Incluyó retiro de follaje, poda de árboles, pinta de guarniciones y rehabilitación de la red de alumbrado público en la Avenida Nacional, la principal de Santa María Ahuacatitlán, y la calle Independencia. Fue una de las jornadas del llamado Programa de Limpieza y Embellecimiento Urbano que viene desplegando el Ayuntamiento. Pocos los recursos y grande el problema por el abandono de sucesivas administraciones municipales, es posible sin embargo el rescate de Cuernavaca. Cuestión de voluntad política, y de que, como ha dicho el alcalde Antonio Villalobos, “trabajo mata grilla”. Siempre se pudo, pero al menos los tres anteriores gobiernos de la ciudad no quisieron o no supieron cómo. Entonces, los turistas lo notaron, y los cuernavacenses protestamos. Pero fue inútil, permanente la postal que nos avergonzaba que el columnista advirtió en la entrega de hace hoy hace exactamente trece meses, a partir de esta frase: “la misión ¿imposible? de  ”, y el comentario en estos términos: Conduzco una noche de estas en sentido norte-sur por la avenida Palmira. De pronto, la llanta derecha de mi coche choca contra algo que no logro ve bien pero me parece como un pedazo de riel saliendo del piso. ¡Pack! El golpe ha sido brutal, seco, pero no puedo parar, nadie lo hace por seguridad. Temo que, si se quebró la suspensión, repararla me costará un ojo de la cara; no fue mi culpa, pero el Ayuntamiento no me reembolsará el costo de la compostura. Apenas lo veo, paro cerquita de un foco de la puerta de una casa particular; aprovecho porque en toda la avenida Palmira no hay alumbrado público. Reviso la llanta, sacudo el carro, me agacho, busco con la lámpara de pilas algo que esté roto pero por fortuna todo parece en orden. Menos mal. Llegando al inicio de la calle donde vivo, sé que ahí también el alumbrado artificial oscurece por su ausencia. Así que avanzo con precaución, atento a los espejos laterales y el retrovisor, temiendo que en cualquier momento me salga un asaltante en taxi o motocicleta. Sé que llegado el caso no me quitaría mucho; hace tiempo que casi no cargo efectivo, cincuenta o cien pesos en el bolsillo, un montoncito de monedas en la consola del coche, la tarjeta de débito para la gasolina y algún otro gasto pequeño. La inseguridad nos volvió precavidos. A la mañana siguiente le echo otro vistazo a mi carro; compruebo que no tiene nada que parezca anormal. Hago la primera parada en el crucero de la avenida donde también doy la primera propina al chico de no más de diez años que se trepa en el cofre y le pasa un trapo cochambroso al parabrisas. La escena se repetirá en cada semáforo hasta que llegue a mi cita. A unos ya los conozco y a otros no. Está el señor de edad avanzada y aspecto andrajoso que implora limosna, la muchacha con el cabello pintado color zanahoria haciendo piruetas con los aros, el faquir encuerado del dorso, acostado boca arriba sobre una “cama”  de vidrios; la niña y el niño de diez o doce que venden flores, y un chamaquito de seis que mete medio cuerpo en el auto, hurgando con la vista ansiosa, pidiendo que le den lo que ve en la consola: la pluma inservible, el encendedor desechable, cualquier cosa. Ha pasado media hora y estoy en la entrada del estacionamiento de la plaza comercial donde voy a menudo, pero antes de pasar y de que el vigilante levante la pluma le entrego diez pesos al bolero “por el trapazo de ayer”. La tarde no es distinta. Paro en el Oxxo de siempre (“tiendas de conveniencia”, les dicen para no mencionar marcas); me estaciono, entro, salgo, retomo el volante y repito la propina al “viene, viene”. El paso por la farmacia del “súper” agota la última moneda de cinco pesos que el acomodador del estacionamiento recibe desilusionado, con mirada de que a lo mejor esperaba diez. Conduzco, lamento la pobreza de tanta gente pidiendo propina, pienso en cómo han crecido Cuernavaca y los municipios conurbados a los que alguna vez separaban los sembradíos de caña, maíz y arroz. Evoco a aquella mi ciudad que empezaba en El Polvorín y terminaba en Buenavista, mientras otro tanto ocurría en Cuautla que acabó pegada a la Villa de Ayala, y Jojutla, a la que la explosión demográfica adhirió a Tlaquiltenango y Zacatepec... Leí el 30 de agosto de 2018 sobre el compromiso que hizo el en ese momento alcalde electo Villalobos con integrantes de una asociación civil: transformar la imagen urbana y hacer eficientes los servicios públicos. Hoy la gente dice notar que está cumpliendo, que las calles de Cuernavaca se ven más limpias, no como antes… (Me leen mañana).

 

José Manuel Pérez Durán
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