Conforme pasa el tiempo, el atractivo y misterios de los mitos pasan de una generación a otra. Esto sucede no sólo por la fuerza y carisma de sus personajes y hechos, sino ante el recrudecimiento de la ramplonería política, “el chapulinazo” político, la tan de moda renuncia de principios e ideologías. Eso que los politólogos picudos llaman la “decadencia postmodernista”, alentada por el acceso a la información y el derecho a la divulgación, generadas por las tecnologías digitales en las redes sociales. 

Este 10 de abril se cumplen 98 años del asesinato en Chinameca de Emiliano Zapata. Adelantándonos a la sobada retórica de todos los años, sean los gobiernos de extracción tricolor, azules o negro-amarillos y previendo que ocurrirá lo mismo dentro de dos años, en el centenario de la emboscada de Jesús Guajardo y la autoría intelectual de Pablo González, rescatamos algunos datos que nutren el mito. Porque si bien la memoria colectiva de pueblos y comunidades campesinas guarda a detalle este tipo de datos, el conglomerado urbano y las clases en el poder suelen arrumbarlos entre los trebejos de la Historia Patria para que no estorben al pragmatismo politiquero de hoy día. 

Para contextualizar el aniversario luctuoso que se cumple mañana, entre muchos otros susceptibles de considerar recordemos tres asuntos: Uno: ¿qué sucedió inmediatamente después de la muerte de Zapata con el mando del Ejército Libertador del Sur? Dos: ¿hasta dónde hunde sus raíces la tradición de la consigna de “tierra y libertad”? Tres: ¿hay datos precisos de la genealogía de la familia Zapata Salazar?

EX ENEMIGOS

En los primeros años luego del asesinato de Emiliano Zapata, fue reiterado el reclamo de la insuficiente distribución de la tierra y, por otra parte, décadas después el argumento oficial consistió en que se agotó la Reforma Agraria y hasta desapareció la secretaría federal que ostentaba tal denominación. Fue hasta el 28 de septiembre de 1920, diecisiete meses más tarde de la muerte del General, que el gobernador de Morelos, José G. Parres, médico del ejército zapatista, entregó a los pobladores de Anenecuilco los títulos provisionales que les daban derecho a las tierras de las extintas haciendas de Hospital y Cuauhixtla. 

Respecto a los mandos del ejército zapatista, el 2 de junio de ese 1920, en el desfile realizado en la Ciudad de México de las fuerzas obregonistas que se alzaron contra el presidente Carranza con el Plan de Agua Prieta, participaron fuerzas zapatistas de Morelos. Los jefes de uno y otro bando subieron a los balcones de Palacio Nacional para ver el resto del paso de las tropas. El aguerrido Genovevo de la O aparece en una foto, con el ceño fruncido y agarrando la cacha de su pistola, pues casi junto a él está el autor intelectual de la muerte del jefe Zapata, Pablo González. Eran ya los tiempos de los obligados olvidos de los mutuos agravios, pues De la O también le hizo ver su suerte y ridiculizó a González volando trenes en el norte de Morelos, el sur del Distrito Federal y emboscando tiro por viaje a tropas de pelones federales. 

Pero la forzada reconciliación no había resultado sencilla. A menos de una semana de la emboscada de Chinameca, el 15 de abril de aquel 1919, algunos generales zapatistas emitieron un manifiesto en que declaraban que seguirían con una triple tarea: consumar la obra de Zapata, vengar su muerte -–lo que se vio que no sucedería– y seguir su ejemplo, lo que tampoco ocurrió. Semanas después del asesinato continuaron actos de sabotaje contra el ejército federal en casi todo Morelos, como también de inmediato iniciaron las fricciones entre los generales del Estado Mayor de Zapata para elegir a quién debía sucederlo.

El 4 de septiembre de ese año y a veinte semanas de la muerte de Zapata había cinco candidatos a sucederlo: Timoteo Sánchez, Mejía, de la O, Capistrán y Gildardo Magaña. Este último obtuvo 18 de los votos de los 30 generales participantes en la elección. De inmediato, Magaña hizo campaña para convencer a los jefes que no asistieron a la elección y eran renuentes a su designación, como también promovió el reingreso de los zapatistas a la política nacional, lo cual implicó, como ya se vio, la reconciliación con los antiguos contrincantes así fuera el mismo Pablo González. 

El 28 de noviembre de 1919, Gildardo Magaña y Lucio Blanco llegaron a una cita a la casa del presidente Venustiano Carranza, archienemigo de Zapata. Con el argumento de que ya no era justo que los mexicanos pelearan entre sí, los generales zapatistas aceptaron la entrevista donde pidieron garantías para los jefes y soldados zapatistas que fueron aceptadas por Carranza. El jefe constitucionalista sugirió que Magaña y Blanco fueran escoltados a Morelos por una partida federal, lo cual no aceptaron los zapatistas por temor a ser presas de una emboscada. 

LEYENDAS

Otro de los aspectos que también se deja de lado a la hora de recordar la revolución zapatista, es la herencia indígena y ancestral de esa lucha. El lema de “Tierra y Libertad” no sólo es una consigna de lucha y meta social, también la recuperación de la tierra como la Madre primordial de todos los sustentos, según la cosmogonía náhuatl y de todas las civilizaciones mesoamericanas. 

