La hermana de mi padre, mi querida tía Rossy, se casó con un hombre que había sido un estrella en el emparrillado en nuestro país, allá por los años 40, defendiendo los colores del Instituto Politécnico Nacional.
Enrique Mariscal era su nombre y por su cabello rojizo, era apodado el “cerillo”. Con lo “Burros blancos” se desempeñó como Quarter back y pateador, escribiendo gloriosas páginas para la institución. Pues resulta que por estas fechas, nada más que en el año 1967, llegamos de visita a su casa y estaba mirando por televisión un juego de americano.
Green Bay vs Dallas yen la última jugada, los Empacadores echaron a los Vaqueros, para ir, según nos contó mi tío, por su segundo campeonato mundial. Como casi todos en mi generación, me volví aficionado al deporte de las tacleadas y fan de los Cowboys.
De esa manera, presencié por la tele el segundo Super Bowl de la historia, jugado entre los citados Packers y los Raiders, en esa época con sede en Oakland.
Desde entonces, no me he perdido una sola emisión del partido grande, ese que otorga la supremacía en el deporte nacional de los Estados Unidos, pero con amplia repercusión en el resto del planeta.
He visto pasar dinastías como los Delfines de Miami, Acereros de Pittsburgh, Vaqueros, San Francisco y Patriotas, por mencionar a algunas.
Una vez retirado del arbitraje y por mi trabajo como analista en La Jugada, entablé una gran y sólida amistad con Toño de Valdés y mi admiración por su sapiencia, me llevó a interiorizarme en las reglas de ese rudo deporte, llegando a entenderlas de manera razonable.
Lo que mueve el Súper Domingo en audiencia y dinero, es como para volverse loco. En esta ocasión se celebró la sexta década del juego, teniendo como protagonistas a los Patriotas de Nueva Inglaterra y los Halcones Marinos de Seattle, con el resultado de todos conocido en favor del Seahawks.
Los estadounidenses, tan dados a endiosar las estadísticas, revelan que el crecimiento entre los aficionados al americano, no solo allá sino a nivel global, es el involucramiento de las mujeres. Efectivamente, ahora es usual ver señoritas enfundadas en jerseys de su equipo favorito y los restaurantes en día como antier, pletóricos de aficionados de ambos sexos, cosa que antes no sucedía.
Quizá el fenómeno de la cantante Taylor Swift, de novia con el futbolista Travis Kelce, haya contribuido para desatar este fenómeno, pero también la destreza y habilidad de estos imponentes atletas. Otro aspecto a destacar es el famoso espectáculo del medio tiempo. Hay quien ve el partido solo para disfrutar lo que sucede en el descanso.
En momentos de gran tensión como se vive en el “gabacho”, fue el boricua Bad Bunny quien lo aderezó. No lo vi, como nunca lo hago, pero me cuentan que estuvo chido. En fin, tendrán jugadores y aficionados un merecido descanso y ya veremos que depara la próxima temporada, con por lo menos un partido, ya confirmado, a jugarse en nuestro país. Bonita tradición esta de… El Súper Tazón.
