La fecha se presta lo mismo para celebrar la entrada de la primavera y la poesía como para agarrarla de pretexto e ir a “llenarse de energía” a las pirámides –en realidad lo que se puede pescar es una insolación de pronóstico reservado–, y también para que celebremos el nacimiento de don Benito Juárez. Incluso la fecha es propicia –así sea una sola vez en la vida– para contemplar y admirar el descenso de la Serpiente Emplumada en la escalinata de la pirámide de Kukulkan, en Chichén Itzá. El hecho es que el 21 de marzo tiene la connotación del resurgimiento de la vida en la floración de plantas y árboles. Es también el inicio de la temporada seca y calurosa, de las energías vitales, celebrada en la antigüedad mesoamericana como la revitalización de la vida del mundo y de los seres humanos gracias al dios Sol. Aunque a este dominguero espacio le agarró forzada y “lejana” la llegada de la primavera, tampoco quisimos redactar sobre el floreciente tema a “toro pasado”. Valga, pues, como preámbulo al arribo de la estación florida que inicia el con el equinoccio de primavera, el 20 o 21 de marzo en el hemisferio norte, y termina con el solsticio de verano, cerca del 21 de junio.

Sin entrar en tecnicismos, es pertinente dejar claro el porqué del nombre de “equinoccio de primavera”. Se denomina equinoccio al momento del año en que el sol está situado en el plano del ecuador terrestre. Ese día el observador en el ecuador ve que el astro rey alcanza el cenit, coincidentes el paralelo de su declinación y el ecuador. La palabra equinoccio proviene del latín “aequinoctium” y significa “noche igual”.

Este fenómeno ocurre dos veces cada doce meses: el 20 o 21 de marzo y el 22 o 23 de septiembre, épocas en que los dos polos de la Tierra se encuentran a igual distancia del Sol, cayendo la luz solar por igual en ambos hemisferios.

En las fechas en que se producen los equinoccios el día tiene una duración igual a la de la noche en todos los lugares de la Tierra. En el equinoccio sucede el cambio de estación anual contraria en cada hemisferio del planeta, es decir, cuando en América del Norte es primavera en América del Sur es otoño y viceversa. Aquí el equinoccio de primavera es aprovechado por los fans de la ya no tan nueva “new age” o nueva era, para atiborrar de millones de visitantes las zonas arqueológicas como Teotihuacan, Xochicalco y Monte Albán, entre otras, multitudinarias visitas que se están controlando y delimitando por el daño estructural provocados a los basamentos piramidales cuya única función es su orientación astronómica muy precisa pero que no representa al absorción o atracción de energía sideral. Ese es un cuento de los neotoltecas y neomayas para crear una industria alrededor de los conocimientos astronómicos de una y otra civilización.

El descenso es un espectáculo que pone en evidencia la sabiduría de la civilización maya. En ningún otro lugar del mundo se da esa conjugación de matemáticas, astronomía, arquitectura y mitología. La orientación del basamento piramidal de Chichen Itzá crea el efecto de sombras de la bajada del cielo de la Serpiente Emplumada hacia el mundo de los macehuales, merecidos del sacrificio de los dioses, o sea, de los hombres y mujeres que habitan la Tierra.

Al atardecer del 20 o 21 de marzo, día del inicio del equinoccio de primavera, se observa en la escalera norte del Castillo

de Chichén Itzá una proyección solar serpentina consistente en siete triángulos de luz invertidos, como resultado de la sombra que proyectan las nueve plataformas del edificio, al ponerse el sol.

Para empezar, las primeras sombras de los cuerpos superiores de la pirámide comienzan a dibujar los triángulos isósceles que conforman el cuerpo de la serpiente emplumada. Poco a poco la sombra va avanzando hacia la cabeza de serpiente ubicada en la parte baja del basamento de la famosa pirámide.

Durante este momento la serpiente Kukulkán desciende por los 365 escalones –obviamente, representan los días del año– de la pirámide del Castillo de Chichen Itzá para poner fin a un proceso que transcurre en unos 45 minutos de principio a fin. Es tal el portento que, insistimos, así sea una sola vez en la vida, es necesario contemplar este espectáculo mítico creado por los mayas que superan a muchas civilizaciones en materia de matemáticas y astronomía. Así es que en la lista de cien lugares qué visitar antes de ser llamados a cuentas hay que incluir el equinoccio en Chichén Itzá… (Me leen mañana).

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