Convertida en el muñeco de la feria al que todos le pegan, la ex diputada perredista Hortencia Figueroa Peralta se defiende como gato panza arriba. Podría alegar, para que no le toquen a ella sola los golpes del juego de péguenle al negro, que no es la única presuntamente corrupta; que, habida cuenta los manejos “sospechocistas” de los que son acusados los presidentes de la Mesa Directiva de la anterior Legislatura, también lo son el priista Francisco Moreno Merino y la seudo solaztequista Beatriz Vicera Alatriste. Y sin embargo, esta no es la nota, sino la que da la propia “Tencha” en las redes sociales. Usando su “feis”, destapa al gobernador Cuauhtémoc Blanco Bravo como aspirante a presidente de la República en 2024. Escribió, textual: “Es claro el afán del hoy Gobernador, de ser candidato presidencial –por el partido que sea–; y es claro también, el afán de varios políticos, de acompañarlo en esa locura –incluido entre éstos, el hoy presidente de la Mesa Directiva del Congreso del estado de Morelos–. No seré el chivo expiatorio de Cuauhtémoc Blanco ni de ningún otro político. No tengo nada qué esconder ni de qué avergonzarme, vengo a dar la cara y por eso estoy aquí, para aclarar las obligaciones y responsabilidades derivadas del cargo de presidenta de la Mesa Directiva que ejercí los últimos cuatro meses de la anterior legislatura…”. Pero si tal fue su objetivo, ni así consiguió desviar la atención del quid. De lo que se viene hablando desde meses atrás es de que “Paco”, “Beti” y “Tencha” le metieron la mano al dinero de la Legislatura pasada, que no se comieron todo el pastel, pues lo compartieron entre más de tres, incluidos ex diputados priistas, panistas así como de partidos chiquitos pero de mañas grandes. ¿Entonces cuál es la nota? ¿Las sospechas de corrupción o la “locura!” de Cuauhtémoc por relevar a Andrés Manuel López Obrador dentro de seis años?... DÍAS los de enfrente dedicados a recordar los difuntos, vienen a cuento cosas poco sabidas de nuestra historia. Va: Uno de los aspectos de los Días de Muertos que pocas veces se menciona es el de la concepción mesoamericana de la muerte como renovación. La creencia compartida por las civilizaciones del México antiguo ubicaban al Mictlán, o reino del inframundo, no sólo como el lugar de residencia de los espíritus de los muertos, también como el de la creación de todos los dones y los sustentos al cual llegaban las almas después de pasar, precisamente, por el Mictlán, que equivalía a la noción del Purgatorio en la tradición judeo-cristiana. En los pueblos de casi todo México existen leyendas sobre el llamado “Paraíso de Tláloc” o Tlalocan, “el lugar de origen de todas las semillas y todos los sustentos”. Con la evangelización se transformó en la leyenda de El Encanto, y a quienes ahí habitan se les llama “los encantados”, raíz original del juego infantil del mismo nombre. En la tradición oral de los pueblos se sostiene que cada población de origen indígena tiene en las cercanías su cerro principal en cuyo interior está su respectivo Encanto. La leyenda agrega que en ciertas circunstancias o fechas, como la festividad del santo patrono (con mezcla de alguna deidad indígena), el Encanto-Tlalocan se abre y atrapa indefinidamente a la persona que atine a pasar por ahí. Los encantados conocen entonces el paraíso de Tláloc, Señor de las Lluvias y los Sustentos, “lugar donde no falta nada y todo es felicidad”, como lo describe un mural preservado en uno de los templos de la zona arqueológica de Teotihuacan. La persona encantada pierde la noción del tiempo y se puede quedar para siempre ahí, o regresar después de varios años para sorpresa de sus familiares y conocidos. Hay quien compara la actual época de violencia en México con la práctica de las muertes rituales ejecutadas por los mexicas, cuyos guerreros debían atrapar vivos a sus contrincantes para ofrendarlos en sacrificio a Hutzilopochtli, el dios de la guerra. Se entiende que aquellas eran “ejecuciones” como parte de una cultura que tenía como el más precioso regalo a los dioses la sangre y el corazón. En el contexto Occidental y actual, es una práctica bárbara pero con un fin místico y religioso que a ojos de los europeos del siglo XVI fue una costumbre atroz, y hoy no se diga. Por ello resulta aberrante la barbarie que campea en México, que se ensaña en otros y en el estado de Guerrero, por mucho que la violencia sea moneda ancestral de cambio en la tierra de Vicente Guerrero e Ignacio Manuel Altamirano, el insurgente y el literato nativos de Tixtla. Sin perder de vista ni dejar a un lado la indignación, hay que dar un repaso sobre la cultura de la muerte, en estos días que anda la huesuda tan atareada entre nosotros… (Me leen después).

Atril
José Manuel Pérez Durán
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