Obligada la rivalidad entre los inquilinos de las vecindades De los Lavaderos y Del Pájaro, en diciembre hacían una tregua, aplazaban las rencillas entre los niños y los jóvenes de una y otra vecindades a condición de que unos y otros no se metieran entre los Peregrinos para quemarles las trenzas a las niñas y jovencitas, y mucho menos echar cerillos o cohetes a las piñatas.
Como en otros puntos de Cuernavaca, en los dos vecindarios la tradición se seguía al pie de la letra. Las señoras se organizaban para distribuirse el gasto de las nueve posadas, del 16 al 24. Antes de disponer las piñatas habían sacado a los Peregrinos y cantado la petición de posada que correspondía darla a la familia encargada de recibirlos. El rezo y las plegarias se cumplían rigurosamente. Al rato se dejaban oírlos gritos de niños y adultos reclamando las piñatas, desaforados, exigentes.
Cada familia responsable de una posada debía elaborar o comprar dos o tres piñatas, la colación de frutas y dulces para compensar a aquellos que nada agarraban de la olla quebrada; elaborar el ponche de frutas, con su respectivo “piquete” para los grandes, y conseguir el tocadiscos para que los jóvenes y las parejas de casados se echaran un bailongo –incluidos danzones y boleros, por supuesto– una vez que mandaban a los niños a dormir, mientras las chamacas y los chamacos se escondían entre los lavaderos o detrás de los árboles para besarse a escondidas de sus padres y abuelos.
Los medianamente enterados de la historia de la capital morelense saben que la vecindad de La Coronela fue construida por doña Rosa Bobadilla, guerrillera zapatista nacida en 1889 en Coatepec de las Bateas, Estado de México.
Casada en plena juventud, sufrió injusta persecución por las autoridades del distrito de Tenango. El coraje por la injusticia de que había sido víctima la unió al sentimiento de los campesinos e indios de los municipios ubicados al sur del Valle de Toluca. Poco después se unió a las fuerzas de Emiliano Zapata, ganándose el grado de coronela en la Brigada de Francisco Pacheco.
Hacia 1918, cuando Cuernavaca volvía gradualmente a repoblarse, Rosa Bobadilla pidió autorización a Zapata para construir cuartos donde vivieran las mujeres viudas, en el terreno cercano a los arcos de los lavaderos. Es decir, una vecindad para mujeres de “la bola” revolucionaria. El permiso fue concedido y La Coronela movió todos sus contactos para construir las viviendas.
Con los años, la vecindad ganó fama como asiento de las clases populares: vendedores ambulantes, carpinteros, fontaneros, yeseros, empleados menores del Gobierno Estatal y del Ayuntamiento, entre una nutrida variedad de ayudantes y oficiales de esos oficios que ocuparon los “cuartos redondos” de la vecindad. Era natural, entonces, que en aquellos años Las Posadas fueran un acontecimiento clásico.
La vecindad del Pájaro, en cambio, se edificó con mujeres y viudas de los “guachos” o “pelones”, o sea, los soldados de la tropa federal. En el cruce de Morelos y Degollado, en la contra esquina del edificio Latinoamericano había un gran predio habilitado como corral para los caballos de la tropa, cuyo cuartel estaba en la siguiente esquina de Morelos y Arista que ocuparía la Junta de Conciliación y Arbitraje. Cuesta abajo de Degollado y hacia Obregón llegaron para asentarse las “guachas”, mujeres de la soldadesca federal. De ahí la fama bravucona y pendenciera de los habitantes de “El Pájaro”, nombre sobre el cual los cronistas no se ponen de acuerdo respecto a su origen… ¡Feliz Navidad!.. (Me leen después).
Por: José Manuel Pérez Durán
