A Cuernavaca se llega por Santa María Ahuacatitlán, sobre la vieja carretera bordeada por árboles que en sus variedades solamente queda llamarlos genéricamente. A un lado de Ahuacatitlán queda Tetela, otro bello lugarcito que se cubre de las esmeraldas que caen desde la cordillera del Ajusco. Es un pueblecito inquieto, donde por razón natural, dado lo escabroso del terreno, la propiedad de las tierras los tiene en constante sobresalto; pero en lo demás, son tan hospitalarios como los más hospitalarios de los pueblos tlahuicas.
Se llega a Cuauhnáhuac igualmente por la carretera de peaje, y desde que se entra en Chamilpa, un poco antes, se ve el gran edificio blanco de tres pisos, de la Universidad de Morelos. Chamilpa es otra población cuyos problemas no te interesan, amigo visitante, pero que necesitamos dar a conocer, por si alguna vez alguien pudiera recuperar la fe de este poblado que cada vez que se requiere un paso por una vía de comunicación, se corta en dos, y por eso está seccionado en cuatro fragmentos. Allí se juntan todos los caminos: de México, de Cuernavaca, de Tepoztlán y la vía del ferrocarril que va hasta la preciosa estación llena de eucaliptos...
Hacia el oriente está uno de los más hermosos parques con que cuenta la ciudad, pero creo que primero iremos a visitar la pequeña pirámide de Teopanzolco, una joyita olvidada por quien sabe que destino de esos que hacen que quede un templo en las sombras de lo que se descuida para solaz de algunos saqueadores de tumbas... Teopanzolco, significa “lugar del templo viejo”,... pero nosotros podemos llamarla con el nombre que le dábamos cuando éramos niños: “El Mogote”. Es una hermosa construcción piramidal tlahuica de doble alfarda, con sus santuarios y con su perfecta colocación azimutal...
Ahora volvamos por el camino de la estación, hacia el Hotel Casino de la Selva, uno de los más hermosos hoteles con que debe contar la República Mexicana. No hagas caso si encuentras a la entrada una estatua colosal de Hernán Cortés; es el único mal gusto que encontrarás en esa hermosa construcción. A la entrada hay un restaurante llamado Jano, ha sido erigido aprovechando sus últimos rincones para la comodidad de los clientes; pero es mi deber señalar a los visitantes, que ahí se cobra, ¡y fuerte! Está en construcción una capilla, que al principio se pretendió abrir al culto católico y que su función ha sido cambiada para colocar allí los frescos de uno de los más grandes pintores que tiene México: David Alfaro Siqueiros. La alberca es olímpica y sus aguas tibias. Sus jardines recuerdan un poco las postales que nos llegan de los de Versalles, y para que no esté incompleto este refugio
que se ofrece a costa de su economía, también tiene otros pastos donde se ofrecen a la vista varias piezas antiguas de nuestras razas autóctonas, mexicas, tlahuicas, toltecas y mayas.
Para no ser repetidos, diremos que en Cuernavaca hay otros hoteles donde se encuentra comodidad y paz, la tan buscada paz, como La Casa de Piedra, Las Quintas, Las Mañanitas y el Jacarandas; y no sé qué otro, pues por ahora solamente nos adelantamos y apenas vamos a visitar el parque Melchor Ocampo.
Tiene construcciones que parecen las de la etapa de don Porfirio Díaz, esto es, afrancesadas. Pero los árboles son mexicanos, de esta tierra morelense. Hay mangos, laureles, jaras, jacarandas, quedan por ahí, todavía, algunos árboles de guayaba pomarrosa, y muchas, pero muchas bugambilias. Y como ves, viajero, estamos dentro de Cuernavaca, sin sentirlo casi, y sin poder escapar de su embrujamiento. Este parque Melchor Ocampo, tenía una alberca trapezoidal, ahora llena de tierra, porque se pretende que algún día se hará allí un teatro. De todas maneras, poco servía la alberca de que te hablo; allí solamente se podían bañar los niños pobres, los que no tienen alberca en su casa, los que no tienen a veces casa. En cambio, cuando visitemos las mansiones privadas, te podrás dar cuenta que allí sí son indispensables las albercas. De todos modos, viajero, disfruta lo que queda de este parque hermoso cuyas fuentes aún tienen agua, y te dejan ver su arco iris de poesía. El sol, que penetra por entre las enramadas se siente como si fuera otro sol; uno que no
fuera el rey del sistema que vivimos, sino uno que quisiera jugar con los seres humanos igual que si él lo fuera también. ¿No has sentido a las veces, que uno es como parte de las cosas? Pues ahí se siente como si el sol, ese sol cariñoso quisiera ser parte de los hombres, y casi se le comprende en su anhelo de convertirse en niño, en la nieve que toman los niños, en las flores que acarician los niños y las mujeres, que quisiera ser como mujer y tomar el sol que acaricia las olitas de las ovaladas fuentes, y del pequeño apantle que rueda dulcemente a orillas de esas construcciones afrancesadas pero tan queridas porque se han hecho parte de la tradición de la belleza que allí anida… (Me leen después).


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