México sumó 3.462 mujeres asesinadas de enero a noviembre de 2021, es decir, un promedio de más de 10 al día según cifras a diciembre pasado del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública. De ellas, 922 fueron víctimas de feminicidio, o sea el asesinato de una mujer por razones de género o violencia machista. 

En Morelos, numerosos eventos criminales antecedieron el Día Internacional de la Mujer; fue una más de esas jornadas de la violencia que la incapacidad del Gobierno del Estado volvieron comunes:

La noche del domingo fue arrestado un hombre en la colonia Cuauhtémoc de Puente de Ixtla por presunto abuso sexual. Habría abusado sexualmente de una niña de 11 años. El lunes sucedió que en los primeros minutos un jovencito de 16 años y una chica de 20 fueron atacados a balazos en el campo deportivo de la colonia Calera Chica de Jiutepec, por la madrugada un individuo fue abatido a tiros en un bar de Emiliano Zapata y la tarde del mismo día en Alpuyeca un grupo de sicarios asesinó al conductor de una camioneta…

Todo lo cual trae a cuento tiempos mejores. Los cuernavacenses que ya no se cuecen al primer hervor, los viejos, pues, platican de cuando “no sucedía nada”. La nota roja consignaba homicidios por venganzas personales, “hazañas” de carteristas que “trabajaban” limpiamente, sin tocarle un pelo a personas distraídas; refería a “zorreros” sigilosos cargando de madrugada costales con la platería extraída de mansiones palaciegas; hablaba de pleitos de vecindad, de chismes de lavadero.

Cualquier nimiedad era “noticia”, así que cuando sucedía algo fuerte era tema de conversación durante meses. En los setenta, el secuestro de una señora estadounidense y el primer bancazo, en el Banamex de La Selva, ambos a cargo de la guerrilla de Lucio Cabañas; o los asesinatos de unos mecánicos en Palo Bolero perpetrados por policías judiciales; o el homicidio de una secretaria del hotel Casino de la Selva. Los comentarios corrían de boca en boca en la calle, las casas, mercados, oficinas, fábricas, de modo que al fuereño que los escuchaba y pensaba que acababan de ocurrir los lugareños debían aclararle que “eso” había sucedido hacía meses. 

En 1966 Cuernavaca tenía la quinta o la sexta parte de la población de la actualidad. Hacía poco que los cuernavacenses habíamos concurrido al último carnaval, realizado en el Jardín de los Héroes. La ciudad respiraba la tranquilidad de las casas con ventanas abiertas día y noche, limitada la nota roja a la eventualidad de crímenes pasionales, carteristas de dedos finos y uno que otro hurto callejero. La delincuencia estaba controlada por los policías judiciales y dedicados los municipales a la caza de parejitas fajando en lo oscurito, ebrios cansados o sujetos sobrios echando “firmas” en la vía pública. 

La entrada al Parque Chapultepec era gratis, y escenario bullicioso de familias haciendo día de campo, de parejitas apapachándose entre los árboles, de tardeadas domingueras y clavadistas sacando monedas de veinte centavos arrojadas al manantial. Las noches de jueves el griterío en la Arena Isabel, emocionado el público con las maromas de los limpios (Santo, Blue Demon, Rayo de Jalisco) y abucheados los rudos (Karlof Lagarde, El Nazi, Médico Asesino¬¬) que se pasaban de rosca. Los domingos eran de luchadores locales o segundones. “La Isabel”, como la conocieron los cuernavacenses, inaugurada en la década de los cincuenta y cerrada el 11 de diciembre de 2009 cuando ofreció su última función y once meses después comenzó su demolición… (Me leen después).

Por: José Manuel Pérez Durán

jmperezduran@hotmail.com 

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