En las oficinas del gobernador Cuauhtémoc Blanco Bravo y de su segundo, José Manuel Sanz Rivera, debieron sonar timbres de alarma. Seguramente también repiqueteó el teléfono del jefe de la Comisión de Seguridad Estatal (CES), José Antonio Ortiz Guarneros. Eran más o menos las ocho de la noche del lunes pasado. A cien kilómetros de distancia, pegado a Puebla, en el Zócalo de la cabecera municipal de Tepalcingo amagaba la tragedia. Una muchedumbre se disponía a linchar a cuatro hombres; calcularon que cuatrocientos y quinientos pobladores los tenían en su poder. Los acusaban de que eran secuestradores, de que poco antes habían seguido en una camioneta a un niño del lugar, para plagiarlo, así que quemaron el vehículo. Horas más tarde, un comunicado del Gobierno Estatal refirió sanos y salvos a los presuntos secuestradores, rescatados de entre el gentío por personal de la CES tras casi una hora de gritos, maldiciones y discusiones en medio de una atmósfera cargada de tensión. El comunicado oficial no precisó si el cuarteto de supuestos o reales secuestradores son vecinos de Tepalcingo o de alguna otra localidad de la región oriente, tradicionalmente brava, pero sí que “derivado de los hechos” –la quema de la camioneta y daños al Palacio Municipal– cuatro lugareños fueron detenidos por policías de la CES. En esta ocasión Fuenteovejuna no pudo hacer una de las suyas, como sí lo hizo el martes 31 de julio de 2018. Por ahí del mediodía un sujeto llega al pueblo de Tetela del Volcán. Moreno, joven, viste una playera azul turquesa. Después se sabrían sus generales: Ricardo Alonso Lozano Riva, de 33 años de edad y nacionalidad colombiana. Conduce un Chevrolet Spark modelo 2016 blanco, con placas de Morelos al parecer propiedad de una arrendadora que al rato será incendiado. El extranjero es asegurado por hombres del lugar que lo acusan de cobrar piso. ¿La intercepción es espontánea o ya lo esperaban? Le ordenan que descienda del auto, lo esculcan y, ¡eureka!, le encuentran 80 mil pesos que deducen son producto de la extorsión. Aparecen varios elementos de la Policía Morelos que se hacen cargo del presunto delincuente, así que lo llevan a la comandancia, en el primer piso del Palacio Municipal. El gentío lo acusa de ser uno de esos agiotistas colombianos que ejercen el sistema de los préstamos que crecen “gota a gota” y llegan a sumas estratosféricas imposibles de pagar por los deudores que literalmente acaban perdiendo hasta la camisa. Enardecidos, los lugareños se apoderan del colombiano que, superados en número y coraje, ¿les fue entregado por los policías? Lo atan al-asta bandera de la pequeña plaza de armas, donde el moreno pelado casi al rape es golpeado hasta causarle la muerte. Para entonces son poco más de las tres de la tarde, pero todavía debe pasar una hora para que llegue el personal de la Fiscalía, certifique el deceso del sudamericano y el cadáver sea subido a la batea de una camioneta pick up que lo trasladará al Servicio Médico Forense. Hacía semanas que habitantes de Ocuituco, Zacualpan y Temoac eran amenazados por bandas de extorsionadores que cobran “derecho de piso”, de manera que, avisados de la retención del colombiano, se trasladaron rápidamente a Tetela para añadirse a la gente que acabó linchándolo… No fue la primera vez que este pueblo vecino del Popocatépetl dio de qué hablar. En agosto de 2011, si la muchedumbre no linchó a cinco secuestradores –cuatro masculinos y una femenina– fue porque no quiso. Su propósito fue sólo asustarlos, para que “cantaran”. Las imágenes de la televisión mostraron al gentío indignado, pero sin salirse de control, lo cual no es común en este tipo de situaciones, y a un hombre micrófono en mano haciendo funciones de “moderador”, dirigiéndose a cientos, conduciendo el interrogatorio. También amarrados al asta del mismo zocalito, desnudos, aterrados, sintiéndose en la antesala de la muerte con la lumbre llegándoles a los aparejos por la fogata circundante que les arrimaron a los pies, los delincuentes despepitaron sus crímenes. La conclusión del juicio sumario ratificó a los cautivos como secuestradores y homicidas. Después se sabría en Cuernavaca que Tetela y otros pueblos se habían organizado en cuerpos de policías comunitarios. Se comentaba en la capital: “están desarmados, pero equipados con radios vigilan, recorren valles y bosques para detectar a talamontes y sospechosos de otros delitos”. Hoy como ayer, la autoridad no le inspira confianza al pueblo… (Me leen después).

 

Por: José Manuel Pérez Durán

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