La mañana del 17 de marzo de 1977, la gente de Cuernavaca no se imaginaba lo que estaba a punto de ocurrir, pero sí el gobierno y los periodistas, reportado por los “orejas” de Gobernación, la Zona Militar y la Policía Judicial el contingente de Temoac que, tras salir caminando del crucero de Amayuca y pasar la noche de la víspera a la altura de la colonia La Joya, venían al Zócalo.
Llegaron pardeando la tarde, eran cientos, colmaron la Plaza de Armas. Formada la muchedumbre mayormente por hombres y pocas mujeres, se les notaba extenuados tras andar unos sesenta kilómetros, hostiles, decididos a no regresar a sus pueblos de Temoac, Amilcingo, Popotlán y Huazulco sino con la misión cumplida.

Estaban hartos de ser marginados, de que los alcaldes salieran de la cabera municipal, Zacualpan, y nunca de las ayudantías. Pero qué iba a saber el gobernador Armando León Bejarano sobre cómo se las gastaban los pueblos de la región oriente. Impuesto un año antes desde la Ciudad de México como gobernador de Morelos, llegó con su séquito de fuereños a gobernar una tierra que desconocía.
Aquella tarde debió sacudirlo la rebeldía de los ejidatarios, peones, profesores, señoras del Morelos rural exigiendo la creación de su municipio. Eran tantos que no cupieron en el Salón Gobernadores, de modo que sólo pasó una comisión integrada por unos doscientos.

Para que los de afuera pudieran escuchar lo que se iba a decir adentro, pusieron bocinas en los balcones de Palacio.
Adentro no olía precisamente a rosas, Bejarano y los funcionarios de su círculo más cercano apretaban las narices haciendo gestos de “fuchi”. Entraban al privado contiguo a la oficina del Gobernador para parlamentar, y regresaban una y otra vez al salón para tratar de convencerlos de que en términos económicos no procedía la creación del municipio de Temoac. Bejarano recurría a su discurso de “la unidad morelense”. Demagogia pura.

Juntos, Temoac y los tres pueblos satisfacían el requisito constitucional de tener un mínimo de diez mil habitantes, sus ingresos directos se reducirían al cobro de piso del mercadito de Temoac, pues el impuesto predial era recaudado por el Gobierno del Estado, pero quedaban las participaciones federales que les serían suficientes. La discusión siguió, los “temoacos” se mantuvieron firmes y aguantaron hasta la madrugada cuando Bejarano dobló las manos admitiendo la fundación del municipio 33.
Sin embargo, la gente no abandonó el sitio del centro del poder político de Morelos, quedamos algunos reporteros y la muchedumbre sólo se fue al día siguiente llevándose el ejemplar del periódico oficial con el decreto de la creación del municipio de Temoac que celebran cada 17 de marzo.

Meses atrás había sido encontrado el cuerpo de Vinh Flores Laureano, un joven profesor que lideraba causas sociales en comunidades de la región oriente, de manera que los temoaquenses estaban seguros de que su asesinato había sido ordenado desde alguna oficina del gobierno. Vinh habría sido tío de Samir Flores Soberanes, el activista social de Amilcingo que se opuso a la planta termoeléctrica y fue asesinado el 20 de febrero del año antepasado.

En la entrada de Amilcingo, a partir de esta semana los visitantes son recibidos por un mural con el rostro de Vinh y la figura de una mazorca de maíz.
La pintura es una de tres que conmemoran el segundo aniversario luctuoso de Vinh y exige justicia; las otros dos están en Oaxaca y Puebla.
El acontecimiento se da en el contexto de las concesiones mineras a la empresa canadiense en Temixco y municipios vecinos.
Pero aunque esa es otra historia, en cierta forma se está pareciendo al asunto de la mina de Temixco concesionada a canadienses, presunta la sospecha de un “moche” millonario para el grupo de políticos foráneos que al igual que aquel de 1977 desconocen el alma morelense.
La historia nunca se equivoca… (Me leen después).

Por: José Manuel Pérez Durán / jmperezduran@hotmail.com 

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