En cada período mundialista, surgen nombres de quienes deben estar y aquellos que sería una sorpresa mayúscula su aparición. Recuerdo casos como el del “Cadáver”, Luís Antonio Valdez, quien fue convocado y no solo eso, alineado, por Javier Aguirre en la Copa del Mundo de Estados Unidos 1994.
Adolfo Bautista, apodado el “Bofo”, llegó a la justa más importante del balompié mundial, otra vez de la mano del “vasco”, a quien parecieran gustarle las sorpresas, en el 2010 en Sudáfrica. Las crónicas deportivas de la época consignaron que el guardameta, Oscar Pérez, corrió más que el atacante en cuestión. Una burla. En este país se le hace demasiado caso a la prensa. Además, los dirigentes presionan para que sus futbolistas sean convocados al tricolor, con el propósito de incrementar su valor. Fruto de ello, vemos en cuatro años, más de un centenar de jugadores desfilar por la concentración del llamado “equipo de todos”. Esto constituye, desde cualquier punto de vista, un exceso, puesto que México no es un productor ni exportador de futbolistas. Ni siquiera Brasil, Argentina o Uruguay, por hablar de naciones que producen material de exportación balompédica, hacen ese número de convocatorias. Para acabarla de amolar, nosotros recurrimos a los naturalizados, que no son otra cosa que vivales quienes, en sus países de origen, no tendrían la menor oportunidad de jugar un Mundial. Además, jamás un foráneo en la selección, ha marcado una notable diferencia, así que a otro perro con ese hueso. Ahora Aguirre, con su verso muy ensayado, ha abierto dos frentes: la posible inclusión de Julián Quiñones y Germán Berterame, no nacidos en esta hermosa tierra y de Guillermo Ochoa e Hirving Lozano. En el caso de los naturalizados, jamás estaré de acuerdo. Si en su momento no se hizo el procedimiento con Evanivaldo Castro “Cabinho” o con Miguel Marín, lo demás es pedacería. En el caso de los mencionados atletas nacionales, la mítica figura de Guillermo Ochoa, sumado a la titubeante actuación de los guardametas supuestamente titulares, Raúl el “tala” Rangel y Luís Malagón, hace presumir su llamado, toda vez que, si bien en Chipre, está activo. El otro caso está en chino mandarín. El apodado “Chucky” ha entrado en franco conflicto con su club, el San Diego F.C., quien se ha negado a renovar su contrato. Aducen temas de indisciplina y poco compromiso con la institución. El jugador se ha empecinado en que le cumplan el contrato, de varios ceros en dólares, lo que en la MLS no será bien visto. No podrá entrenar y menos entrenar con su equipo.
El dice que lo hará aparte y en privado. La pregunta sería: ¿es tan importante este elemento para el futuro desempeño de la selección? Porque, siendo honestos, no se trata de una pieza de la cual, dependa o no, el funcionamiento de un equipo, llámese como se llame. Estamos en presencia de Chucky…el muñeco maldito.
