El Plan de Ayala fue redactado en Puebla y promulgado en Morelos. “El que no tenga miedo, que pase a firmar”, les dijo el general Emiliano Zapata Salazar a los jefes de la Revolución del Sur, el 28 de noviembre de 1911. Al respecto, la mayoría de los historiadores concuerdan en que Otilio Montaño lo redactó, pero que las ideas plasmadas en el plan son de Zapata. Una de las versiones sostiene que los jefes de la revolución suriana escribieron sus nombres el 25 o el 28 de noviembre, en la ceremonia de su proclamación, pero que el documento original se perdió en el trajín de la guerra que los zapatistas sostenían contra el gobierno de Francisco I. Madero. Del manuscrito de Montaño subsistieron seis versiones, e impresa una por el gobierno zapatista de Morelos para que todo el mundo, especialmente en las ciudades y en las haciendas, supiera exactamente cuál era la razón de la revolución campesina. Cinco años más tarde, el joven Zapata celebró su cumpleaños 37. Las crónicas del Cuartel General de Tlaltizapán relatan la fiesta. Ocurrió en la época de la tregua no pactada entre carrancistas y zapatistas de 1915-16, en agosto de este último año cuando los allegados de Zapata –afecto por igual a la fiesta brava, carreras parejeras, peleas de gallos y al baile– aprovecharon para organizar el festejo de cumpleaños de “Miliano”. La imaginación recrea algunos detalles del jolgorio, históricamente como está confirmado en las crónicas del Cuartel General de Tlaltizapán que tal celebración efectivamente tuvo lugar. Como parte del programa preparado, ese día domingo 8 de agosto 1916 hubo una marcha de los niños de Tlaltizapán y Anenecuilco. Vestidos todos de blanco y con banderitas tricolores, algunos portaban reproducciones de la foto del jefe Zapata, solo o con su esposa Josefa Espejo. Después vino el discurso de la directora de la escuela de Anenecuilco, lectura de poesía alusiva y, para cuando estaba programada la interpretación del Himno Nacional, arribó a tambor batiente la banda de Tlayacapan. Los acordes de “La toma de Cuautla” se dejaron oír desde el camino de entrada al pueblo, muy cerca del cuartel. El grupo musical de Cristino Santa María había salido antes del amanecer a lomo de caballo y mula y otros a pie; hicieron el recorrido desde Tlayacapan, pasando por Oaxtepec, El Hospital, Santa Inés, las orillas de Cuautla, almorzaron en Villa de Ayala para llegar con bríos a Tlaltizapán. Después de terminar la popular pieza que recrea una de las primeras acciones de guerra de los zapatistas afuera de la escuelita de Tlatizapán, el General los recibió en la entrada y estrechó fuertemente a Cristino y sus hermanos. Iba también el mayor de los hijos de Cristino, Brígido, de once años, quien año más tarde heredaría la dirección de la banda... Y a este punto quería el columnista llegar. De la fundación de la Banda de Tlayacapan se están cumpliendo 150 años. Creada aproximadamente en 1870, es uno de los grupos del género de la música regional mexicana más antiguos de México, y en el centro-sur una de las primeras en interpretar la danza del Chinelo. La semana pasada, un concierto de la banda tlayecalpense en el Salón de Pleno del Congreso del Estado celebró la ocasión. Pero hasta ahora esto ha sido todo, desdeñada la importancia cultural e histórica de la Banda de Tlayacapan por un gobierno conservador que no comprende el sentimiento de los auténticos morelenses… (Me leen después).

Por José Manuel Pérez Durán / jmperezduran@hotmail.com