El valet parking obedece sin chistar la orden de meter los dos automóviles que están estacionados enfrente del restaurant. Los sujetos que llegaron a bordo de la camioneta pick up exigen el espacio libre de cualquier obstáculo. Tienen cara de pocos amigos “¿Guardias de seguridad o qué?”, se pregunta el limpiaparabrisas del crucero cercano. Al poco rato arriban tres camionetas que son estacionadas con las trompas dirigidas a la carretera. Desciende un grupo como de diez hombres y entran al comedor. Sentado a la mesa cercana a la caja, el dueño del negocio los ve desconcertado, mientras los pocos clientes de ese día de entre semana bajan la mirada, evitando mirarlos. Los sujetos se distribuyen en las mesas formando un círculo, atentos a cualquier indicación de los hombres que evidentemente son el jefe y su lugarteniente. Todos, menos el líder, acarician entre las piernas los estuches para palos de golf de los que asoman las puntas de los “cuernos de chivo”.
El mesero que los atiende no puede disimular su miedo, y presuroso les lleva las cartas que no se molestan en revisar. Prefieren comer del buffet. En tanto, procurando pasar desapercibido el dueño del negocio se escurre a la caja, se agacha atrás del mostrador y telefonea a su esposa, pidiéndole que por ningún motivo se le ocurra ir al restaurant. Excepto el jefe que se toma un par de güisquis de marca cara, los demás beben gaseosas. Comen tranquilos, a nadie molestan, alaban la comida diciendo que está muy sabrosa. Piden las cosas con educación al mesero que va y viene, sudoroso, inquieto, desconcertado. Pasan dos horas cuando por fin el hombre que ha comido en la mesa del jefe pide la cuenta de todos. La paga y deja una propina en dólares, generosa, como espléndida fue la propina que ya le habían dado al acomodador en el momento de ordenarle que retirara los dos vehículos. Y se retiran de la misma manera como llegaron, organizados, vigilantes, logísticos, siguiendo un operativo preestablecido.
Al día siguiente aparece en el restaurant un piquete de militares para revisar el sitio. Observan a la clientela, a hombres y mujeres que no saben qué está pasando. Los hombres de verde buscan a alguien. El escrutinio es rápido, dura unos cuantos minutos igual que la presencia del grupo del día anterior, pero al dueño y al personal del establecimiento se les hace eternos. El domingo que el empresario restaurantero ve la portada de la revista “Proceso” reconoce al joven güero, robusto, de ojos azules que viste ropa de marca. Es Edgar Valdez, “La Barbie”, el líder del comando armado. El trascendido del operativo militar ahuyentó por unas semanas a la clientela del restaurant de Cuautla. Ocurrió por allá de 2007 o 2008, antes de que Arturo Beltrán Leyva, “El Jefe de Jefes”, fuera abatido por la Marina en el departamento que habitaba en las Torres Altitude de Cuernavaca. Entonces era común que la gente viera pasar a convoyes de vehículos sospechosos, retadora la actitud de sus ocupantes, algunos sentados de lado mirando al exterior, precedidas las camionetas blindadas por coches equipados con “tumbaburros”. Andaban libremente en calles y carreteras, de noche y de día, y tan frecuentes se volvieron en pueblos y ciudades de Morelos que todos las veían, menos la policía. Aunque, comparado con el Morelos de una década atrás, incluso siendo menor el caso de la aprehensión del hijo de una exdiputada local –el viernes pasado en la Avenida Morelos– es la muestra de que la seguridad no ha mejorado como desea la sociedad. La tranquilidad absoluta es una utopía... (Me leen mañana).
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