Si “Miliano” viviera, ayer habría cumplido 141 años, motivo más que suficiente para resaltar el carisma del único jefe revolucionario cuyos restos no están en el Monumento a la Revolución, entre otras razones, porque su pueblo no permitió que reposaran al lado de quien lo mandara asesinar, el presidente Venustiano Carranza. Los allegados del joven Emiliano Zapata Salazar –afecto por igual a la fiesta brava, carreras parejeras, peleas de gallos y al baile– aprovecharon para organizar el festejo de su cumpleaños 37. Echando a volar un poco la imaginación, recreamos algunos detalles del jolgorio, históricamente como está confirmado en las crónicas del Cuartel General de Tlaltizapán que tal celebración efectivamente tuvo lugar así: “Ese día domingo ocho de agosto 1916 hubo, como parte del programa preparado, marcha de los niños de Tlaltizapán y Anenecuilco, vestidos todos de blanco y con banderitas tricolores, algunos portaban reproducciones de la foto del Jefe, solo o con su esposa Josefa Espejo. Después vino el discurso de la directora de la escuela de Anenecuilco, lectura de poesía alusiva y, para cuando estaba programada la interpretación del Himno Nacional, arribó a tambor batiente la banda de Tlayacapan. Los acordes de ‘La toma de Cuautla’ se dejaron oír desde el camino de entrada al pueblo, muy cerca del cuartel.

El grupo musical de Cristino Santa María había salido antes del amanecer a lomo de caballo y mula y otros a pie; hicieron el recorrido desde Tlayacapan, pasando por Oaxtepec, El Hospital, Santa Inés, las orillas de Cuautla, almorzaron en Villa de Ayala para llegar con bríos a Tlaltizapán. Después de terminar la popular pieza que recrea una de las primeras acciones de guerra de los zapatistas, fuera de la escuelita de Tlaltizapán, el General los recibió en la entrada y estrechó fuertemente a Cristino y sus hermanos. Iba también el mayor de los hijos de Cristino, Brígido, de once años, quien años más tarde heredaría la dirección de la banda. Emocionado, el General pidió los jarros de agua fresca para los recién llegados, quienes de inmediato se acomodaron de nuevo los instrumentos y, a petición de la directora de la escuela, tocaron el Himno Nacional que fue cantado con devoción. Al final, de nuevo los cohetones cimbraron al pueblo y anunciaban a todo el Plan de Amilpas que iba en grande la fiesta en honor del General Zapata.

Una vez cumplida la ceremonia en la escuela, llegó la hora de la comida. Dentro y fuera del Cuartel se acondicionaron cuanta silla se pudo conseguir, vigas y murillos con piedras de soporte en cada extremo completaron los asientos, tablones de corrales y mesas salidas también de aquella casa y de ésta otra, fueron insuficientes para dar cabida al mismo tiempo a los comensales. Las tandas de platos se sucedían unos tras otros. Las jovencitas de Tlaltizapán, Anenecuilco y Ayala que habían asistido con la esperanza del baile, primero tuvieron que acomedirse a servir, recoger platos y otras más –por instrucciones de doña Juana Albear, jefa de cocina del Cuartel General– a lavar con lejía y polvo de piedra pomez los cientos de platos de barro para seguir sacando los guisados…”. En la obligada baja de hostilidades del Ejército Federal contra los pueblos de Morelos, entre 1915 y 1916, el Ejercito Libertador del Sur controlaba toda la entidad y partes de Puebla, Guerrero y el sur de la Ciudad de México. A la cabeza estaba Zapata. En lo que fue conocida como la “Comuna de Morelos”, las masas campesinas llevaron a cabo lo que la burguesía con Francisco I. Madero fue incapaz de cumplir, a pesar de ser parte del Plan de San Luis Potosí: el reparto de la tierra en manos de hacendados de todo el país... (Me leen después).

Por: José Manuel Pérez Durán / jmperezduran@hotmail.com 


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