El del lunes pasado fue el típico asalto de rutina en un banco. Dos delincuentes irrumpen en la sucursal del Santander ubicada en la avenida Domingo Diez, al norte de Cuernavaca. Es temprano y no hace mucho tiempo que el local fue abierto. Los asaltantes actúan de forma rutinaria. Están armados e huirán en motocicleta, amenazan a clientes y personal y se apoderan de entre 70 mil y 200 mil pesos. A eso fueron. Con la suma del atraco discrepa el secretario de Seguridad Pública de Cuernavaca, Guillermo García Delgado, asegurando en rueda de prensa que “dos sujetos se llevaron alrededor de 70 mil pesos”. Pero la discrepancia es lo de menos; el problema es el marco de impunidad en el que se desenvuelve la delincuencia…
Cientos de tarjetahabientes acuden a los cajeros para sacar efectivo y otros a retirar sumas mayores en las cajas internas de los bancos. Las imágenes se volvieron recurrentes, de personas esperando su turno para pasar a las cajas, unas haciendo “cola” y otras aguardando ansiosas a que aparezca su número en la pantalla. Las cajeras no se dan abasto, apenas acaban de atender a un cliente cuando ya se acerca otro. Trabajan como esclavas, sus salarios son insultantemente pequeños, grandes sus responsabilidades e inquietantes sus tentaciones. Los empleados bancarios sufren explotación laboral, tienen prohibido organizarse en sindicatos, lo cual nunca le ha importado al gobierno.
En este sentido lo comenta un cliente, enojado porque hace una hora que llegó y, según ve las cosas, todavía le llevará un rato largo hacer su trámite. Variada la gama de personas, hay señoras y señores, jóvenes y viejos, empleados y dueños de negocios, clientes habituales que saludan por sus nombres al personal, alguna chica que intenta pasarse de lista pasando directamente al área de las cajas. Gorras y lentes oscuros están prohibidos, y también usar el celular. Sin embargo, muchos envían mensajes por whatsapp o checan sus “feices”. Eso parece. Pero, ¿qué tal si la muchacha que aparentemente teclea en su teléfono un mensaje inofensivo en realidad le está avisando a su cómplice que un señor acaba de retirar una fuerte suma de dinero? Imposible saberlo; lo que es posible es que la muchacha esté describiendo a la víctima en curso, su edad aproximada, si es alto, chaparro o de estatura regular; cómo va vestido, los colores del pantalón y la camisa, si del banco ha salido solo o acompañado y en qué lleva el dinero, si en uno o los bolsillos del pantalón, en portafolios o en una maletita. Todos los datos para que sus cómplices no fallen el golpe. Desprevenido, el señor es interceptado cerca del banco, si caminando va para abordar su automóvil, o perseguido cuando ya conduce y ha parado cuadras adelante. Los asaltantes lo amedrentan con sus armas, le arrebatan el dinero, huyen en un vehículo usualmente con reporte de robo, pero nada han podido hacer los testigos para evitar el atraco, pues temen por sus vidas. Por fin llegan los policías, preguntan cuántos eran los delincuentes, para dónde y en qué se fueron, abordan su patrulla, prenden la sirena y salen quemando llantas en busca de los rateros. El modus operandi es un cartabón que se sabe de memoria la autoridad, una película mil veces vista e impunemente repetida. Ejemplo: el profesor pensionado que ahorra para comprarle un coche usado a su esposa. Van al banco por el dinero, toman un taxi para trasladarse al lote de autos, pero cuando llegan y apenas están pagando “la dejada” dos sujetos que aparecen de la nada los sorprenden. Por supuesto los asaltantes están armados, les quitan el dinero, huyen corriendo unos metros en sentido contrario al tráfico vehicular y a la vuelta de la esquina se van en otro taxi. A los dueños de los bancos no les interesa la seguridad de sus clientes. Por eso no inviertan contratando policías para las sucursales… (Me leen mañana).
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