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A me­dia­dos de los años 80, en el mes de diciem­bre, me encon­traba vaca­cio­nando con mi fami­lia en Her­mo­si­llo, capi­tal de Estado de Sonora, donde tengo depo­si­ta­dos hasta la fecha, mis afec­tos por la fami­lia de mi cón­yuge, Armida Isela Rivas.

Recibí, al telé­fono fijo de casa de mis sue­gros, por­que, aun­que los jóve­nes no lo crean, no exis­tía el celu­lar, una lla­mada de mi papá, en que me urgía a comu­ni­carme a la Comi­sión de Árbi­tros.

La pre­mura obe­de­cía a que había sido desig­nado para el Clá­sico entre Chi­vas y Amé­rica, a cele­brarse el siguiente sábado en la “Perla tapa­tía”.

En aque­llos heroi­cos tiem­pos, el naza­reno com­praba su boleto de avión, pagaba su hotel y luego, vía reem­bolso, que­daba a mano con el club local.

Cuando ingreso mi recibo, con el vuelo de Her­mo­si­llo-Gua­da­la­jara-Her­mo­si­llo, la direc­tiva caprina se niega a pagar.

Según sus cuen­tas, solo podrían liqui­dar como si hubiera via­jado del, enton­ces, Dis­trito Fede­ral.

El asunto escaló, de manera pue­ril y ridí­cula, hasta el escri­to­rio del pre­si­dente de la Femex­fut.

Fui citado a la ofi­cina del señor Mar­ce­lino Gar­cía Pania­gua, quien res­pal­daba los argu­men­tos de la admi­nis­tra­ción roji­blanca.

Recuerdo mis pala­bras: “mire, me parece increí­ble que usted gasté el tiempo en un tema banal, pero, si el pro­blema es de dinero, por pitar un Clá­sico, se los regalo”

El tipo montó en cólera y a los gri­tos mani­festó que no nece­si­taba de mi dádiva.

Sin per­der la com­pos­tura, res­pondí: “pues enton­ces, díga­les que me paguen”.

Sirva esta anéc­dota para ilus­trar que, por la máxima silla del orga­nismo rec­tor del balom­pié nacio­nal, ha pasado toda clase de fauna.

Caba­lle­ros, inep­tos, vivi­do­res, cono­ce­do­res de la mate­ria, ena­mo­ra­dos del fut­bol, publi­rre­la­cio­nis­tas, rebel­des, en fin, vario­pinta ha sido la caba­llada.

Hace un par de días, tuve el pri­vi­le­gio de ser invi­tado a la deve­la­ción de la pin­tura de uno de estos man­da­ma­ses.

En el salón de pre­si­den­tes, exis­ten retra­tos de todos los que han diri­gido los des­ti­nos de nues­tro fut­bol.

Desde junio de 2022 no pisaba el suelo de la Fede­ra­ción y fue grato y emo­cio­nante salu­dar, desde al per­so­nal de inten­den­cia hasta a mis ami­gos de la Comi­sión de Árbi­tros.

El ungido fue Decio de María, quien fue la per­sona que me invitó a cola­bo­rar con los jue­ces nacio­na­les.

Se trata de un per­so­naje en toda la exten­sión de la pala­bra.

Sus logros pro­fe­sio­na­les en la admi­nis­tra­ción pública e ini­cia­tiva pri­vada, se deben a su pre­clara inte­li­gen­cia y a su don de gen­tes.

Con­si­guió, luego de pere­gri­nar por el mundo, los votos para el Mun­dial 2026 y los jue­gos que le tocan a México.

Como buen emba­ja­dor, supo tocar la fibra de cada inter­lo­cu­tor, en ese mosaico mul­ti­cul­tu­ral que es la FIFA.

La cere­mo­nia fue cálida a la par que solemne. Decio lloró como solo lo saben hacer los hom­bres de ver­dad.

Me encantó ver a su lado a Kar­mina, su esposa y cóm­plice, para abra­zar a un tipo que res­peté, admiré y tam­bién… aprendí a que­rer.

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Sobre el autor

Arturo Brizio Carter
Arturo Brizio

Analista Deportivo y Conferencista

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