El Día del Amor y la Amistad de 2001 los morelenses recibieron un regalo inusitado, raro, sospechoso; el municipio de Tlanepantla fue noticia nacional. Al anochecer del 14 de febrero aparecieron en la pequeña comunidad de Felipe Neri unos cuarenta guerrilleros. Cubrían sus rostros con pasamontañas. El segundo comandante de la Policía Municipal, Gaspar García Contreras, proporcionó a los reporteros algunos detalles del evento alarmante. Relató que los embozados llegaron de pronto y se dirigieron a los vecinos que se encontraban en el centro de la población, antes de irse dispararon sus armas al aire, dejaron mensajes de organizaciones rebeldes y “pintas” de la organización Fuerzas Armadas Revolucionarias del Pueblo (FARP)-Ejército Villista Revolucionario del Pueblo (EVRP).
El contexto: Dos años después, la noche del 13 y la madrugada del 14 de enero de 2003 agentes de las policías Ministerial y Preventiva recuperaron a tiros el Palacio Municipal de Tlalnepantla para el grupo del alcalde Elías Osorio Torres, quien posteriormente sería depuesto. En medio de balazos, gritos y el incendio de una patrulla cayó muerto el lugareño Gregorio Sánchez Mercado. A la sazón diputado local, el nueve años más tarde senador por el PRD, Fidel Demédesis Hidalgo, culpó a Eduardo Becerra Pérez, secretario general del gobierno panista de Sergio Estrada, de haber sido él quien le ordenó al coordinador de la Ministerial, José Agustín Montiel López, que abriera fuego contra los vecinos que tenían tomada la Presidencia.
La “calma chicha” de Tlalnepantla duró poco más de un año, rota el 15 de septiembre de 2004 durante el festejo de la Independencia por una turba enardecida de la Comisión de Barrios y Poblados que irrumpió en la casa del exalcalde Elías Osorio y golpearon a su hija Bárbara Osorio Rayón, una chica de 18 años. Encolerizado, fuera de control, el tumulto fue por Elías, quien a esas horas de la noche del “grito” se encontraba ausente. Allanaron el domicilio del dirigente municipal del PRI, Ricardo Espíndola Banderas, y los pocos los efectivos de la Policía Preventiva Estatal no pudieron contener a la muchedumbre.
A partir de esos días el pueblo productor de nopal pareció disfrutar una situación de paz y tranquilidad. Diferente a otros municipios, donde la violencia del crimen organizado y los embates de la delincuencia menor se habían enseñoreado, en “Tlane” no pasaba nada. Sin embargo, la tranquilidad era engañosa. A media mañana del 16 de mayo de 2014 reapareció la violencia. Un comando de pistoleros asaltó la tesorería municipal y mató a la tesorera Jenny Sánchez Ramos. La gente no salía aún de su asombro cuando la tarde del 3 de junio escuchó una balacera sobre la que hubo dos versiones: una, que policías del mando único atendieron una llamada de auxilio al Centro de Control, Cómputo y Comando (C4), porque un hombre robaba en una casa en Felipe Neri y que para cuando llegaron dos patrullas el ladrón ya había huido, los uniformados se dieron a la tarea de buscarlo y en esas estaban cuando fueron tiroteados por sujetos que se desplazaban en una camioneta de redilas. Por fortuna, ninguno de los policías resultó lesionado. Y dos, que un grupo de vecinos cercó a los agentes para impedirles que se llevaran al ratero, que retuvieron a los policías y sólo hasta que llegaron refuerzos de otras policías municipales pudieron rescatarlo.
Años atrás, Tlalnepantla había tenido un presupuesto tan raquítico que el PRI batallaba para hallar sus candidatos a alcalde. A mediados de los setenta, el delegado del entonces partido aplanadora convenció a un lugareño para que “se sacrificara por su pueblo”. El candidato era conocido por ser un hombre decente que vivía con el producto de su parcela y de una tiendita de abarrotes, así que puso algunas condiciones para aceptar la nominación. Antes de abandonar la oficina del segundo piso del edificio para entonces ya ruinoso de La Estación, preguntó: “¿quién me va a dar para mi pasaje?”… (Me leen el lunes).
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