Un domingo de hace 35 años, para los mexicanos inició una etapa de convulsiones como no se habían registrado desde dos décadas atrás, con el Movimiento Estudiantil del ‘68. En aquella fecha arrancaron sucesos semejantes a la época postrevolucionaria (años veinte del siglo pasado), de los caudillos que imponían candidatos, ofuscaban disidencias a balazos y liquidaban a rivales políticos con magnicidios.
Eso sucedió poco después de aquel 6 de julio de 1988, cuando el sistema PRI-gobierno se negó a morir al más puro estilo porfirista para imponer en la Presidencia de la República al candidato oficial a como diera lugar. Surgida de una burda trampa cibernética, seis años más tarde la presidencia de Carlos Salinas de Gortari terminaría con el asesinato del candidato también oficial, Luis Donaldo Colosio Murrieta, y la sospecha nacional de haberse perpetrado un crimen de estado. Un magnicidio con todos los ingredientes que treinta y un años antes, en 1963, había marcado a Estados Unidos, asesinado en Texas John Fitzgerald Kennedy. Una presidencia priista emanada del engaño que buscó legitimarse con golpes espectaculares contra sus enemigos, como el cometido contra el cacicazgo de Joaquín Hernández Galicia “La Quina”, el entonces dirigente del sindicato de Pemex; la entrega de prerrogativas a la Iglesia, la apertura comercial indiscriminada para Estados Unidos vía el Tratado de Libre Comercio y la consiguiente pulverización del comercio y la industria nacionales.
Un período presidencial de 1988 a 1994 estigmatizado por el asesinato de un cardenal, Juan José Posadas Ocampo; un dirigente priista ultimado a tiros, José Francisco Ruíz Massieu; la corrupción del “hermano incómodo” del clan Salinas y el fracaso del programa “Solidaridad” grafiteado por la rebelión del Ejército Zapatista de Liberación de Nacional (EZLN) que le aguadó la fiesta de año nuevo y de entrada en vigor del TLC al personaje central de lo que el escritor acapulqueño José Agustín denominó como la “tragicomedia mexicana” del salinato. La cereza del pastel de tanta perversidad fue el llamado “error de diciembre” que, al mismo tiempo, se convirtió en el punto álgido de la riña de Carlos Salinas (para entonces ya conocido popularmente como “El Chupacabras”) y el sustituto del candidato sustituto del malogrado, Ernesto Zedillo, el para diciembre de 1994 presidente constitucional.
El sistema se calló… y cayó. Hagamos memoria. En 1988, Miguel de la Madrid estaba en el último año de su gris y devaluatorio mandato. El temblor del 19 de septiembre de 1985 había sacado al balcón la perplejidad e ineptitud del gobierno para organizarse en casos de emergencia. Surgió así la organización espontánea de la llamada sociedad civil. Hay que recordar que las acciones de los tecnócratas delamadridistas de Harvard y Yale (como después los técnicos del ITAM del peñanietismo) y de los sexenios anteriores sumieron en grave crisis económica al país.
Los mexicanos estábamos hartos de las malas decisiones. Era hora de celebrar los comicios para los cuales contendieron Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano (hijo del expresidente Cárdenas del Río) por el PARM (Partido Auténtico de la Revolución Mexicana) y el PMS (Partido Mexicano Socialista), formando el Frente Democrático Nacional (FDN); Carlos Salinas de Gortari por el PRI, Manuel Clouthier por el PAN y Rosario Ibarra por el PT.
El fatídico 6 de julio de 1988 se llevaron a cabo las elecciones. Manuel Bartlett era el secretario de Gobernación, al cual se acusa de haber manipulado el software para instrumentar un fraude. Tras saberse que Cuauhtémoc Cárdenas iba arrasando en la elección, misteriosamente el equipo de cómputo falló. Antes de concluir la jornada electoral, Miguel de la Madrid le prohibió a Bartlett dar a conocer quién era el candidato puntero pues, según las palabras del ex secretario de Gobernación, el mandatario en turno argumentó que si se sabía que Cuauhtémoc iba adelante nadie creería que no ganó. En realidad, fue el entonces representante del PAN, Diego Fernández de Cevallos, quien expresó durante la sesión de la Comisión –después de la visita de los candidatos– que el sistema “se calló”, es decir, que se había callado, silenciado, “porque no estaban fluyendo más datos”. Hoy, 35 años más tarde, Carlos Salinas no ha abierto la boca. Refugiado en España, está consciente de que tiene reservado un lugar en el basurero de la historia… (Me leen el lunes).
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