La expresión del secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Miguel Ángel Urrutia, debió ser necesariamente escueta: “Tenemos una cadena de un banco que es donde se está dando la mayor fuga de información. Es una situación que se está atendiendo”. Pero “la cabeza” de la nota del periódico fue específica: una sucursal de banco que fue asaltada es investigada por presuntamente filtrar información sobre los movimientos de cuentahabientes. ¿Se trata de la sucursal bancaria ubicada en la avenida Plan de Ayala de Cuernavaca, según desprende el reporte que detalló que los hechos se registraron en la calle Cuernavaca, a la altura de unos condominios? No hubo el señalamiento de que la investigación deberá enfocarse en el entorno social de los ejecutivos y empleados de la sucursal bancaria de que se trate, es decir, las condiciones económicas y sociales de los sospechosos potenciales, cómo y dónde viven, si comen y beben en restaurantes lujosos o en fondas modestas, si visten ropa de marca o corriente, etc., etc…
El tema trae a cuento lo que probablemente fue el primer “bancazo” de Cuernavaca: Proveedor de recursos para la guerrilla de Lucio Cabañas que obtenía por medio del secuestro y asaltos a bancos, Carmelo Cortés cayó en un enfrentamiento con elementos de la Policía Federal, la Preventiva y la Judicial del Estado en el cerro Las Tetillas de Yautepec. Horas antes, al frente de un puñado de guerrilleros Carmelo asaltó la sucursal la Selva de Banamex. El “bancazo” fue el primero en la Cuernavaca tranquila de entonces, famosa la persecución de los delincuentes que se extendió a una gran parte de la ciudad y fue presenciada por vecinos azorados que no daban crédito a lo que veían. La “corretiza” y el enfrentamiento a balazos culminó con la detención de varios guerrilleros y la muerte de Cortés. Participaron elementos de la Policía la Preventiva, entre otros el primer y el segundo comandantes Jorge García e Ignacio Mora así como el jefe de ayudantes de la Dirección de Seguridad Pública, Isidro Landa Mendoza. Y por parte de la Judicial del Estado, el comandante Roberto Quintero Veyra, quien un año más tarde sería uno de los agentes de la Dirección Federal de Seguridad –la temible DFS– con Rafael Aguilar Guajardo, el mismo que posteriormente fundaría el cártel de Juárez cuyo liderazgo heredaría Amado Carrillo Fuentes, “El Señor de los Cielos”...
En cierta ocasión el columnista entrevistó a un asaltabancos en la desaparecida Penitenciaría de Atlacomulco, y años después a otro en el penal de Atlacholohaya. Jóvenes ambos, los separaba la diferencia de una generación, pero sin que se hubieran conocido personalmente los unía más de una coincidencia. Por principio de cuentas, los identificaba el ejercicio de la misma “especialidad”, condiciones y “modus operandis” que relataban en términos parecidos. La víspera del “trabajo” los miembros de la banda pernoctaban juntos, para evitar dispersiones de última hora. Nerviosos, pasaban la noche viendo televisión, jugando cartas y conversando. Nada de alcohol, aunque solían drogarse. Pasaban mala noche, no dormían, pelones los ojos y los nervios como cuerdas de violín. Sabían que podían morir, resultar heridos o ser detenidos por la policía. Llegada la hora del asalto, excitados, dos o tres irrumpían en el local del banco previamente escogido. Por supuesto iban armados y debían hacer el “trabajo” rápido, relampagueante. Asustaban a los clientes y al personal con el poder de sus armas. Gritaban. Amenazaban. Recogían los fajos de billetes. Salían del local blandiendo pistolas o metralletas. Abordaban el vehículo que los esperaba con el motor en marcha. Huían. Cambiaban de carro y se confundían entre el tráfico. Llegaban a la “casa de seguridad”. Repartían el cincuenta por ciento del botín para el jefe de la banda y el resto entre los demás del grupo… (Me leen mañana).
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