@, no el que mejor jugó. Inter fue totalmente fiel a su mística deportiva pese a saberse inferior.

ManCity creyó ser campeón desde antes y por poco aplica aquello que del plato a la sopa se cierra la boca o ¿cómo era? Pep Guardiola sigue demostrando que cada euro que se le paga lo desquita a tope. No es solo la inversión millonaria en el plantel sino que se requiere de un liderazgo sólido, positivo y propositivo para guiar a todo el grupo en pos de ese fin común. El triplete ganado lo demuestra por sí solo.

Del otro lado, Simone Inzagui se erigió como un muy buen entrenador y merece el aplauso respetuoso para aquel que cae en buena lid, luchando hasta el último aliento. La premiación, como suele ser en Europa, un acto hermoso y lleno de Fair Play. El campeón adorna la premiación mientras que el subcampeón dignifica la ceremonia, así de sencillo. ¡Gracias, futbol!

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