Desde que a mediados del siglo XIX el servicio de diligencias de la Ciudad de México a Cuernavaca cubría el trayecto en una agotadora y zangoloteada jornada de doce horas, hasta nuestros días en que de la capital morelense al centro de la capital del país se invierte hora y media, el común denominador sigue siendo el riesgo de viajar. En la época del transporte tirado por caballos, el carruaje partía a las cuatro de la mañana de la calle de Plateros, hoy Eje Central, pasando por los pueblos de Tlalpan, San Ángel, Coajomulco y Ajusco y, por ahí del mediodía, las y los viajeros con las asentaderas hechas polvo llegaban al mirador de la sierra del Chichinautzin en el pulquero pueblo de Huitzilac. Arribar a la quinta etapa de la jornada era en sí una proeza. En el camino de la sierra del Ajusco, después de las Guerras de Reforma, la intervención francesa y el Imperio de Maximiliano, las gavillas de chinacos asolaban; licenciados por el gobierno del presidente Juárez, desempleados y mal retribuidos, optaron por ganarse la vida asaltando diligencias. Pero también podía romperse una de las ruedas de la carroza en el empedrado del Camino Real, atascarse en el lodo en temporada de lluvias, romperse la pata un caballo o encontrarse de pronto un enorme árbol caído a mitad del camino. La llegada a Cuernavaca era un alivio, si es que no se rompían los frenos del carruaje en la empinada bajada y las pronunciadas curvas del empedrado de Huitzilac a Santa María. Se consideraban afortunados los viajeros si lograban llegar entre las cuatro o cinco de la tarde, podían hacerlo entrada la noche, o debido a alguno de los percances descritos arribar hasta el día siguiente, para lo cual debían pernoctar en los pueblos de la ruta o en medio del bosque tenebroso. Una romántica y aventurera jornada motivada, entre visitantes del país y el extranjero, por el atractivo de la exuberante Cuernavaca. El 18 de noviembre de 1952, el presidente Miguel Alemán Valdés inauguró los dos primeros tramos carreteros de cuota que comunicaron mejor a la Ciudad de México con el puerto de Acapulco. El primero tenía una longitud de 52.5 kilómetros, se recorría desde Amacuzac (Morelos), pasaba por Buenavista de Cuéllar (Guerrero), para concluir en las inmediaciones de Iguala. El segundo tramo de cuota tuvo una longitud de 61.5 kilómetros; iba de la Ciudad de México a Cuernavaca. Se invirtieron alrededor de 100 millones de pesos y se utilizó toda la capacidad técnica disponible, con lo que se superó la sierra del Chichinautzin y valió para que la prensa de Cuernavaca y el Distrito Federal identificara la obra como una “carretera de primer orden”, “supercarretera”, “carretera de alta velocidad”, “carretera boulevard” y “autopista Cuernavaca”. La remembranza viene a cuento por la frecuencia de accidentes en la curva de La Pera. Es una de las curvas más pronunciadas de todo México, conocida por su peligrosidad debido a que los accidentes automovilísticos son constantes. La Pera fue construida como un recurso de los ingenieros encargados de la obra, debido a que en esta zona hay una pendiente que evidencia la gran diferencia de altitudes entre esta entidad y la Ciudad de México. Desde su construcción, esta curva se convirtió en un punto de alto riesgo, por los conductores que la desafían y circulan a altas velocidades. De acuerdo con datos de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, la autopista de cuota 95D es una de las más peligrosas del país. Sólo en 2019, se registraron 190 accidentes que dejaron como saldo 82 muertes y 106 lesionados. Para no ir más lejos, hace quince días un tráiler se quedó sin frenos en La Pera, impactado con el muro de contención y afortunadamente sin resultados fatales como es común que sucede ahí hace décadas. ¿Es posible corregir La Pera? Quizá abriendo su trazo, haciéndolo menos cerrado. Días los actuales de política electorera, a ningún candidato se la ha ocurrido convocar a un foro de especialistas para que busquen la solución que salve vidas… (Me leen después).

Por José Manuel Pérez Durán / jmperezduran@hotmail.com