No es de ahora el exceso de personal en el Ayuntamiento, empezó hace veinte años, incrementado sucesivamente a partir de la administración panista de 1997-2000. “El desmadre arrancó con el PAN”, recuerda un trabajador pensionado. Completa el columnista: y continuó con el regreso del PRI así como el PES que luego gobernó en la capital, heredándole a Morena 4 mil 400 trabajadores. El 52 por ciento son pensionados y jubilados, y activos el resto agrupados en cinco sindicatos contra uno de tres décadas atrás. Ello explica una parte de la crisis sobre la crisis de la Comuna capitalina, en la que si las finanzas ya andaban arrastrando la cobija la pandemia del Covid-19 llegó para darle la puntilla. No obstante lo cual, señaló este fin de semana el alcalde Antonio Villalobos, la administración que encabeza ha sido solidaria, pagando salarios completos a los trabajadores de base, manteniendo la prestación de los servicios públicos, cumpliéndole a la sociedad “que es el verdadero patrón”. Al reconocer que ha tomado “decisiones que pesan sobre mis hombros”, se refiere a los despidos de trabajadores que, aunque aprobados por el cabildo, no por inevitables dejan de ser un drama para los hombres y mujeres que han perdido el empleo. Esta y otras medidas están en la reingeniería administrativa, laboral y operativa a la que obligó el golpe de la pandemia versus la economía no sólo de los gobiernos federal, estatal y municipales, sino de todas las personas de prácticamente todo el planeta. En el tema de los despidos de personal, Villalobos refrendó la política humanista de la 4-T. Señaló: “Consciente de que existen casos específicos de personas enfermas, compañeras embarazadas, madres solteras y padres de familia con necesidades especiales, entre otros, se tomó la decisión de conformar una comisión que analice caso por caso para proceder, inclusive a su reinstalación”… A propósito de política social, ¿le dice algo a la derecha lo siguiente?: Del liberalismo económico del siglo XIX que desembocó en el “capitalismo salvaje” del XX, los países transitaron al neoliberalismo de las dos últimas décadas de la centuria anterior, con el saldo del paso de la pobreza a la miseria llamada eufemísticamente “pobreza extrema”. En términos de calidad de vida, la miseria representa zonas marginadas dentro y alrededor de las ciudades, sin o escasos servicios públicos, cero alumbrado público y nada de vigilancia. Son áreas que se convirtieron en “tierra de nadie”, explotadas por bandas de la delincuencia organizada. En el ámbito local y en las primeras dos décadas del siglo XXI, además de haberse borrado el rostro rural de Morelos y buena parte de sus idílicos parajes, el paisaje morelense es un urbanismo desordenado, al igual que muchas zonas de México. Hay zonas de auténtica marginación y miseria. Se puede decir que hasta principios del siglo XX en Morelos y buena parte del país hubo, en efecto, pobreza, pero no miseria. En la primera condición la gente tiene asegurados los elementos básicos para subsistir, en la segunda se vive al día y en muchas ocasiones la gente no tiene ni para comer. Ésa es la pobreza extrema. Son las condiciones o “caldo de cultivo” para que los jóvenes marginados, sin posibilidades de estudio ni de trabajo, sean absorbidos por el espejismo del dinero fácil que propicia la delincuencia organizada. Bombardeados por mensajes de los medios electrónicos e Internet que describen los “paraísos artificiales” que sólo un magnífico ingreso puede lograr, los jóvenes sin alternativas son presa fácil del crimen. Ejemplos cercanos: la masacre del 1 de septiembre en un velorio de la colonia Antonio Barona, donde fueron asesinadas a balazos diez personas, y la ejecución de tres más en un antro de los ejidos de Acapantzingo, anteanoche. En los dos casos las víctimas fueron jóvenes… (Me leen después).
Por José Manuel Pérez Durán / jmperezduran@hotmail.com
