Abatido por la balacera a tontas y a locas –extraviado el tino que le diera fama–, Mario Olea alcanzó aun en esas condiciones a tumbar a tres de los nuevos oficiales que fueron a detenerlo, cuatro de ellos enviados desde de Cuernavaca en apoyo de Aldúcin. En unos cuantos minutos el salón quedó sofocado por el tufo de la pólvora.
Es vieja costumbre en los pueblos los tendajones (…) al lado de los cuales se reservan pequeños expendios de licores, algunos de ellos como la afamada “prodigiosa” amarga, elaborada por sus propios dueños. Son, podría decirse, lugares de paso a los que el viandante concurre a tomarse dos o tres tragos antes de llegar a la casa (…) Olea y sus amigos ya no estaban en condiciones de entender a esa hora que el único lugar que podría ofrecerles una precaria seguridad era, precisamente, el lugar donde estaban: un sitio público y a la vista de todos. ¿Esconderse? Olea sabía que era imposible esconderse a los miles de ojos del poder. ¿Escapar? El gatillero sabía que nadie podía escapar a la furia del Estado. Y sabiéndolo por propia experiencia, no se le ocurrió peor cosa –en contradicción con su reconocido instinto felino– que irse meter a una inmunda ratonera en las orillas del pueblo, quedando a merced de quienes le habían sucedido en el oficio, la nueva jauría carroñera del déspota (…)
Desde mayo de 1952, fecha en que le había dado posesión (al nuevo jefe de la Policía Judicial) el gobernador Rodolfo López de Nava, Tourrent aspiraba a enmendarle la plana a Mario Olea, y por poco lo consigue en sólo dos años que estuvo al frente de la Policía Judicial del estado, al cabo de los cuales fue cesado aun en contra de la voluntad de su protector. La presión social había llegado a su límite. Los tiempos habían cambiado y López de Nava tenía que ajustarse a esta nueva realidad. Las instrucciones del presidente Adolfo Ruíz Cortines, de someter a Morelos a los cauces institucionales, no admitían réplica. La civilidad debía superponerse a toda política rupestre. La era de los patibularios que actuaban a su entera discrecionalidad era cosa del pasado. En el nuevo orden todos debían sujetarse a la ley; los encargados de aplicarla por delante. (…)
Las deplorables condiciones de la carretera de Yautepec a Zacatepec terminaron por convertir a Olea en una piltrafa sanguinolenta. Al llegar al nosocomio una enfermera trató de quitarle la ropa a efecto de limpiarle las heridas, pero el gatillero la detuvo con las pocas que le quedaban en las manos.
–Pérese que llegue mi señora –le dijo, a la cual llegando le señaló una bolsa del pantalón y le hizo entrega de cinco mil pesos que había en su interior. (…) Al doctor Roberto Cardona, director de la clínica, le sobrevino un rictus de espanto en el rostro en el curso de las cuatro horas que duró la agonía de Olea. La razón: un emisario quien trajo de las altas esferas del poder instrucciones precisas para que las llevara a cabo respecto al moribundo. El deceso de Olea ocurrió a la 1:20 de la madrugada. Hasta entonces Cardona respiró aliviado…
El libro al que este espacio le dedicó la presente reseña, es una vieja edición del Ayuntamiento de Yautepec, cuyo alcalde Agustín Alonso fue amigo del autor y compañero de lides políticas y batallas en defensa de su terruño. “Olea, el oficio de matar” fue publicado a principios de 2014, poco después de la muerte de su autor… (Me leen el lunes).
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