Los boleros del Jardín Juárez tienen “un buen” de clientes, los suficientes para irla pasando más o menos bien. Los taxistas tampoco lloran. Admiten: “entre un día y otro sale lo de la cuenta y queda para llevar el gasto a casa”. De lo único que se quejan es de que los agentes de tránsito municipal andan más bravos que de costumbre. Comenta el ruletero al columnista: “Por cualquier cosa te la aplican, ya no se conforman con doscientos, ahora quieren un quinientón o te levantan una infracción por cinco mil pesos”. A lo cual repongo: a lo mejor están presionados porque su jefe les subió la cuota y además se le acabará el hueso en enero, cuando entre el siguiente Ayuntamiento”. En general la gente que camina lo hace despreocupada, y lo mismo sucede con las personas que se desplazan en carros y camionetas de uso particular. Cada vez son menos los que usan tapabocas, y más los que sólo los portan en espacios cerrados. Hace semanas que en Cuernavaca el semáforo de la pandemia está en verde, que la capital de Morelos ha llegado a la casi normalidad. Pero esto con la sola excepción de la Plaza de Armas de Cuernavaca, a donde si bien el paso es libre en los hechos no lo es, sitiada como está la principal explanada de la ciudad con vallas metálicas, oxidadas, sucias y pasamanos ideales para el contagio del covid. Y ni modo de mentársela a los del Ayuntamiento. Si desde el sexenio pasado la Plaza de Armas pasó a depender del Gobierno Estatal, ¿de quién es el miedo?.. Otra es la cara de la inseguridad. Apenas cierra el comercio el centro comienza a quedar desierto. Llora el chirriar de las cortinas de las tiendas en Guerrero, No Reelección, Matamoros y Degollado; se apagan los anuncios luminosos de las fachadas y, de por sí deficiente el alumbrado público, temprano reina la zozobra. Para las nueve muy poca gente camina, las personas que esperan la “ruta” van desapareciendo y sólo circulan los coches de particulares que al poco rato también se volatizarán en el panorama ominoso. Hace tiempo que la inseguridad y la violencia hicieron de Cuernavaca una ciudad fantasma, vuelta rehén la población de la delincuencia como en una película de terror en la que hoy como nunca menudean los asesinatos, los chantajes del derecho de piso, los robos. Los testimonios coinciden. Está la mesera de un restaurante que compara el antes y el después. Melancólica, evoca cualquier sábado de diez años atrás que terminaba el turno vespertino con mil pesos de propinas en la bolsa y la tranquilidad, sabedora de que no la asaltarían. Le alcanzaba para mantener a sus dos hijos pequeños que ahora son adultos, y para pagar los abonos mensuales de un lote ejidal donde estaba construyendo su casa, en una colonia popular de Temixco. Hoy, vive días en los que a lo más le quedan cien miserables pesos, una vez descontados los cincuenta que le toca poner con la compañera para pagar el taxi que por ahí de las diez de la noche las lleva a sus casas. Aclara: siempre el mismo taxista, por seguridad. “A esa hora no ves gente caminando. Las ‘rutas’ paran a las diez o antes, y nomás los taxistas de sitio trabajan en las noches”. Y el taxista sesentón que vio pasar tiempos mejores y hoy la pasa mal. Luego de cubrir lo de “la cuenta” del patrón y la gasolina, le quedan cien o doscientos pesos y un poco más los días de quincena o de fines de semana. Resignado, resume: “Estamos mal, y lo peor es que el gobierno no hace nada”. Los entrevistados son personas de carne y hueso que hablan de lo mismo: de violencia e inseguridad… (Me leen después).

Por: José Manuel Pérez Durán jmperezduran@hotmail.com 


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