Ayer, redes las sociales y periódicos del mundo dieron cuenta de la muerte del militar que asesinó a Ernesto Guevara, “El Che”. El diario “La Razón” de Bolivia ubicó la muerte de Mario Terán Salazar la mañana del miércoles pasado, en la Unidad de Terapia Intensiva del Hospital Militar de Santa Cruz. Según “El Deber”, Raúl Azurduy, pastor de la iglesia evangélica cercano a la familia, posteó anteayer: “hoy a las 07:15, hora en Bolivia, falleció el señor suboficial mayor Mario Terán Salazar en Cossmil Santa Cruz”. Otros medios señalaron al de ayer como el día de la muerte de Terán.
En octubre de 2021, comenté en este espacio:
Debieron pasar más de cuatro décadas para que los reporteros Ildefonso Olmedo y Juan José Toro, del periódico “El Mundo”, entrevistaran a Mario Terán Salazar, el sargento del Ejército de Bolivia que ejecutó al Che Guevara en la escuela de la comunidad serrana La Higuera. Escribieron que Terán se hallaba frente a ellos “después de haber estado 47 años en las sombras”, que con las piernas hechas pedazos por heridas de bala, el guerrillero tirado en el piso le dijo a Terán: “Póngase sereno, usted va a matar a un hombre”. Que Terán narró: “Yo me sentí cohibido y bajé la cabeza sin responder. Yo no me atrevía a disparar. En ese momento vi al Che grande, muy grande. Sentía que se me echaba encima y cuando me miró fijamente me dio un mareo. Pensé que con un movimiento rápido podía quitarme el arma. Entonces di un paso atrás, hacia el umbral de la puerta, cerré los ojos y disparé la primera ráfaga. El Che cayó al suelo con las piernas destrozadas, se contorsionó y comenzó a regar muchísima sangre. Yo recobré el ánimo y disparé la segunda ráfaga, que lo alcanzó en un brazo, en un hombro y en el corazón”.
En 2017 que viajé a Rosario, Argentina hice esta crónica:
Informa un letrero en la intersección de las calles Entre Ríos y Urquiza del centro histórico de la ciudad de Rosario: “Casa natal del Che Guevara”. Paso por ahí en automóvil un mediodía de enero, volteo a mi derecha y alcanzo a ver el edificio de estilo neo francés, coronado por la que desde abajo identifico como una de esas pizarras que ya he observado en el barrio Recoleta de Buenos Aires. A mí y a mi mujer Stella el verano argentino debería estar matándonos de calor que gracias a Dios aligera un chipi-chipi. Pero pocas horas pasarán para que la radio y la televisión avisen que una sucesión de tormentas ha inundado un trecho grande de la autopista que el día anterior me llevó de la capital argentina a la ciudad natal del Che. El letrero de la fachada informa que en un departamento de ese edificio nació el niño Ernesto Guevara, y la versión entre rosarinos detalla que su mamá Celia De la Serna lo parió en una clínica de esa ciudad y vivió unas semanas en dicho edificio. Que, embarazada de ocho meses, Celia y su marido Ernesto Guevara Lynch viajaban en barco por el río Paraná desde la provincia de Misiones hacia Buenos Aires, pero con lo que no contaban fue que la agarraron los dolores de parto y tuvieron que desembarcar en Rosario. Capturado el Che por el ejército de Bolivia y ejecutado por una orden de la CIA el 9 de octubre de 1967 en el aula de la escuela La Higuera, fue enterrado de manera clandestina en el aeropuerto de Vallegrande, debiendo transcurrir casi tres décadas para que sus restos fueran encontrados y llevados a la ciudad de Santa Clara, Cuba.
El miércoles, la muerte del asesino de Guevara cerró otro ciclo de la historia del Che. Quede constancia… (Me leen después).
Por: José Manuel Pérez Durán / jmperezduran@hotmail.com
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