El asesinato de Juan Jaramillo Frikas atizó las críticas al Gobierno del Estado por la inseguridad pública y la violencia de la delincuencia común y organizada. Juan fue un político, regidor de Cuernavaca y el diputado federal que suplió al inolvidable Alfonso Sandoval Camuñas en la Legislatura 1997-2000. Pero sobre todo fue miembro de una de las familias más conocidas de Cuernavaca. Su origen no pudo ser más popular, hecho, criado y crecido en el centro comercial Adolfo López Mateos. Cientos, por no decir miles de cuernavacenses de las generaciones de los sesenta a la actualidad lo tratamos personalmente o lo conocieron de vista. Lo referían: “es uno de los Jaramillo, hijo de la “Güera Jaramillo, que en paz descanse”. Atacado a balazos en Ocotepec, donde vivía, a media mañana alertaron las redes sociales: “le dieron un tiro en la cabeza y otro en el costado”. Poco después lamentaron: falleció, y alguien publicó una foto del fiscal Uriel Carmona Gándara llegando a un hospital, aparentemente, el Henry Dunant, para hablar con la familia Jaramillo. Nuevamente se acentuó la preocupación social por la impunidad en el contexto del enojo ciudadano ante tanto crimen atizado por la masacre de la noche del martes 1 de septiembre en la colonia Antonio Barona que segó las vidas de diez personas, la mayoría jóvenes. Un ambiente que inunda la geografía estatal con muerte, sangre y violencia ante el que el responsable –de acuerdo a nuestra Constitución– voltea para otro, culpa al pasado o al fiscal que ayer se apuró a visitar a Juan Jaramillo… De esa atmósfera inquietante de no saber si hoy se está y mañana quién sabe, esta postal de cualquier momento y cualesquier días. De pronto, la llanta derecha del coche choca contra algo que el conductor no logra ver pero le parece un pedazo de riel que sale del piso brillando en la oscuridad de la noche. ¡Pack! El golpe ha sido brutal pero la duda seguirá pues por seguridad decide no parar. De hecho, pocos automovilistas lo hacen en los pueblos y ciudades de Morelos. A partir de las diez la mayoría maneja rápido, mirando a los lados, espejeando atrás, alertas ante cualquier sospechoso, pasando con precaución el rojo de los semáforos. Teme: ¿se rompió la suspensión? Repararla le costará un ojo de la cara, no fue su culpa, pero se conformará mentando madres aunque nada ganará. Apenas lo ve, para junto al foco del portón de una casa particular, aprovecha porque en toda la avenida no hay alumbrado público, checa el neumático, sacude el carro de un lado a otro, se agacha, busca con la lámpara de pilas algo roto pero por fortuna todo parece estar bien. Observa a hombres y mujeres manejando entre baches y topes, sorteando a los peatones que cruzan la avenida, imprudentes, distraídos, con la mirada perdida, usando para hablar o mensajear los celulares como si nadie hubiera más que ellos, las calles fueran nomás para caminar y no hubiera coches. Pasa despacio los topes, pero algunos resultan tan altos que raspan la panza del auto. Su mente es un torbellino que brinca de un tema a otro. Recuerda una plática de amigos, de que muy pocos pasajeros de rutas han tenido la buena suerte de no ser asaltados. Les roban teléfonos celulares, cientos pues los atracos son rutinarios a lo largo y lo ancho de Morelos, así que lógicamente hay un mercado negro de estos aparatos. Libra el enésimo bache al tiempo que deduce que “haiga sido como haiga sido” Cuernavaca sigue siendo bella. Por fin llega a su casa, su hijo mayor que siempre lo espera le abre el portón, mete el coche y él se mete a la cama. Sólo entonces siente calma. Pero por las dudas suelta al perro, conecta las alarmas, se encierra a piedra y lodo, y él, que conoció la tranquilidad de otros tiempos, lamenta: “así vivimos ahora en Cuernavaca”… (Me leen después).
Por José Manuel Pérez Durán / jmperezduran@hotmail.com
