Abordas el taxi y en seguida te atrapa la fetidez. Apesta, huele horrible y tienes dos opciones: te bajas o te quedas. Optas por la segunda, llevas prisa, vas cerca y tu viaje será de unas pocas cuadras. ¿Está sucio el taxi? No lo ves así, los asientos son viejos, lo notas por el estilo antiguo de la tapicería, pero sucios no se ven. En la misma condición observas la carrocería, aunque la pintura que un día fue blanca ha adquirido un tono gris, como percudido, e igual de viejos lucen los tapetes de plástico, con algunos hoyos pero aparentemente recién limpiados.

Lo que pasa es que te ha atrapado la suciedad, vieja como vetusto es el Tsuru en el que estás atrapado. Calculas que puede ser modelo noventa, no más acá del año 2000. Hace una década había más Tsurus, hoy circulan muchos menos pero aún son varios miles. La Ley del Transporte ordena que los taxis deben ser automóviles con un máximo de diez años de antigüedad, o sea, mínimo modelos 2012. Tal si no ha sido promulgada una Ley de Transporte del Estado de Morelos anterior a la de diciembre de 2013. Entre otras cosas señala que los choferes deben portar gafetes de identificación, y las “rutas” equipadas con rampas para el ascenso y descenso de personas con discapacidad.

Nada de esto sucede en la realidad; esa ley es letra muerta. ¿La mató la corrupción, el pretexto de la pandemia o las dos cosas?

Los intereses económicos del transporte dan para la sospecha de enriquecimientos fácilmente explicables. Imagínense, diría AMLO: el padrón oficial del servicio público de pasajeros y de carga en nuestra entidad es de 28 mil 560 unidades, de las cuales 14 mil 540 tienen concesiones de taxis y de éstas más de ocho mil son unidades antiguas. El cálculo es conservador, pues evidentemente son muchísimas más. Párese por unos segundos el lector en cualquier esquina del centro de Cuernavaca, cuente mentalmente los taxis que van pasando y comprobará que al menos dos de cada diez son Tsurus carcachas.

Pero este tema tiene otra cara, la de la explotación laboral de los choferes de taxis y rutas históricamente tolerada por el Gobierno del Estado. Y la rutina de cientos de trabajadores del volante sobreviviendo en condiciones adversas:

El taxista se puso al volante a las seis de la mañana, pero son las cuatro de la tarde y aún no ha reunido lo de “la cuenta” del patrón. A este paso le darán las diez de la noche y apenas habrá sacado para la gasolina, otra vez quedará a deber “la cuenta” y llegará a su casa sin un peso para su familia. Presionado por el tiempo y rogando a Dios por al menos un par de “dejadas” rápidas, se arriesga a pasarse un “alto”. Pero cuando hay mala suerte, ésta llega de donde menos se espera. No ve al inspector del Transporte agazapado en la esquina, pero él sí lo vio. Para qué correr, maneja mejor que el mordelón, es veloz y no hay atajo que no conozca, pero el cazador ha visto sus placas, e incluso escapándose no tardarán en agarrarlo en otro lugar. Tampoco alega; sabe que será en vano. Discreto, desliza un billete de doscientos pesos en la mano del policía. Es todo lo que traía. Reanuda la marcha, mascullando mentadas de madre, maldiciendo: “estos cabrones son unos inhumanos. No les importa que hay días en que los taxistas no ganamos ni para comer. En lo único que piensan es en dinero”...

Mientras tanto, un funcionario amigo del Gobernador pretende serlo él mismo, no por Morena pues es antilopezobradrista, sino por el PES que aún tiene registro electoral, y por dos años nomás. Para eso es el dinero y él presume tenerlo por montones… (Me leen mañana).

Por: José Manuel Pérez Durán / jmperezduran@hotmail.com 


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