Alcalde de Jiutepec, Rafael Reyes Reyes reparte paquetes escolares a estudiantes de primarias y secundarias, mientras su similar de Cuernavaca, Antonio Villalobos Adán, distribuye mochilas a alumnos de escuelas oficiales, y otros ediles realizan acciones parecidas. Señala Reyes: “Tenemos que trabajar para que los chavos sigan dedicados en ir a la escuela, que sigan estudiando”. Eso es política social, no un simple acto de dar, como critica la miopía del conservadurismo, sino aplicar el gasto público con sensibilidad, precisamente social, y equilibrio presupuestal. De esto son ejemplos el programa de Jóvenes Construyendo el Futuro, del presidente Andrés Manuel López Obrador, cuyo primer informe de gobierno subraya que hoy ya están trabajando como aprendices 930 mil jóvenes que ganan 3 mil 600 pesos, y las pensiones de dos mil 550 pesos bimestrales al 94 por ciento de adultos mayores inscritos en el rubro respectivo. Al ser multifactorial el problema de la inseguridad pública y la escalada actual de la violencia del crimen organizado, no sólo se trata de que persisten sino de que, además, crecen. Conocidas las excepciones de Yucatán y Campeche, ello no consuela al resto del país y particularmente a Morelos, que registra una ola de violencia más letal en muchos años. Salvo en unas pocas comunidades serena, la atmósfera de zozobra abarca el territorio estatal, se expresa en la cotidianidad. Los meseros reportan: “ha estado relajado”. Pero en los hechos la expresión no refleja paz social y tranquilidad política; todo lo contrario: confirma una situación de la que todo Cuernavaca se queja. El comercio está vendiendo poco, cada día menos y a veces nada. ¿Cómo llamarle a esto en términos económicos? ¿Crisis, recesión? La gente común dice coloquialmente: “hay jodidez”. Por estos días, los cuernavacenses siguen todavía refiriendo la balacera en la terminal de los autobuses Estrella de Oro, el sábado antepasado, asesinados cuatro hombres y herido uno más en el operativo recurrente de sicarios que resultan rápidos, precisos e impunes. Los comentarios de chicos y grandes, ricos y pobres, hombres y mujeres, que hacen por doquier tantas personas citan a tres hermanos y a uno de sus trabajadores que un mes atrás fueron ejecutados en la misma zona, en el lote de coches de Chipitlán, cerca de la estación de la Estrella de Oro. Y en medio de la pregunta de dónde está la Guardia Nacional y dónde la llamada Policía Estatal del Mando Coordinado, destacan los asaltos últimamente vueltos comunes en restaurantes de la ciudad, subrayadas en las conversaciones de trabajo y familias las versiones sobre “el toque de queda” en municipios del sur poniente que fue reconocido por al menos una alcaldesa y negado tan inútil como torpemente por algún funcionario. O sea, la táctica del avestruz que hunde la cabeza en la tierra para no ver lo que sucede por el efecto de la causa: la crisis económica que no está en las cifras oficiales que presumen una tasa de inflación baja. Se halla en el día a día de los comerciantes del mercado ALM, esforzados, tesoneros y por estas fechas ganando menos que nunca. Lamenta un viejo locatario: “ni en la crisis de los ochenta nos fue tan mal. Diariamente subían las cosas, pero en comparación a hoy teníamos mejores ventas”. Un taxista se queja: “no hay pasaje, muchas veces no sacamos ni para ‘la cuenta” Añade pícaro, mirando al motociclista apostado en la glorieta de la avenida Palmira: “y aparte de todo, nos asaltan”. Puesta la población bajo condiciones de acoso por la inseguridad, es natural que no despierten gran interés eventos que en otros tiempos habrían servido de distractores, como la visita reciente al Palacio de Gobierno del ex boxeador Julio César Chávez. No fue este el caso de una fotografía tomada en una “quinta” de Cuernavaca en los primeros años de la década de los noventa. Publicada en la revista “Proceso”, la imagen que causó revuelo mostró a Julio César, al narcotraficante Juan José Esparragoza (a) “El Azul”, al capo Amado Carrillo Fuentes (“El Señor de los Cielos”), quien además de tener casa en Cuernavaca poseía la ex hacienda La Luz, en Tetecala, y a un niño como de 10 años. Sentados en un sofá, Esparragoza viste camisa blanca y pantalón oscuro, y Julio César luce una camisa blanca con figuras de rombos negros. Carrillo está de pie, enfundado en un pants blanco y una playera tipo polo a rayas rojas, azules, blancas y negras… (Me leen mañana).

 

José Manuel Pérez Durán
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