Muy pocas cosas son como antes de la pandemia del cólera virus, entre otras las campañas de precandidatos a puestos de elección popular.

Recién iniciadas, resultan atípicas, virtuales, no presenciales, publicitadas en la internet, la radio, la prensa escrita y un poco en anuncios espectaculares al lado de carreteras y arriba de azoteas. Sucede hoy, obligado el aislamiento social por el rojo del semáforo epidemiológico en espera del cambio al anaranjado que permita actos presenciales de campañas. Es el caso de los aspirantes a presidente municipal de Cuernavaca.

Acosados por el Covid-19, una diferencia entre antes y hoy la están haciendo los pretendientes que son conocidos por buena parte de la sociedad, porque son cuernavacenses de nacimiento o adopción. Aparte partidos, el actual diputado federal Alejandro Mojica Toledo, “Polo” para sus amigos y conocidos desde sus tiempos de estudiante e industrial de la brocha y la pintura. O Matías Nazario Morales, el pinotepeño de origen avecindado en Cuernavaca desde mediados de los noventa donde ha hecho una carrera política ascendente. O Francisco (“Paco”) Moreno, cuernavacense por decisión propia, ex diputado federal y local, catedrático de la UNAM, polémico, controversial, mediático y así conocido en medios políticos.

O José Luis Urióstegui Salgado, descendiente de los Urióstegui de la tierra caliente de Guerrero, afamado el apellido porque a mediados y más acá de los cincuenta gustaba de jalar el gatillo, hijo de “Pepe” Urióstegui, el activista social que promovió la creación de colonias populares –La Joya, Pro Hogar, etc.– por medio de invasiones tumultuosas en tierras ejidales. O Antonio “Lobito” Villalobos, que a despecho del cártel politiquero de fuereños tiene derecho de ir por la reelección. U otros largos de enlistar, y la ventaja para los aspirantes conocidos porque de aquí son, aquí se quedaron y aquí fundaron familias. Para bien de los cuernavacenses el próximo alcalde será uno de acá porque los lugareños no volverán a cometer el error de elegir a un fuereño…

¡Qué van a saber los de afuera sobre detalles de la historia de adentro!, como este episodio que trae a cuento el apellido Urióstegui, de estirpe guerrerense-morelense: Diputado por Jonacatepec, Maximino Mendoza Omaña llegaba una mañana de 1969 a su rancho en Zacapalco, municipio de Tepalcingo, cuando fue emboscado y muerto por la banda de los primos Sósimo e Isidoro Bueno Montesinos, que de buenos no tenían nada, dedicados como estaban de años atrás al abigeo y al secuestro. La orden del gobernador Emilio Rivapalacio Morales al jefe de la Policía Judicial debió ser: ¡deténganlos a como dé lugar!, y seguramente José Ortega Angulo la entendió de la única manera que exigían las circunstancias: vivos o muertos.

El encuentro de la Judicial con los Bueno tuvo lugar en Iztapalapa. Hasta allá los habían ubicado los policías que hacía semanas les seguían la pista, ¿y saben quién era uno de los judiciales? El tío del décadas más tarde procurador de justicia José Luis, Salomón Salgado Urióstegui, un guerrerense por nacimiento y morelense por adopción que se volvió famoso en febrero de 2001 cuando era diputado local por el PAN y metió en un brete al presidente Vicente Fox por su declaración de que en la tierra de Emiliano Zapata había francotiradores esperando al subcomandante Marcos y su comitiva para darles “la bienvenida”. De acuerdo a testimonios de policías retirados que en los sesenta estaban en activo, a la caza de los Bueno iban también Raymundo Ceballos y Domitilo Landa Ayala, como jefe y subjefe del grupo.

Los mismos que semanas más tarde sostuvieron otro encuentro a balazos por el rumbo de El Higuerón con la gavilla de abigeos que dirigía Pedro Avilés. Al parecer Salomón recibió un balazo en el estómago y un “rozón” en la testa, pero hay que decir que en este sentido el dato es contradictorio… (Me leen después).

Por: José Manuel Pérez Durán / jmperezduran@hotmail.com