El mito que se convirtió en ideología es el de Tlalocan-Tamoancha, como el lugar ideal y la tierra que no es propiedad particular y sus frutos se reparten entre todos los pueblos, sistema que fue abolido por la explotación feudal de la caña de azúcar impuesta por los españoles. 

Desde la expansión del territorio mexica hasta la industrialización del cultivo y procesamiento de la vara dulce, se mantuvo la persistencia de la defensa de la tierra que sólo se explica por una auténtica mística por la tierra misma. 

En Morelos la versión más cercana a la creencia indígena de los sustentos se ubica en la región del Plan de Amilpas del oriente de la entidad, en los valles de Ticumán, Cuautla, Villa de Ayala y Anenecuilco donde aún se cuenta entre la gente las leyendas de “El Encanto” y  “El buen hombre”. En resumen, las dos narraciones aluden a la existencia de ciertos lugares “encantados” en la cumbre de los cerros cercanos a las poblaciones, donde habita el dios de las aguas y las lluvias Tláloc, y de donde provienen todas las semillas y frutos que se prodigan en la tierra.

Dice la leyenda: quienes se aventuran a las cumbres de los cerros “encantados” corren el riesgo de quedar atrapados para siempre en su interior. El lugar es también descrito como un enorme tianguis en el que hay todo tipo de mercaderías y donde la gente no compra con dinero sino comercia con el sistema de trueque. Mientras, las aguas no dejan de regar los campos siempre verdes de milpas, calabaza, frijol, chile, así como árboles frutales de todas las especies, verduras y legumbres. 

“La leyenda del buen hombre” narra que una noche de año viejo, un campesino iba con su burro atravesando el lomerío para celebrar el año nuevo con un amigo. De pronto se topó con un gran tianguis de las características descritas y lo único que decidió adquirir fue un poco de maíz para su burro. Al salir del gran tianguis, se dirigió a la casa de su amigo, quien al verlo llegar se llenó de espanto. La razón era que el amigo había desaparecido durante un año completo y reapareció exactamente el primer día, pero del año siguiente. 

-–Compadre –le dijo al reaparecido–, lograste salir de “El Encanto”. Mira que mucha gente no lo logra.

El otro  no consigue entender, a pesar de conocer la leyenda de “los encantados”, pues para él sólo había estado por unas horas en aquel gran mercado donde “había de todo y la gente estaba muy contenta”.

El mito del Tlalocan o Paraíso de Tláloc durante la Colonia se convirtió en la leyenda de “El Encanto”; fue una de las narraciones que le hicieron los informantes mexicas sobrevivientes de la matanza de Mexico-Tenochtitlan a fray Bernardino de Sahagún y que éste anotó en su libro “Historia de las cosas de la Nueva España”.  

GENEALOGÍA

Nada más para refrescar la memoria, reproducimos los datos del libro “Raíz y razón de Zapata”, de Jesús Sotelo Inclán (1976), donde se anota que los abuelos paternos de Emiliano fueron Estanislao Zapata y María Ventura, quienes procrearon a Manuel, Petra, Cristino, José María y Gabriel (padre de Emiliano), y los maternos José Salazar y Vicente Cerezo, que fueron padres de Alejandro, José, Rafael, Crispina, María, Simona y Cleofas (madre de Emiliano).

Gabriel y Cleofas tuvieron diez hijos: Pedro, Celso, Loreto, Eufemio, Romana, María de Jesús, María de la Luz, Jovita, Emiliano y Matilde. 

Como apunta el autor del libro, “hasta donde se sabe” Emiliano Zapata tuvo 15 hijos con 9 mujeres, pero se le conocieron en total 14 parejas. La lista de hijas e hijos:

Inés Alfaro Aguilar: Guadalupe, Nicolás, Juan, Ponciano y María Elena. 

Josefa Espejo Merino: Felipe y Josefa. Margarita Sáenz Ugalde: Luis Eugenio, Margarita, Gabriel. 

Portillo Torres: Ana María Zapata. María de Jesús Pérez Caballero: Mateo Emiliano Zapata Pérez. 

Georgina Piñeiro: Diego Zapata Piñeiro. 

Gregoria Zúñiga: María Luisa Zapata Zúñiga. 

Luz Zúñiga: no tuvo hijos con ella. 

Matilde Vázquez: Gabriel Zapata Vázquez.

De esas relaciones, grosso modo, se cuentan entre 70 y 80 nietos y nietas que llevan el apellido Zapata.     

La lucha sigue

Mito e historia no se agotan, se alimentan al paso del tiempo. Héroe universal, la ideología de Zapata tiene herederos entre la gente de hoy que suelen ponerse en el mismo plan de intransigencia justiciera. En el mundo los zapatistas de estos días se reconocen en los zapatistas de antaño, mantienen la consigna: ¡Zapata vive, la lucha sigue!... ME LEEN MAÑANA. 

Atril Dominical
José Manuel Pérez Durán
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