La tarde del 22 de agosto de l999, llovía a cántaros. El señor Godolio Méndez Duarte conducía su vehículo sobre la avenida Cuauhtémoc. Llevaba a su esposa María del Rosario Romero Avilés y sus hijas Tania, Mónica y Diana, de 7, 4 y un años de edad. Al llegar a la esquina con Potrero Verde, el aluvión que se precipitaba calle abajo alcanzó el motor y lo apagó. Angustiada, la familia abandonó el automóvil y corrió a refugiarse bajo la cornisa de una casa situada enfrente de la gasolinería. Pero fue inútil: el agua seguía subiendo. Intentaron trepar a lo que creyeron era un escalón, diez metros abajo de la acera, pero no había escalón, sino un enorme agujero oculto por el agua al cual cayeron. En cuestión de segundos la señora fue arrastrada por el torrente, sufriendo una muerte espantosa. El señor y las niñas hubieran seguido la misma suerte, de no haber sido por los empleados de la estación gasolinera que corrieron a auxiliarlos, rescatando de los brazos de su padre a las tres pequeñas.

En Xochitepec, en 2016 la tormenta “Javier” mató una mujer que quedó atrapada en su auto en un paso a desnivel, provocó derrumbes en la carretera federal Cuernavaca-Cuautla e inundó 150 casas habitadas por 800 personas. Como pocas veces había sucedido, grandes cantidades de agua se abatieron sobre Cuernavaca, Jiutepec,

Yautepec, Tepoztlán, Emiliano Zapata, Tlaltizapán, Temixco y Xochitepec.

Implacable, contra la naturaleza nadie la talla. Un juego recurrente que suele ir del frío de la lluvia al calor de las llamas. A diferencia del trienio 2011-2013, durante 2014 y las dos cuartas partes de 2015 la cifra de incendios bajó drásticamente debido a la abundancia de lluvias que sin embargo no dejaron de ser irregulares. Con interrupciones por semanas que convirtieron a la canícula –ese intenso calor húmedo después de una noche de la lluvia– en factor de otros riesgos, uno de ellos se tradujo en patente peligro con la plaga del llamado “pulgón amarillo”, cuyo inicio de acción destructora sobre los cultivos de sorgo se detectó el 20 de julio de 2015.

Siempre sujeta a múltiples variables, la producción agrícola es una actividad de alto riesgo. El éxito de las cosechas no sólo depende de la calidad de la tierra, los financiamientos y los fertilizantes, también está el factor del clima. Los abruptos cambios del estado del tiempo tienen con el Jesús en la boca a campesinos y autoridades del sector. Para identificar algunos de los numerosos daños presentes y por venir en Morelos, revisemos a uno de ellos conocido como El Niño, así como un listado de sus consecuencias.

Es un fenómeno climático cíclico que provoca estragos a nivel mundial. Debido al calentamiento de las aguas del Océano Pacífico, las zonas más afectadas están en Centroamérica y América del Sur. El nombre del fenómeno de El Niño se debe a que suele ocurrir cerca de Navidad, por las costas oeste del sur. La denominación oficial es “Oscilación del Sur El Niño”, un síndrome o alteración climática con más de 7 mil años de registro pero que ha intensificado sus efectos por la elevación de la temperatura del planeta y las aguas costeras durante las últimas décadas, a causa, entre otras, de la quemazón del petróleo en industrias y automóviles. En otras palabras, El Niño no es el causante en sí de los

desastres, sino que su potencial peligrosidad lo ha desatado la polución y el uso de combustibles fósiles.

El aumento de los incendios es también consecuencia del recrudecimiento de las “travesuras” de El Niño. Cada década se presentan condiciones favorables a la incidencia de incendios forestales. Los buenos temporales precedentes favorecen la reproducción de árboles, pastizales y hierba, lo que luego, con la resequedad cíclica, se convierte en pasto de fuego. Fue así que 2014 y 2013 fueron críticos en materia de conflagraciones.

El Niño –el cambio climático y la calentura de la Tierra que todos propiciamos con nuestros hábitos de consumo y la emisión de contaminantes– ha transformado a Morelos. El 4 de julio pasado, la Organización Meteorológica Mundial declaró el inicio del fenómeno. Hoy la nuestra es una entidad de alto riesgo climático con sequías recurrentes, zonas agrícolas en constante riesgo de inundación y, derivado de estos abruptos cambios, en cultivos aparecen o se recrudecen plagas y enfermedades otrora inicuas... (Me leen mañana).

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