Trote de Cabra se llama la ciudad que atestigua el drama, desparramado el valle verde de colinas y cañadas otrora habitado por personas felices que trepaban subidas y descendían bajadas. Hoy, acosadas por el crimen y la violencia, las personas de Trote de Cabra ya no salen de noche; apenas empieza a ocultarse el sol se encierran a piedra y lodo en la seguridad de sus casas. Afuera, el peligro acecha. Gabriela y Leticia se mueren de ganas por ir al antro, pero sus padres no las dejan. Les advierten: “Ya te dije que no, que es peligroso”. Pero a la edad de veinte el peligro suele parecer divertido. Una ha pedido permiso a sus padres de pasar la noche en la casa de la otra. Miente: “para estudiar, porque el lunes tenemos examen”. Ruega, pretexta cualquier cosa hasta que le conceden permiso. Una vez dormidos el papá y la mamá, las chicas se escuren por la ventana que da a la calle, escapan caminando de puntitas, sigilosas, llevando en las manos los zapatos de tacón para no hacer ruido sobre el empedrado de la privada donde acordaron encontrarse con sus novios. Adentro del antro la música revienta los oídos, llega hasta el estacionamiento, traspasa los muros de las casas del vecindario que lleva meses quejándose con la policía de que los fines de semana no pueden dormir. Pero ha sido inútil, acertada la sospecha de que el o los dueños del local estruendoso pagan “mordida”. Un par de horas más tarde, Leticia lucha por convencer a Gabriela de que deben irse. Gabriela se resiste: “No mames, güey, apenas es la una, todavía es temprano”. Pero Leticia insiste: “si mi mamá despierta, va a mi recámara y no me ve, capaz que habla al 911 y se hace el escándalo”. Ellas se van en un uber, y sus novios, que han decidido quedarse, avispados por el alcohol aseguran: “No pasa nada”. Pero sí pasa. Media hora después el antro es convertido en un infierno, los gritos de las chicas y los jóvenes son apagados por el tableteo de las ametralladoras vomitando plomo. El novio de Gabriela cae al piso, tocado en el pecho por la herida que parece una flor roja sobrevivirá, afortunadamente. Los sicarios desaparecen, huyen como llegaron, rápidos, eficientes, entrenados por la práctica de la impunidad. Poco tardarán en llegar la policía, los peritos y los socorristas. Recorren con la vista el escenario macabro, levantan cuerpos, atienden lesionados, los que pueden hacerlo suben a sus coches y se van, y los que no pueden son subidos a las ambulancias que los llevarán al hospital. Concluida la diligencia, el agente del Ministerio Público grita el saldo, mecánico, frío, recurrente: ¡siete muertos y nueve heridos! Esta crónica de una muerte anunciada no ha tenido lugar en la pequeña aldea llamada Aracataca, a la que la novela del gran “Gabo” ubica al pie de los Andes, sino miles de millas mar al norte, en una ciudad inexistente, imaginada, a la que un volcán milenario contempla enojado y por eso sus exabruptos de ceniza y fuego anunciando el principio del final de un gobierno de extraños que, ineficiente, no debió ser. Pero la ciudad de Trote de Cabra no siempre fue sinónimo de violencia y muerte. Ahí mismo, una noche de treinta años atrás el tráfico vehicular rueda denso de poniente a oriente y viceversa. Son apenas las diez y la taquería ya está repleta de familias contentas, parejas de novios acaramelados, grupos de muchachos bromistas. Óscar ordena tres de chuleta y José opta por los de al pastor. “Quince, por favor, con piñita, unos frijoles charros y una cheve bien fría”, urge al mesero para justificarse con Óscar, que lo mira con ojos de reproche. “Están bien chiquitos. El otro día me comí veinte y con trabajos me llené”. Después, al bar de los viernes. “Para calentar motores, quién quita y agarramos algo”, justifica José. “Pues sólo que una pulmonía”. Ríen, se carcajean porque cuando se tiene lo necesario a la gente alegra cualquier nimiedad. En la ciudad hay trabajo, casi todos lo tienen, no ganan mucho pero les alcanza para lo básico y para un poco más. José trabaja en una oficina de gobierno, y Óscar le ayuda a su padre en el negocio familiar, una tienda de abarrotes heredada del abuelo. Así era Trote de Cabra treinta años atrás. Hoy, José el cincuentón se lo recuerda a su viejo amigo Óscar. Añora: “Fue así porque antes había seguridad, no como ahora, con muertes violentas, secuestros, robos en la calle y adentro de las casas, camionetas dejadas en tabiques, sirenas de patrullas y ambulancias día y noche”… (Me leen después).

 

José Manuel Pérez Durán
jmperezduran@hotmail.com