El jueves se supo que el ex rector Alejandro Vera Jiménez había desaparecido junto con su esposa María Elena Ávila Guerrero.
Escuetos los datos, las primeras versiones tejieron rumores que corrieron de boca en boca.
Uno: que el matrimonio fue secuestrado la noche del miércoles, comprensible en esos momentos la discreción de la autoridad dado el secretismo de toda pesquisa.
Dos: que, relacionado con el caso de la llamada estafa maestra, la cual mantiene en prisión a Rosario Robles y otros coacusados, Vera no fue plagiado, sino detenido por policías federales que no avisaron a la Fiscalía Estatal.
Y tres: que el también ex director de Ciencia y Tecnología del Gobierno de Morelos presintió –o le dieron el “pitazo”– que su detención era inminente, así que decidió poner tierra de por medio junto con su mujer, quien, si se hubiera tratado de un secuestro, no habría podido pagar el rescate pues ella misma habría estado privada de la libertad.
Si misterio hubo, éste se develó el viernes, rescatado el matrimonio de acuerdo a la versión oficial por el Grupo Fusión de la Fiscalía Especializada en Combate al Secuestro y Extorsión que integran policías estatales y federales.
Se informó que fueron “levantados” en la autopista La Pera-Cuautla, cuando la pareja se trasladaba de Tepalcingo a Cuernavaca.
Lo que no se dijo es por qué viajaban de noche, peligrosas como se han vuelto las carreteras apenas se oculta el sol.
Ocultada al público la ubicación exacta del lugar donde el matrimonio fue rescatado, versiones extraoficiales sólo dijeron que fue en Tepoztlán, pero no en qué calle, barrio, pueblo o fraccionamiento.
La reaparición de Vera fue inevitablemente mediática, referida a un ex rector y ex candidato a gobernador famoso que es noticia, replicada en redes sociales, periódicos y televisión la imagen de sujeto que ha pasado una mala noche, desencajado el rostro, despeinado el cabello cano, arrugada la camisa.
Y tras el infortunio de la pareja, las fotos en actitud triunfalista del fiscal Uriel Carmona, por el éxito de la investigación, el rescate de los plagiados vivos y sanos en un operativo, se afirmó, sin un solo balazo, y la detención de tres mexiquenses como presuntos responsables…
Pero, ¿cómo suelen ser los secuestros?
Del archivo del columnista, este episodio ocurrido en los noventa: Le era imposible dormir, se lo impedían el miedo y las voces de sus captores que provenían del cuarto vecino.
Hablaban de la visita que al día siguiente les haría “el jefe”. Cubierto el rostro con pasamontañas, uno de sus dos “cuidanderos” le aconsejó: “Acostúmbrate a la venda. Así vas a estar”.
Con el paso de los días le daba igual que fuera de día o de noche, y sólo el canto de un gallo que llegaba de lejos y el silencio de sus vigilantes, al parecer dormidos, la avisaban que pronto amanecería. Nunca vio “al jefe”; lo escuchaba llegar cada dos o tres días y darles instrucciones a los criminales que lo cuidaban.
Le decían que no se preocupara, que se estaba negociando el rescate, pero, si su familia no pagaba la suma que quería “el jefe”, lo tendrían que matar.
No supo cuántos días habían pasado cuando el sujeto de la voz más joven con el que había alcanzado cierto grado de comunicación le dio la mala noticia: “Tu familia no quiere pagar. Si mañana no viene ‘el jefe’ será la señal de que no han pagado… ¡y te daremos piso!”.
Las horas que siguieron se le hicieron eternas. Nunca ansió y al mismo tiempo temió tanto escuchar el canto del gallo. Cuando por fin lo oyó empezó a temblar, y a pedir con todas sus fuerzas a Dios que apareciera “el jefe”.
Le ardían los ojos tapados por la venda y le dolía el tobillo aprisionado con las “esposas”, estaba sucio, no se había bañado, tenía puesta la misma ropa de la noche cuando lo “levantaron”. Confiaba que su familia pagaría, pero lo llenaba de pavor la idea de que la suma reclamada estuviera fuera del alcance de su padre, que los secuestradores no le creyeran y que él terminara muerto. Eso pensaba en el momento en que sintió que entraba uno de sus vigilantes. Le dijo: “¡Ya la hiciste, chavo! ‘El jefe’ no va a venir pero se comunicó. Te vas a ir a tu casa”. Enseguida le quitó las “esposas” para que pudiera sacarse el pantalón. Supo que era de noche cuando, después de haberlo subido al taxi que por el ruido del motor reconoció era el mismo en el que días atrás se lo habían llevado, lo dejaron abandonado. Advertido de que estarían vigilándolo, le ordenaron que esperara diez minutos para quitarse la venda. Aterrado, obedeció, y sólo hasta calcular que había pasado media hora se arrancó el trapo de los ojos. Vio luces de coches a unos quinientos metros, caminó y llegó a una carretera donde un automovilista se compadeció a llevarlo a su casa. Entonces lo asaltó un tropel de sentimientos confusos. Se sentía vivo, pero aún no sabía que su vida ya no sería la misma después de esa noche de pesadilla… (Me leen mañana).
Por: José Manuel Pérez Durán / jmperezduran@hotmail.com
