Cuernavaca es una ruina. Ni un alma transita por sus calles. Huérfanas de transeúntes las plazas y ayunos de comensales los restaurantes y las fondas, ausentes los parroquianos de las cantinas, la capital de Morelos es una auténtica ciudad fantasma. De día, jaurías de perros hurgan entre escombros y basura, buscando algo comestible. Apenas se abate la oscuridad sobre los caseríos de las orillas, gatos y animales monteses disputan las alimañas noctámbulas. Del interior de las casas particulares y las vecindades colectivas no sale el rumor de sus habitantes preparando la cena, tampoco de las coloniales residencias el barullo de las tertulias, vacíos, abandonados y algunos semiderruidos los edificios de escuelas, oficinas públicas y comercios. El frío que trae el viento del Chichinautzin desciende por el bosque y se cuela entre los resquicios de los muros, puertas y ventanas… ¿Es Cuernavaca en modo de corona virus? Se parece, pero no. Tal panorama tuvo lugar hace la friolera de ciento cuatro años, producto de la ofensiva del general carrancista Pablo González Garza quien, al frente de 30 mil soldados contra el Ejército Libertador del Sur, para ese !n de 1916 había reconcentrado a las poblaciones de Cuernavaca, Jojutla y Cuautla, entre otras, además de pueblos y rancherías. Esto con el propósito de expulsarlas a los andurriales de la Candelaria de los Patos, en las goteras de la Ciudad de México, el paraje donde hoy se asienta el Palacio Legislativo de San Lázaro, y a más rumbos capitalinos como el pueblo de Mixcoac o los llanos de Tacubaya. Otros miles fueron deportados a los plantíos de henequén del entonces territorio de Quintana Roo, y unos más a las cárceles de Lecumberri y Belén, en el propio ex Distrito Federal, así como a la temible cárcel porfiriana de la añeja fortaleza en la isleta de San Juan de Ulúa, en Veracruz. Así es que para mediados de diciembre de 1916, entró a Cuernavaca un pelotón de carrancistas al mando del sargento Alfonso Navarro Quintero, el mismo que en su libro de memorias Mis andanzas en la Revolución narra el episodio. Sucedió que después de encender una bengala en el techo de la Catedral, la tropa recorrió la dañada y solitaria ciudad en busca de habitantes. Ni un alma. La capital morelense era tierra de nadie. Los días 24, 25 y 26 de diciembre, los federales “peinaron” Cuernavaca. En la Nochebuena no faltaron por ahí algunas botellas de aguardiente, más allá unos cigarros de mariguana, alguna vihuela y la voz tipluda de algún cabo interpretando las canciones de moda. Lúgubre víspera de Navidad en Cuernavaca, pero más trágica para los deportados. ¿Cómo fue aquella Navidad y noche de Año Nuevo para los miles de morelenses expulsados de sus hogares, de su tierra? ¿Cómo la pasaron aquellos que se escondieron en barrancas y cañadas del poniente y sur de la entidad? Fueron las festividades decembrinas tristemente inolvidables para quienes vivieron las consecuencias de la Revolución. De la misma manera las generaciones de hoy no olvidarán los días amargos por la pandemia del covid-19. Con la diferencia de que, como la palabra lo indica, el mal es global, igual que muchas de las desgracias que hace años vienen sucediendo en el planeta Tierra. ¿Una maldición? Que alguien nos lo explique. Mientras tanto, los que puedan sigan sin salir de casa ni a la esquina. El !n de semana entraremos en la curva de la epidemia, con más contagios y más decesos, una vez pasado lo cual los pronósticos científicos indican que los números de la enfermedad irán a la baja. Dios mediante, sucederá… (Me leen después).

 

JOSÉ MANUEL PÉREZ DURÁN

jmperezduran@hotmail.com

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