Los operativos en los antros continuarán. Mayoritariamente positivas las opiniones para el Ayuntamiento citadino, ninguna agrupación de antreros se ha quejado u opuesto; protestan a “sotto voce” pero se aguantan. No les queda otra: la presencia de policías inhibe a la delincuencia, disgusta a la clientela que a la vez se tranquiliza. Revisados el pasado fin de semana hasta 32 centros nocturnos en Jiutepec y Cuernavaca, nada extraordinario sucedió, pero ya que los malandros lo saben, a lo mejor operativos tanto de noche como de día serían convenientes. La clave es traer cortitos a los malos para bien de los buenos. Sucede con el operativo “Soldado Amigo”, acostumbrados ya los comensales a la presencia del verde olivo, las opiniones son mayoritariamente positivas … Lo cual trae a la memoria las así llamadas campañas de despistolización que fueron comunes en los setenta, ochenta y noventa. Grupos de policías irrumpían en botaneras, cantinas, bares y discotecas de todo el estado, en pueblos del oriente, el centro y la zona cañera. Los parroquianos se asustaban, y se delataban los que tenían cuentas pendientes con la justicia y portaban pistolas o cuchillos. Salían a relucir los “charolazos” de prensa o de influyentes que decían tener un pariente que era funcionario, policía, militar, cura. Separados hombres y mujeres para la revisión, a los que les daba tiempo arrojaban al piso las escuadras, las navajas 0-7, uno que otro cigarrillo de mariguana y todos poníamos caras de inocentes. Los policías se iban y a veces se llevaban uno o más detenidos. Pasado el sofocón, regresaban la música, el baile y los tragos aderezados con los comentarios, las protestas e incluso bromas por lo que acababa de pasar. No faltaban los vivos que aprovechaban la confusión de los meseros y el “cadenero” para marcharse sin pagar la cuenta, pero la mayoría coincidíamos en que las campañas eran necesarias, para bien de los pacíficos y que los malos se fueran al diablo. Luego el regreso a casa, entrada la madrugada ya o a punto de amanecer, tranquilos pues en las calles y las carreteras la inseguridad era mínima o de plano inexistente. Relajados entonces los morelenses, aquellos operativos de seguridad deberían ser rutinarios en el Morelos de hoy…  EN COCOYOTLA, cerca de Tetecala, así como en Coahuixtla, entre Cuautla y la otrora Villa de Ayala, hay cascos de ex haciendas, emblemático el de Cocoyoc que fue convertido en hotel hace setenta años, cuestionada entonces la manera como el fraccionador Paulino Rivera se hizo de la construcción del siglo XVII (sería declarado monumento histórico por el INAH) y de 68 hectáreas de régimen ejidal. Bellas, señoriales, construidas como edificación alguna sería después levantada, las dos citadas y más ex haciendas tienen potencial turístico. Una quedó a tiro de piedra de Tetecala y la otra acabó engullida por la zona conurbada de Cuautla, en la hoy Ciudad Ayala. El Comisariado Ejidal de Yautepec es –o era– propietario de otra bellísima, la de Apanquetzalco, pero está prácticamente improductiva. Será debido a que históricamente a los campesinos no les ha ido bien asociándose con empresarios, porque casi siempre los negociantes de traje y corbata “les pican los ojos” a los agricultores. Dos historias: En los primeros años de los setenta, los ejidatarios de Acapantzingo fueron despojados por los empresarios que fundaron el fraccionamiento y club de golf más caro de Cuernavaca, Tabachines. Les dieron migajas por sus parcelas y “de pilón” les permutaron un pedazo de desierto en San Luis Potosí. A la misma época se remonta el principio de una pugna entre ejidatarios. En aquel tiempo, un grupo de ejidatarios encabezados por Enedino Pantitlán le quitó el balneario Palo Bolero a la sociedad cooperativa que presidía Clemente Mérida. Era gobernador Felipe Rivera Crespo. Inicialmente el litigante Adán Rodríguez asesoró a Enedino Pantitlán, pero fue desplazado por Jesús Gallo, un abogado procedente de la Ciudad de México que vino a Morelos a hacer fortuna y aparentemente lo logró… aunque ello le costaría una breve estadía en la cárcel. A la muerte de Enedino surgió otro movimiento liderado por Lázaro García que hace unos treinta años puso en prisión al licenciado Gallo, acusándolo de fraude. La disputa continuó, manejado en 2001 el balneario por el clan de los Pantitlán representado por Jesús y Javier Beltrán Flores ante el grupo opositor que entre otros integraban Petronilo Alemán, Pascual Aguirre, Aurelio Pócimo y Pío Cerón, quien abrió una denuncia en la delegación del Tribunal Nacional Agrario y consiguió echar de la presidencia del Comisariado a José Javier Beltrán, pero los perdedores impusieron a uno de sus correligionarios, Adolfo Menes. El hecho es que Palo Bolero no volvió a ser el negocio exitoso que fue. Y como este caso, muchos más… (Me leen mañana).

José Manuel Pérez Durán
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